Matthew Pearl - El Último Dickens

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Un apasionante y vertiginoso thriller que reabre uno de los más grandes enigmas literarios de la historia. ¿Qué ocurrió con la novela inconclusa de Charles Dickens? ¿Hubo alguna relación entre la repentina muerte del escritor más admirado en vida, y esta misteriosa obra cuya sola mención deja un rastro de cadáveres en tres continentes?
Una brillante y adictiva trama que mezcla el tráfico del opio y la literatura, el efervescente Boston de fines del siglo XIX, el Londres victoriano y la India colonial.
Dejará sin aliento a la cada vez mayor legión de seguidores del maestro de la novela histórica de intriga, y atrapará desde la primera página a los nuevos lectores.
«Matthew Pearl es la nueva estrella deslumbrante de la ficción literaria. Un autor superdotado.» DAN BROWN
«Brillante y erudito.» The New York Times
«Irresistible… Admirable.» The Observer

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– Daniel Sand me necesitaba a mí -dijo Osgood-, y no pude protegerle.

– Pero yo podía haberlo hecho -dijo Wakefield-, si él no hubiera estado tan pendiente de su aprobación, Osgood -se volvió solícito hacia Rebecca-. Mi querida muchacha, me temo que hoy ha descubierto demasiadas cosas para vivir libremente sin causarme en el futuro cierto grado de consternación. Me ha fascinado desde el momento en que la vi. A los dos nos han convertido en invisibles unas fuerzas injustas. Mande a paseo las condiciones de su divorcio, a paseo el mísero puesto de trabajo que le ha regalado Osgood a cambio de medio salario, convirtiendo a su hermano en un obrero paleto; vuelva conmigo a Inglaterra, allí tendrá todo lo que pueda desear, todo lo que se merece. Por eso le he contado todo ahora. Quería que entendiera todas las razones de lo que ha pasado, para que pudiera tener en cuenta mi sincera oferta de una vez por todas en el fondo de su corazón.

Rebecca levantó la mirada desde su asiento, dirigiéndola primero a Osgood, luego a Wakefield.

– ¡Usted mató a Daniel! ¡No es nada más que un canalla y un mentiroso! Una mujer podría haberse enamorado de Eddie Trood, con todos sus defectos, a despecho de un mundo despiadado, ¡pero nunca de un fraude como usted!

El rostro de Wakefield se puso rojo antes de que su mano volara hacia la cara de la mujer. Para su sorpresa, ella no lloró al recibir el golpe.

– No le voy a dar esa satisfacción, señor Trood -dijo Rebecca con amargura, percibiendo la expectación en los ojos del hombre-. Lloraré por mi hermano, no por lo que usted pueda hacerme.

– Mujer desagradecida -dijo Wakefield alejándose de ella y volviendo a ponerse el sombrero-. Ha hecho usted muy bien su labor de instructor de ese despótico fracaso suyo, señor Osgood. Muy bien. Usted ha hecho la cama, Rebecca; ahora pueden acostarse ambos en ella. Wakefield les dio la espalda.

– ¡Su padre! -exclamó Osgood.

Wakefield ralentizó el paso.

– Su padre le echa de menos, Edward -siguió Osgood.

Wakefield suspiró nostálgico. Luego, mientras se giraba hacia ellos, rió una vez más, pero ahora desabridamente.

– Gracias. Tendré que ocuparme de que mi viejo no vuelva a contarle mi historia a nadie que pueda comprender las claves como ha hecho usted. Cuando volvamos a Inglaterra le haremos una visita, de eso puede estar seguro, y también a Jack el Chino y a su amigo Branagan.

Wakefield desapareció escaleras arriba.

Herman exhibió una sonrisa sin dientes y levantó su bastón. Propinó con él un golpe a la cartera de Osgood y las hojas de las últimas seis entregas de Edwin Drood se desparramaron por el suelo.

38

– Por favor, Hormazd, podemos hacer un trato -le rogó Osgood a Herman.

– Esto no es un mercado judío -respondió él, reaccionando por un instante a su nombre real-. Nada de tratos -se quedó contemplando la bestial cabeza de animal de su bastón durante un momento-. Lo único que lamento, Osgood, es que el señor Wakefield insistiera en persuadirla de que viniera con nosotros. Las esperas me ponen furioso. Puede que incluso acabe con vosotros con las manos desnudas.

– ¿Por qué me desprecias? -quiso saber Osgood.

– Porque, Osgood , tú crees que puedes hacerte amigo de todo el mundo con una simple sonrisa tuya. Crees que todo el mundo puede ser como tú -la respuesta de Herman fluyó de su boca como una confesión, exponiendo su auténtica personalidad más de lo que pretendía.

– ¡Ha sido el señor Wakefield el que te ha hecho como eres, Herman! -dijo Rebecca persuasiva-. Él te convirtió en pirata.

– Ya lo era de nacimiento, muchacha.

