El abogado mira a Lapidus y Quincy. Ambos asienten.
– Maravilloso -digo-. Entonces esto es para usted… -deslizo un sobre azul y blanco tamaño carta hacia Lapidus. No lleva nada escrito. Lapidus mira al abogado.
– No se preocupe, no es una citación -le digo.
Lapidus da la vuelta al sobre y ve su propia firma garabateada en la tapa posterior.
Es la única razón por la que he venido hoy al banco…
Lapidus abre el sobre y despliega mi carta de recomendación para la Escuela de Administración de Empresas.
… quería ver su cara. Y que supiera que yo lo sabía.
Mantiene la vista fija en la carta, negándose a mirarme. Sólo su incomodidad hace que merezca la pena vivir cada uno de esos segundos. Dobla la carta, la mete nuevamente en el sobre y se dirige en silencio hacia la puerta.
– ¿Adónde vas? -pregunta Quincy.
Pero Lapidus no le contesta. Es posible que Lapidus y Quincy nunca hayan estado involucrados en el dinero y en todo lo que sucedió, pero eso no les convierte en santos.
La reunión dura exactamente seis minutos. Cuatro años para construir esta vida. Seis minutos para borrarla de un plumazo. El abogado me pide que espere aquí mientras ellos recogen mis cosas.
Cuando se marchan, la puerta se cierra de golpe a sus espaldas, y yo miro hacia el vestíbulo a través de la ventana. Dos docenas de empleados apartan nuevamente la vista. El corte vendado que tengo en el estómago me duele cada vez que cambio de postura. Y mi nariz rota me duele cada vez que respiro. Pero esto duele mucho más.
Veinticinco minutos más tarde, nada ha cambiado. El zoológico sigue abierto. Hago un gesto con la cabeza en dirección a Jersey Jeff; finge no haberlo visto. Mary sale del ascensor y se niega a reconocer que estoy sentado a pocos metros. Durante cuatro años, me maté por mis compañeros, hice dinero para los clientes y me sumergí en cada pequeño detalle que el banco tenía que ofrecer. Pero en todos esos años, nunca hice un solo amigo.
Trato de no pensar en ello y me dedico a contemplar la mesa de juntas con incrustaciones de caoba. Es la misma mesa a la que me senté junto a mi primer cliente, quien llamó la atención de Lapidus y supuso mi traslado del primero al séptimo piso del banco. Hoy, mientras mis ojos recorren el diseño de la caoba antigua, inclino la cabeza y descubro un feo arañazo que recorre como una cicatriz el centro de la mesa. Nunca lo había visto antes. Pero apuesto a que siempre estuvo ahí.
Agotado finalmente por el juego de la espera, me levanto para marcharme. Pero justo cuando aparto el sillón, se oye que alguien golpea la puerta de la sala de conferencias.
– Adelante -digo, aunque la puerta ya se está abriendo.
Cuando vuelve a cerrarse, examino la figura familiar que lleva dos cajas de cartón del banco. Sin saber muy bien qué decir, Joey se acerca y deja las cajas sobre la mesa. Una de ellas contiene libros de administración y mi lámpara de banquero de imitación barata, la otra está llena de Play-Doh y el resto de los juguetes de Charlie.
– Ellos… eh… me pidieron que te trajese estas cosas -dice con voz inusualmente tranquila.
Asiento y reviso el contenido de mi caja. El juego de pluma y bolígrafo de plata fina que compré con mi primera bonificación. Y el secante de cuero que compré cuando obtuve mi primer ascenso. Naturalmente, el reloj art déco que me regaló Lapidus no está ahí. Imagino que lo quitó de la pared la semana pasada.
– Lamento que no te hayan dejado subir -explica Joey-. Es sólo que después de todo lo que ha pasado, la compañía de seguros me pidió que…
– No, lo comprendo -la interrumpo-. Todo el mundo tiene que hacer su trabajo.
– Sí… bueno… algunos trabajos son más fáciles que otros.
