Leonardo Padura - Pasado Perfecto

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El primer fin de semana de 1989 una insistente llamada de teléfono arranca de su resaca al teniente Mario Conde, un policía escéptico y desengañado. El Viejo, su jefe en la Central, le llama para encargarle un misterioso y urgente caso: Rafael Morín, jefe de la Empresa de Importaciones y Exportaciones del Ministerio de Industrias, falta de su domicilio desde el día de Año Nuevo. Quiere el azar que el desaparecido sea un ex compañero de estudios de Conde, un tipo que ya entonces, aun acatando las normas establecidas, se destacaba por su brillantez y autodisciplina. Por si fuera poco, este caso enfrenta al teniente con el recuerdo de su antiguo amor por la joven Tamara, ahora casada con Morín. «El Conde» irá descubriendo ciertas sombras inquietantes en el aparente pasado perfecto sobre el que Rafael Morín ha ido labrando su brillante carrera de burócrata.

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Varios meses después, cuando el caso de Rafael Morín dormía cerrado y concluso, y René Maciques se consumía en su condena y Tamara seguía hermosa y lo miraba con la humedad perseverante de sus ojos, todavía se haría la pregunta y se imaginaría la tristeza de Rafael Morín, pequeño magnate en Miami donde su riqueza de quinientos mil dólares era un premio de lotería que no le alcanzaría para comprar todo lo adquirido con su poder de cuadro confiable y brillante en eterno ascenso. Pero esa noche sólo se detuvo junto al grupo de fanáticos y encendió un cigarro. Pensaban todos, y lo gritaban haciendo relajación colectiva, que el manager del equipo era un imbécil, que el pitcher estelar era un amarillo y que los de antes sí eran buenos, si estuvieran Chávez y Urbano, La Guagua y Lazo, evocaban, y entonces metió el hombro de su imaginación entre dos negros enormes y furibundos que lo iban a mirar con recelo, éste de dónde salió, y gritó hacia el centro del grupo:

– Cojones, lo que les falta es cojones -y abandonaría en su perplejidad a los discutidores profesionales, cuando ya cruzaba la calle y penetraba en el vaho de gas, orina seca y vómitos precolombinos de los portales del Centro Asturiano, donde una pareja trataba de consumar sus ardores contra una columna y chocó al fin con las puertas tapiadas del Floridita, CERRADO POR REPARACIÓN, y perdió la esperanza de un añejo doble, sin hielo, sentado en el rincón que fuera exclusivo del viejo Hemingway, recostado en aquella barra de madera inmortal donde Papa y Ava Gadner se besaron escandalosamente y donde él se había propuesto, hacía muchos años, escribir una novela sobre la escualidez, y donde se hubiera preguntado otra vez la misma pregunta para darse todavía la única respuesta que lo dejaba vivir en paz: porque siempre fue un hijo de puta. ¿Y por qué más?

– ¿Puedo poner música?

– No, ahora no -dice ella y apoya la cabeza en el respaldo del mullido sofá, los ojos van al techo y parece que tuviera otra vez mucho frío, mantiene los brazos cruzados después de bajarse las mangas del jersey. El enciende un cigarro y deja caer el fósforo en el cenicero de Murano.

– ¿Qué estás pensando? -le pregunta al fin, imitando la postura de ella en el sofá. Un techo es un techo.

– En lo que está pasando, todo lo que me dijiste, ¿o en qué quieres que piense?

– ¿Tú no te lo imaginabas? ¿De verdad que no?

– ¿Cómo quieres que te lo diga, Mario?

– Pero podías haber visto algo, sospechado algo.

– ¿Qué cosa era sospechosa? ¿Que comprara ese equipo de música, o trajera whisky, o una bicicleta para el niño? ¿Un vestido de ciento cincuenta dólares, eso es sospechoso?

Él piensa: todo es normal. Para ella todo eso ha sido siempre normal, nació en esta casa y con esa normalidad que hace ver la vida de otra manera, más linda y menos complicada, y se pregunta si no fue el mundo de Tamara el que enloqueció a Rafael. Pero sabe que no.

– ¿Qué va a pasar ahora, Mario? -es ella la que pregunta, ha terminado con el techo y con el silencio y recuesta un hombro en el espaldar, cruza un pie debajo del muslo y espanta su imperturbable mechón rizado. Quiere mirarlo.

– Todavía deben pasar dos cosas. Primero que aparezca Rafael, vivo o muerto, en Cuba o donde esté. Y lo otro que Maciques nos cuente lo que sabe. Quizás esto nos ayude también a saber dónde está Rafael.

– Esto es un terremoto.

– Es como un terremoto, sí -admite él-, todo lo que no está seguro se cae, y me imagino que te sientes así. Pero creo que ha pasado lo mejor. ¿Te imaginas que Rafael llegara a Barcelona, sacara todo ese dinero y volara?

– Podría ser simpático. Nos iríamos a vivir a Ginebra, en una casa de tejas, sobre una colina.

