¿Era eso lo que quería, llenarse la cabeza de espantosas imágenes que jamás podría olvidar?
Volvió a guardar las fotos y miró el periódico que había en el suelo junto a la mesa, el que había evitado leer, el que publicaba la historia del asesinato de Richard.
¿Por qué habían tenido que incluir una foto de ella? Kate sabía que aquellos psicópatas solían obsesionarse con los periodistas que hablaban de ellos o con los policías que les perseguían. Era lo último en lo que quería pensar. Apartó el periódico con el pie, fuera de la vista, y se levantó.
Sacó una Coca-Cola light de la nevera y bebió un sorbo. No era muy buena idea si quería dormir esa noche, aunque todavía no quería meterse en la cama. Luego se sentó en la mullida butaca de cuero del estudio y encendió el televisor.
Las noticias. Un cuerpo flotando en el Hudson. Una mujer joven, probablemente una adolescente, sin identificar, según decía el presentador que aparecía en una desolada sección del río, en la parte alta de la ciudad. ¿Había mencionado el Bronx o eran imaginaciones suyas? Probablemente no tendría nada que ver con su caso, pero ahora cualquier asesinato le parecía algo personal.
Llamó a comisaría. Sí, había sido en el Bronx. No, no concordaba con el modus operandi de su asesino: no le habían sacado las vísceras a la víctima y no se había encontrado ninguna pintura por la zona. El caso no saldría del Bronx.
– Que pase una buena noche -añadió el agente.
¿Una buena noche? Imposible.
Kate cambió la televisión por la música y se dirigió despacio por el largo pasillo hacia el dormitorio. Allí se desnudó y se puso el pijama de Richard. Primero se lo llevó a la cara, el suave lino contra la mejilla; el olor de Richard se desvanecía, ya apenas quedaba un rastro. Pronto desaparecería del todo.
Richard le sonreía desde la foto de la cómoda y de alguna manera ella consiguió también sonreír.
– Hola, cariño -dijo, llevándose la mano al pecho y estrechando con los dedos el anillo que llevaba colgado.
Fue rápidamente a la cocina y se puso a revolver entre las latas de la despensa hasta encontrar lo que buscaba.
De nuevo en el dormitorio, colocó dos velas votivas a cada lado de la fotografía de Richard, encendió una cerilla y aspiró el olor a azufre. La llama arrojó destellos dorados sobre el marco de plata y el billetero.
«Dios mío», pensó retrocediendo. Seguía siendo la niña católica de Queens, tan supersticiosa y devota como todas y cada una de sus tías irlandesas.
Kate había dejado de ir a la iglesia después de la muerte de su padre. Transfirió la poca fe que le quedaba a su trabajo, primero en la policía, luego en su doctorado y más tarde con la fundación y los chicos. El trabajo se había convertido en su templo.
Pero ahora necesitaba algo más, algo a lo que entregarse, una fuerza, un espíritu, como se quisiera llamar, y las velas junto a la imagen de Richard conectaban con algo muy profundo en su interior y la calmaban.
Se puso el pantalón del pijama de Richard, le hizo unos dobleces en las perneras y se sentó vacilante en su lado de la cama. Todavía no estaba lista del todo para acostarse.
Había logrado pasar el día. Había sido fuerte y dura y había conseguido ocultar su dolor. Pero ahora estaba en casa, sola, y ya no podía seguir fingiendo. Miró hacia el lado de Richard, las sábanas tersas, la almohada ahuecada. Se quedó escuchando la música, la conmovedora voz de contralto de Joan Armatrading y sus palabras, «te necesito», y por fin se permitió llorar.
Mira de soslayo los periódicos tirados por el suelo del estudio junto al ajado sillón. ¿Cómo se han podido equivocar tanto? ¿Un bodegón con un cuenco de rayas azules? De eso nada.
¿Y un hombre? Él no se acuerda de ningún hombre.
¿Estaría alucinando? Tal vez. A veces todo parece un sueño.
Se presiona con la palma de las manos los ojos doloridos.
