– Ahora ya no parece tan grande como antes -susurra Charlie en mi dirección-. No importa cuántos dibujos tenga que hacer, este mamón estará vacío dentro de un año.
– ¿O sea que estás listo? -interrumpe mamá, mirando a Charlie.
– ¿Perdón? -pregunta él. Al principio, lo toma como una más de las preguntas típicas de mamá. Pero cuando se fija en la expresión de su rostro, ambos comprendemos que no se trata de una pregunta. «O sea que estás listo.» Es una afirmación.
– Sí -dice Charlie-. Creo que sí.
– ¿Puedo ir a ver el ensayo? -añade mamá.
– Olvídate de mirar, necesitamos el poder de una estrella como tú en el escenario. ¿Qué me dices, mamá, estás preparada para tocar una pandereta? Haremos las primeras pruebas de aptitud mañana por la noche.
– Oh, mañana por la noche no puedo -dice ella-. Tengo una cita.
– ¿Una cita? ¿Con quién?
– ¿Con quién crees tú, tío?
Me adelanto, colocándome entre ambos, y deslizo el abrazo alrededor de la cintura de mamá.
– ¿Crees que eres el único que sabe bailar el cha-cha-cha? Las lecciones de baile no esperan a ningún hombre. Venga, mamá: y uno, y dos, ahora el pie derecho primero…
Hago girar a mi madre y su voluminoso cuerpo golpea la cocina de metal. Lanzo una carcajada y me balanceo siguiendo mi ritmo imaginario.
– ¿Quién te ha enseñado a moverte de un modo tan patéticamente torpe? -bromea Charlie-. Bailas como un tío cincuentón en una cola de conga de una boda de barrio.
Tiene razón. Pero no me importa.
Después de años de haberme roto el culo en el banco privado más prestigioso del país, yo -en este momento- no tengo trabajo, no tengo ingresos, no tengo ahorros, no tengo novia, no tengo un futuro visible y ninguna red de seguridad que pueda salvarme si me caigo del trapecio. Pero mientras giro con mi madre por la cocina de nuestro apartamento y veo su pelo gris que se agita en el aire, finalmente sé adónde voy y quién quiero ser. Y cuando mi hermano toma posición para el siguiente baile, él también lo hace.
– Y uno, y dos… ahora el pie derecho primero…
Con un leve giro del pomo oval Victoriano de bronce, Henry Lapidus entró rápidamente en su despacho, cerró la puerta tras él y se dirigió a su escritorio. Levantó el auricular del teléfono y echó un vistazo a la Hoja Roja que tenía sobre el escritorio, pero no se molestó en abrirla. Era una lección que había aprendido hacía muchos años; como un mago que protege sus trucos, no deben ponerse todos los números en la hoja, especialmente aquellos que sabes de memoria.
Mientras marcaba el número y esperaba a que alguien contestara la llamada, miró la carta de recomendación que había escrito para Oliver y que aún llevaba en la mano izquierda.
– Hola, me gustaría hablar con el señor Ryan Isaac, por favor. Soy uno de los clientes del grupo privado -explicó.
Lapidus no podía evitar que la situación le resultara divertida. Sí, su prioridad había sido siempre recuperar el dinero. De hecho, él había sido quien llamó personalmente al banco en Antigua para asegurarse de que devolviesen hasta el último céntimo. Sin duda había sido lo correcto.
Pero eso no significaba que tuviese la obligación de hablarles del robo al banco de Antigua, o del gusano de Duckworth, o del hecho de que ese dinero no era real.
– Señor Isaac, soy yo -dijo Lapidus en el instante en que Isaac se puso al teléfono-. Sólo quería asegurarme de que todo ha llegado allí sin problemas.
– Así es -contestó Isaac-. Ha llegado esta mañana.
Hacía tres semanas, el banco de Antigua se sorprendió el recibir un depósito de trescientos trece millones de dólares. Durante cuatro días, ese dinero permaneció ingresado en una de las cuentas individuales más grandes del mundo. Durante cuatro días tuvo más dinero en metálico del que jamás había visto. Y durante cuatro días, en opinión de Lapidus, Oliver había hecho al menos una cosa bien. Era una de las primeras lecciones que Lapidus le había enseñado: «Nunca abras una cuenta a menos que obtengas intereses.»Lapidus asintió para sí, disfrutando intensamente del momento.
Cuatro días de intereses. De trescientos trece millones de dólares.
– Ciento treinta y siete mil dólares -le aclaró Isaac desde el otro extremo de la línea-. ¿Quiere que ingrese el dinero en su cuenta habitual?
– Eso sería perfecto -contestó Lapidus mientras giraba en su sillón y contemplaba la línea del cielo de Nueva York a través del amplio ventanal del despacho.
Colgó el auricular y supo que una vez que el capital había sido devuelto, el gobierno estaría demasiado ocupado rastreando el gusano y tratando de dilucidar cómo había funcionado. Y ahora que estaban metidos hasta las cejas en ello, bueno… gracias a un oportuno pago al director del banco en Antigua, todos los registros de los intereses habían desaparecido hacía mucho tiempo. Como si jamás hubiesen existido.
Con la mirada aún en la línea de los rascacielos de la ciudad, Lapidus hizo una bola con la carta de recomendación de Oliver y la lanzó dentro del jarrón de porcelana china del siglo XVIII que utilizaba a modo de cubo para la basura. «Ciento treinta y siete mil dólares», pensó para sí mientras volvía a reclinarse en su confortable sillón de cuero. No estaba nada mal para un día de trabajo.
Mientras contemplaba las primeras sombras de la tarde, un rayo de sol se reflejó en el casco de samurai Kamakura que colgaba en la pared que había a sus espaldas. Lapidus no lo vio. Si lo hubiese advertido, habría visto el parpadeo de luz justo debajo de la frente del casco, donde un objeto plateado atisbaba el despacho. Para el ojo no entrenado era simplemente un clavo que mantenía la máscara en su sitio… o la punta de una pluma plateada muy fina. Pero nada más.
Excepto por el reflejo ocasional de la luz del crepúsculo, la diminuta videocámara estaba perfectamente oculta. Y, dondequiera que Joey estuviese en ese momento, seguro que sonreía.
***
[1]Personaje de Dickens, famoso por su avaricia. (N. del t.)
[2]Sole es lenguado. (N. del t.)
[3]Master en Administración de Empresas. (N. del T)
[4] Asshole, expresión vulgar para culo; pero también idiota (N. del T.)
[5]Internal Revenue Service, o Superintendencia de Retribuciones, y hace referencia a los impuestos que debe pagar el ciudadano norteamericano. En España sería la Agencia Tributaria. (N. del T.)
[6]Vanna White era la presentadora de la versión norteamericana de «El precio justo», conocida por los suaves movimientos de sus manos y su increíble cuerpo. (N. del t.)
[7]Popular autora norteamericana de novelas para adolescentes. (N. del t.)
[8]Personaje de la película M*A*S*H* , cuya acción se desarrolla en un hospital de campaña durante la guerra de Corea. (N. del t.)
[9]Literalmente, «Ciudad de los Mamones». (N. del t.)
[10]En español en el original. (N. del t)
[11]En español en el original (N. del t.)
[12]AAA: American Automobile Association. (N. del t)
[13]Se refiere a las famosas manchas de tinta que constituyen la conocida prueba psicológica llamada Test de Rorschach y que consiste en la atribución de un significado a cada una de ellas a medida que el terapeuta las enseña al paciente en un orden determinado. (N. del t)