Un revuelo de pasos en la escalera. Cuando Herman se volvió para buscar a Wakefield detrás de él, su sonrisa engreída desapareció. Osgood reconoció la expresión de asombro en el rostro de su captor. Como un rayo, Osgood se lanzó sobre él, encaramándose en su espalda y poniéndole un brazo por delante de los ojos para cegarle. Herman soltó un rugido y estrujó los dedos de Osgood con su férrea mano. Osgood cayó a sus pies y alzó los puños adoptando una pose de boxeo. En ese momento, una maza cayó sobre la cabeza enfundada en un turbante Herman.

Detrás de él, blandiendo su chuzo guarnecido con el pincho, estaba el hombre que Osgood una vez había conocido como Dick Datchery: Jack Rogers.

El palo resonó contra la cabeza de Herman produciendo un sonido repugnante. Pero Herman, que parpadeaba pensativo, no se movió.

– Herman Cabeza de Hierro -susurró Osgood.

– ¿Cabeza de Hierro? -repitió Rogers en tono alarmado.

Herman se volvió lentamente para enfrentarse a Rogers, con el bastón dispuesto. Dándose cuenta de que no parecía sufrir daño alguno, Rogers clavó el pincho que llevaba el chuzo en la punta en el esternón de Herman. Eso derrumbó al parsi. Soltó el bastón y cayó de rodillas al suelo. Acompañado de un grito, Rogers descargó de nuevo el chuzo en la cabeza de Herman con todas sus fuerzas. Se hizo trizas y la punta con el gancho cruzó la estancia volando por los aires. Herman se puso a cuatro patas, sin fuerzas, cegado por su propia sangre, y se desmoronó de bruces en el suelo sobre su bastón.

– ¡Rogers! -gritó Osgood pasando la mirada de Herman al ex policía de Harper-. ¿Cómo ha sabido…?

– Le dije que pagaría la deuda que había contraído con usted, mi buen Ripley -dijo Rogers, jadeando sonoramente-. Soy un hombre de palabra.

Osgood se tiró al suelo y se puso a recoger las páginas diseminadas de Drood .

– ¡No hay tiempo, Ripley! ¡No tenemos tiempo para nada de eso! -exclamó Rogers-. ¿Dónde está Wakefield?

– Ya se ha ido… Probablemente a su barco -dijo Osgood.

– ¡Vámonos!

Mientras ponía a buen recaudo su tesoro en la cartera, Osgood titubeó antes de estrechar la mano que le ofrecía Rogers.

Rogers parecía estar esperando este gesto.

– Le engañé en Inglaterra porque era mi deber, cuando mi conciencia me dictaba otra cosa. Ahora, mi deber es escuchar a mi conciencia por encima de todo lo demás. Tiene que confiar en mí… Sus vidas dependen de ello.

Osgood asintió con un gesto de cabeza y pasó por encima del inerte Herman de camino a la puerta. Rebecca se detuvo un instante con los ojos llenos de lágrimas. Bajó la mirada hacia el hombre tirado en el suelo y le propinó una patada tras otra en la espalda.

– ¡Rebecca! -Osgood la tomó en sus brazos-. ¡Vamos!

El abrazo de Osgood la devolvió a la situación real y al peligro que corrían. Su contacto le hizo poner los pies en la tierra de inmediato.

Rogers hablaba atropelladamente mientras subían las escaleras del sótano.

– Ripley, creo que Wakefield es muy peligroso. Hace constantes viajes entre Boston, Nueva York e Inglaterra, pero me parece que el único té que toca es el de su taza.

– ¿Qué ha descubierto? -preguntó Osgood.

– Siguiendo a sus hombres, he encontrado montones de pruebas, que debemos llevar a la policía, de una serie de asaltos y asesinatos perpetrados por sus esbirros para proteger su empresa.

– Él creía que la única cosa que le podía perjudicar eran las palabras de Dickens -dijo Osgood.

Tenía razón -le corrigió Rogers-. Ahora sigamos adelante. Gracias al cielo que les he encontrado a r tiempo, Ripley. Quédese aquí, con la señorita Rebecca.

Al llegar a lo alto de las escaleras, Rogers les hizo un gesto para que esperaran. Él buscó fuera alguna señal de Wakefield. Cuando comprobó que el camino estaba libre, les hizo otro para que siguieran adelante. Su coche de alquiler esperaba en el otro lado de la calle, por si alguien de la pandilla de mercenarios de Wakefield estuviera vigilando el edificio. El paso parecía despejado, así que indicó a la pareja rescatada que subieran al carruaje. Mientras Rogers y Osgood ayudaban a Rebecca a subir al coche, escucharon detrás de ellos un gruñido inarticulado y vieron un objeto brillante que se agitaba en el aire. Era Herman, que, enfurecido, reaparecía en la puerta del edificio dibujando con el brazo el arco de una rotación de lanzamiento.

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