Dice ella y se levanta y se pierde en el comedor. El nunca puede evitarlo, la mira como siempre, sólo que ya ha visto aquellas nalgas, ha retratado la forma exacta de aquel cuerpo desafortunado para el ballet y lo ha caminado con sus manos y su boca, pero le duele el recuerdo como una espina encarnada que es mejor no tocar. Una casa en Ginebra, ¿por qué en Ginebra? Y se peina con la punta de los dedos y piensa que sí, que ha empezado a quedarse calvo. Se me había olvidado, y él también deja el sofá, la calvicie, la casa de Ginebra y las nalgas de Tamara, y busca entonces entre los discos algo que lo haga sentirse mejor. Aquí está, se dice cuando ve el longplay de Sarah Vaugham, Walkman Jazz se llama, lo coloca en el plato y deja el volumen muy bajo para que aquella negra maravillosa le cante Cheek to Cheek . Ella regresa con la voz oscura y caliente de Sarah Vaugham, trae dos vasos en las manos.

– Vamos a rematar las existencias: agoniza el whisky de las bodegas de Rafael Morín -dice, y le entrega un vaso. Ella vuelve al sofá y bebe un primer trago de marinero entrenado.

– Yo sé cómo te sientes. Esto no es fácil para ti ni para nadie, pero tú no tienes la culpa y yo menos todavía. Ojalá nunca hubiera sucedido y Rafael fuera lo que todo el mundo pensaba que era y yo no estuviera metido en esto.

– ¿Te arrepientes de algo? -ataca ella, ha recobrado su temperatura y sube hasta el codo las mangas del jersey. Vuelve a tomar.

– No me arrepiento de nada, lo decía por ti.

– Mejor no hables por mí entonces. Si Rafael robó ese dinero que lo pague, nadie lo mandó. Yo nunca le pedí nada y eso tú lo sabes bien, Mario Conde. Creí que me conocías mejor. No me siento culpable de nada y lo que disfruté lo hice como lo hubiera hecho cualquier otro. No esperes que me confiese y haga contrición.

– Ya veo que te conozco peor.

Sarah Vaugham canta Lulaby of Birdland , es la mejor canción que él conoce para escaparse hacia el mundo mágico de Oz, pero ella parece incontenible y él sabe que es mejor que hable de una vez, que hable, que hable…

– Va y hasta piensas que soy una malagradecida y no sé cuántas cosas más, y que debería decirte que no, que todo es un infundio y que mi marido es incapaz de eso y después ponerme a llorar, ¿no? ¿Eso es lo que se estila en estos casos?, ¿verdad? Pero no tengo vocación trágica ni soy una sufridora egocentrista como tú. Yo no tengo nada que ver con eso… Quisiera que nada de esto hubiera pasado, la verdad, ¿pero tú sabes lo que es tener la conciencia limpia?

– Ya no me acuerdo.

– Pues yo sí, por si no lo sabías o te imaginabas otra cosa. Ya te lo dije el otro día: Rafael tenía lo que le dejaban tener o lo que le correspondía, o qué sé yo, y todo el mundo sabía que cuando viajaba traía cosas y todo era normal y él era muy bueno. Todo el mundo lo sabía y… Ya, no quiero hablar más de eso, a menos que me quieras interrogar y entonces no voy a decirte una palabra, por lo menos a ti.

El sonríe y regresa por fin al sofá. Se sienta muy cerca de ella, toca la rodilla de la mujer con la suya y lo piensa y después se atreve: lentamente posa su mano sobre el muslo de ella, teme que se le pueda escapar, pero el muslo sigue allí, bajo su mano, y él se aferra a aquella carne compacta y viva y descubre un ligero temblor, bien oculto bajo la piel. La mira a los ojos y ve la humedad brillante que se transforma en una lágrima que engorda, cuelga de la pestaña y se despeña por la nariz de Tamara, y sabe que está dispuesto a todo menos a verla llorar. Ella recuesta su cabeza en el hombro del Conde y él sabe que sigue llorando, un llanto silencioso y cansado, cuando le dice ya sin furia:

– La verdad es que yo veía venir esto. Esto o algo parecido, porque él no se conformaba ya con nada y soñaba con más y jugaba a sentirse un ejecutivo poderoso, creo que se imaginaba que era el primer yuppie cubano o algo así… Pero yo también me acostumbré a vivir fácil, a que hubiera de todo y a que todo fuera cómodo, que él hablara con un amigo para que yo no hiciera el servicio social en Las Tunas y a que las vacaciones fueran en Varadero y todo eso; y al final tenía miedo de cambiar mi vida aunque creo que hacía rato que ya no estaba enamorada de él, y cuando salía de viaje me gustaba quedarme sola con el niño aquí en la casa, sin pensar que él vendría tarde, me diría que estaba cansado y se acostaría a dormir o se encerraría en la biblioteca a escribir sus informes o me dijera lo difícil que se están poniendo las cosas. También sé que hace rato andaba con mujeres por ahí, en eso no me pudo engañar, pero lo que te dije, tenía miedo de perder una tranquilidad que me gustaba. Y lo que hice contigo no lo había hecho con nadie, no vayas a pensar otra cosa.

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