Por la arruga que se forma en su frente, Joey se está preguntando si fue una decisión difícil. Nada en mi vida me ha resultado más fácil.
– ¿Y qué hay de usted? -pregunto-¿No le dan una bonificación o alguna clase de porcentaje por habernos atrapado a todos?
Ella sacude la cabeza.
– No cuando la que paga es una compañía de seguros de mala muerte -dice-. Pero siempre está el próximo caso…
Asiento, tratando de mostrar cierta compasión.
– ¿Así que eso es todo? -pregunta Joey.
– Eso es todo -le digo.
Ella me mira como si yo no le hubiese contado todo.
– ¿Qué? -pregunto.
Mirando por encima del hombro, se asegura de que no hay nadie escuchando.
– ¿Es verdad que alguien te llamó para hablar de la compra de los derechos cinematográficos?
– ¿Cómo se ha enterado?
– Es mi trabajo, Oliver.
Sacudo la cabeza y, por una vez, olvido la prudencia.
– Me llamaron. Dijeron que yo tenía un montón de argumentos secundarios, pero no les he vuelto a llamar. No lo sé… No todas las cosas tienen un precio.
– Sí… bueno, yo también tengo un montón de argumentos secundarios. Y lo único que te digo es que cuando busquen a alguien para mi papel, no permitas que sea alguna de esas tiernas reinas de belleza que siempre están con un móvil pegado a la oreja. A menos, claro está, de que sea una tocapelotas y tenga un cuerpo normal y, en la última frase, alguien le susurre: «Gracias, Perversa Joe.»
No puedo evitar una sonora carcajada.
– Haré lo que pueda.
Joey se dirige hacia la puerta y la abre de golpe. Cuando está a punto de marcharse, se vuelve y añade:
– Realmente siento que tuvieran que despedirte, Oliver.
– Créalo, es lo mejor.
Me observa para decidir si estoy mintiendo… a ella y a mí mismo.
Indecisa, se vuelve nuevamente hacia la puerta.
– ¿Estás preparado para irte?
Miro las dos cajas que descansan sobre la mesa de juntas. La de la izquierda contiene manuales de autoayuda, plumas de plata y un secante de cuero. La que está a la derecha tiene Play-doh y a Kermit la Rana. Las cajas no son grandes. Puedo cargar con ambas. Pero sólo cojo una.
Venga, Kermit, volvemos a casa.
Apoyo la caja de Charlie contra el pecho y dejo la otra atrás.
Joey la señala.
– ¿Quieres que te ayude a llevar…?
Sacudo la cabeza. Ya no la necesito.
Joey asiente ligeramente, retrocede y sostiene la puerta abierta para que yo pueda pasar.
Atravieso el umbral y recorro el banco por última vez. Todo el mundo me mira. No me importa.
– Patéales el culo, muchacho -susurra Joey en mi oído.
– Gracias, Perversa Joe -le digo con una sonrisa.
Sin decir nada más me sumo a la multitud. Miro al frente y ya puedo oler el Play-Doh.
– ¿Y? ¿Qué han dicho? ¿Ya acabó todo? -me ametralla Charlie en el instante en que entro en su habitación.
– Adivínalo -contesto.
Charlie asiente, mientras se incorpora en la cama y se pone bien el vendaje que le cubre la herida del hombro. Sabía que ocurriría. Si no nos despedían hubiesen sido unos verdaderos idiotas.
– ¿No dijeron nada de mí? -pregunta.
Dejo caer a los pies de la cama los juguetes que tenía en su escritorio sobre su edredón infantil.
– Querían convertirte en socio del banco, pero sólo si podían conservar a tu Silly Putty. Naturalmente les dije que eso no era negociable, pero creo que podemos contraatacar con algunos coches Matchbox. Los buenos, por supuesto, no esos chismes de mierda.
Mientras acabo la frase, se muestra completamente desconcertado. Esperaba ese resultado. Pero no mi reacción.
– No es una broma, Ollie. ¿Qué haremos ahora? Mamá no puede mantener dos apartamentos.