– De eso no hay ninguna duda. -La miro a la cara. A diferencia de todos los demás, ella no aparta la vista. En cambio, permanece conmigo… estudiando… absorbiendo mi reacción. Es la primera vez que la veo tan cerca… y sin un arma en la mano-. Escuche, señorita Lemont…
– Joey.
– Joey -repito-. Yo sólo… yo sólo quería darle las gracias por lo que ha hecho. Por mí… y por Charlie.
– Oliver, lo único que he hecho ha sido contar la verdad.
– No estoy hablando del testimonio… quería decir con Shep. Con el hecho de salvarnos…
– Casi consigo que les maten a los dos. Esa parodia de estar hablando con Lapidus por teléfono…
– … era la única manera de averiguar lo que realmente estaba pasando. Además, si no hubiera llegado cuando lo hizo… Y luego con la medicación de Charlie…
– Como tú mismo has dicho, todos hacemos nuestro trabajo -añade con una sonrisa. Es la única sonrisa que he visto en todo el día. Y significa mucho más de lo que ella nunca sabrá.
– ¿Y qué pasará ahora? -le pregunto-. ¿Han podido recuperar todo el dinero?
– ¿Dinero? ¿Qué dinero? -pregunta Joey echándose a reír-. Ya no hay ningún dinero… sólo una colección de unos y ceros asignados a un ordenador.
– Pero la cuenta en Antigua…
– Una vez que nos diste la ubicación, ellos enviaron de vuelta hasta el último céntimo; pero tú pudiste ver cómo diseñó Duckworth su gusano. Los tres millones… los trescientos millones… Nada de ese dinero era real. Sí, de acuerdo, los ordenadores pensaron que era real, y sí, consiguió engañar a todos los bancos a los que enviaron el dinero -ésa era la parte genial del programa- pero eso no significa que el dinero estuviese efectivamente allí. Saluda al frío dinero contante y sonante del futuro. Puede parecer un dólar, y actuar como un dólar, pero eso no lo convierte en un dólar.
– ¿De modo que todas esas transferencias de Tanner Drew y todos los demás en el banco…?
– Simplemente fue la manera más simple de hacer que el dinero pareciera auténtico. Cuando lo examinas es algo realmente brillante. Completamente azaroso, completamente imposible de encontrar. La parte más difícil es que, una vez que el gusano entra en el sistema, penetra profundamente en él y se esconde.
– ¿Cómo saben entonces qué es real y qué es falso?
– Ésa es la cuestión ahora, ¿verdad? Lamentablemente para nosotros es como hablar del viaje a través del tiempo. Una vez que Gallo trajo el programa y Shep lo introdujo en el sistema, el gusano se escondió tan profundamente que creó una realidad completamente nueva. Los tíos de tecnología han dicho que llevará meses limpiar el sistema. Confía en mí, Lapidus y Quincy pueden sonreír ahora, pero durante el próximo año de sus vidas, ellos -y cada uno de los clientes de este banco- estarán bajo una lupa del tamaño de Utah.
Joey lo dice para que me sienta mejor. Y aunque puedo imaginarme la cara de Tanner Drew cuando le comuniquen la verificación contable de su cuenta, no estoy seguro de que funcione.
– ¿Qué hay de Gillian? -pregunto.
– ¿Quieres decir Sherry?
– Sí, claro… Sherry. ¿Se sabe algo de su situación?
– ¿Aparte del proceso? Lo sabes mejor que yo. Eres tú quien habla con el procurador general.
Tiene razón.
– Lo último que supe de ella fue que pagó la fianza justo a tiempo para asistir al funeral.
Joey permanece en silencio mientras comparto con ella las noticias. Ella sigue siendo la que apretó el gatillo sobre Shep, no importa el motivo. Aun así, es demasiado inteligente para permanecer en el lado negativo de los acontecimientos. Cambiando rápidamente de tema, me pregunta:
– ¿Qué piensas hacer después de esto?
– ¿Quieres decir después de cinco años de libertad condicional?
– ¿Ése fue el arreglo final?
– Siempre que entreguemos a DeSanctis y Gilli… Sherry, nuestro testimonio nos deja libres.
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