De las otras víctimas está seguro, sabe cómo y por qué fueron seleccionadas. Pero no del hombre. Tal vez los periódicos intentan tenderle una trampa.
Sometimes you feel like a nut, sometimes… (A veces te parece que estás loco, a veces…) Mira las dos pinturas pegadas con chinchetas a la pared, hechas con pelo y sangre. Había otras parecidas, pero las ha tirado en arrebatos de frustración. Y luego estaban, por supuesto, las que hacía con animales, que sólo podía guardar un día o dos antes de que empezaran a apestar.
Pero ahora está seguro de que si hubiera habido un hombre, habría también una tercera pintura. Y no la hay.
No, él no lo hizo. Se acordaría. No está loco.
A veces te parece que est á s loco, a veces…
– ¡Eso lo dirás tú!
Cierra los ojos y se imagina a la chica bajo la farola tirándose de la minifalda y piensa que sí, que era real, pero ¿qué aprendió, aparte del hecho de que no estaba preparado y que debía quedarse siempre bajo techo? Claro que hubo un momento, aquel momento tan hermoso. Pero la idea es que dure, ver si tiene razón.
Echa un vistazo a los otros periódicos que hablan de la chica sin identificar encontrada flotando en el río. No había pistas sobre ella… ni sobre él. Eso era bueno.
No, ¡ es geniaaaaaal, geniaaaaaal, geniaaaaaal!
– ¡Ahora no, Tony! ¡Estoy intentando pensar! -grita. Luego se disculpa-: Perdona, Tony. -No quiere ofender a su amigo, que lleva tanto tiempo con él. Confía en Tony, como confía en Brenda y Brandon y Dylan y Donna y a veces en Steve, pero nunca en David, de quien cree que podría parecerse un poco a él y por tanto le desprecia.
Se saca del bolsillo la pequeña lupa de gran aumento que siempre lleva encima. Las palabras en tinta negra marchan por la página como hormigas gigantes mientras lee los artículos. Le sorprende que se hayan tomado interés en aquellas dos mujeres. ¿A quién le podían importar?
Tal vez, piensa, han cobrado importancia por el hombre, el abogado, según dicen. Un hombre rico.
Lee con atención el artículo del Post y luego cambia al New York Times y estudia la pequeña foto cuyo pie reza: «Richard y Kate Rothstein.» Observa al hombre y la mujer. La lupa fragmenta las imágenes, ya muy granuladas, y las convierte en diseños abstractos de puntos negros. Advierte algo familiar y se pone a leer despacio el artículo hasta llegar a la parte que le interesa, la parte sobre la mujer del muerto, historiadora del arte, dicen que es. ¿No se han equivocado? ¿No es más bien una historia-dura?
Para que vean que no es tonto.
A veces te parece que est á s…
– ¡Que te calles!
Intenta olvidar el ruido en su cabeza, desliza la lupa sobre el periódico.
«La señora McKinnon-Rothstein es muy conocida como figura del mundo del arte, una experta en arte contemporáneo…»
Cierra los ojos, se imagina a su historia-dura mirando sus pinturas y sonríe.
La luz matutina entraba difuminada por las ventanas y dibujaba rectángulos sobre el suelo oscuro de la sala de pruebas, iluminando el desvaído dibujo de cuadros, las grietas y la suciedad.
– Éste es el agente especial Marty Grange -dijo Floyd Brown.
Kate calculó que no mediría más de uno setenta. Era un hombre de complexión robusta, la camisa blanca almidonada y la corbata azul marino enrojecían su cuello, llevaba las mangas subidas en sus brazos de Popeye. Se mantenía erguido, recto como una vela, sacando su pecho ancho, como dispuesto a que le pasaran revista. El agente la miró entornando sus ojillos oscuros.
– He oído hablar de usted. -Su carraspeo sonó como un gruñido.
– Es todo verdad. -Kate tendió las dos manos juntas-. Más vale que me ponga las esposas ya. -Añadió una sonrisa que el agente del FBI no le devolvió.
Читать дальше