– Totalmente de acuerdo. -Salgo de la habitación y regreso dos segundos más tarde arrastrando un enorme talego de lona verde militar. Con un gruñido, lo levanto para colocarlo sobre la cama, dejando que rebote junto a él-. Esa es la razón por la que los hemos reducido a uno. -Charlie abre la cremallera y contempla mi ropa, perfectamente doblada en el interior del talego.
– ¿De modo que realmente lo has hecho? ¿De verdad vuelves a vivir aquí?
– Eso espero, acabo de gastarme veintitrés pavos en mi última carrera de taxi. Esas cosas te costarán una fortuna.
Entrecerrando los ojos, Charlie me observa atentamente.
– Muy bien, ¿cómo acaba el chiste?
– No sé de qué estás hablando.
– No, no, no -insiste-. No practiques conmigo ese juego, Monty. Yo estaba allí cuando encontraste ese apartamento y te mudaste. Recuerdo lo orgulloso que te sentías aquel día. En la universidad, todos tus amigos vivían en tos dormitorios, y tú tenías que vivir en casa y coger el tren todos los días. Pero una vez que te graduaste… una vez que firmaste aquel contrato de alquiler y diste tu primer paso en el camino de ladrillos amarillos del éxito… sé lo que significaba para ti, Ollie. De modo que ahora que vuelves a mudarte a casa, no me digas que no estás destrozado.
– Pero no lo estoy.
– Pero no lo estás -repite, sin dejar de estudiar mi expresión. Puede ser un movimiento temporal, pero es bueno.
– ¿Crees que en esta habitación aún pueden dormir dos? -pregunto, señalando la pirámide de altavoces donde estaba mi vieja cama.
– Dos está bien… me siento feliz de que no sean tres -dice con suspicacia.
– ¿Y eso qué significa exactamente?
– Bueno, hace un rato llamó tu novia Beth. Dijo que tu teléfono estaba desconectado.
– Y…
– Y quiere hablar contigo. Dijo que habéis roto.
Esta vez no contesto.
– ¿Quién rompió con quién? -pregunta Charlie.
– ¿Acaso importa?
– De hecho, sí -dice, tocándose la fina costra que aún no ha desaparecido de su cuello.
– ¿Desde cuándo eres tan tétrico?
– Limítate a responder la pregunta, Ollie.
No lo dirá, pero es evidente lo que mi hermano está buscando. La vida es siempre una prueba.
– Si hace que te sientas mejor, fui yo quien rompió con ella…
– ¡Gracias, Señor, estoy curado…! -grita Charlie alzando su hombro-. ¡Mi brazo… funciona! ¡Mi corazón… late!
Pongo los ojos en blanco.
– Mmmmmm, cariño, ¿puedo entonar un aleluya?
– Sí, sí, ella también te echará de menos -digo-. ¿Ahora qué te parece si me ayudas a colocar el resto de mis cosas?
Charlie baja la vista y se lleva la mano al hombro.
– Oh, mi brazo… no puedo respirar.
– Venga, farsante, mueve el culo de la cama. Los médicos dicen que ya estás bien. -Retiro las sábanas y descubro que Charlie lleva tejanos y calcetines-. Eres realmente deprimente, ¿lo sabías? -digo.
– No, deprimente sería si tuviese puestas las zapatillas.
Sale de la cama de un salto, me sigue a la sala de estar y ve mi otro talego de lona, dos enormes cajas y algunos cartones de leche llenos de CD, vídeos y fotografías viejas. Eso es todo lo que me queda. El único mueble es el que traje anoche: mi cómoda de cuando me trasladé al apartamento. Pertenece a este lugar.
– ¿Dónde está tu cama Calvin Klein? -pregunta Charlie.
– Mamá dijo que conserva mi vieja cama en el sótano. Estoy seguro de que todo saldrá bien.
– ¿Bien? -Sacude la cabeza, incapaz de aceptarlo-. Ollie, todo esto es estúpido. No me importa lo buen actor que seas, puedo percibir el dolor en tu voz. Si quieres podemos empeñar alguno de mis altavoces. Eso al menos te dará al menos otro mes para…
– Estaremos bien -le interrumpo mientras levanto el otro talego-. Estoy seguro.
– Pero si no tienes trabajo…
– Confía en mí, hay un montón de buenas ideas ahí fuera. Sólo se necesita una.
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