Los expertos diagnosticaron que Rodríguez Vega era un psicópata con un modus operandi muy estudiado. Vigilaba a la víctima y aprendía su rutina diaria. Luego la contactaba, ganaba su confianza, realizando algunos trabajos de albañilería o reparando aparatos domésticos, hasta que cometía su fechoría. Aclaró que él tuvo siempre relaciones consentidas con ellas, aunque al terminar las asfixiaba. Además, se llevaba recuerdos de cada asesinato. Cuando fue arrestado, la policía halló un cuarto-museo, con las paredes tapizadas en terciopelo rojo; allí guardaba los trofeos de los horrores: joyas, televisores, alianzas, porcelanas, imágenes de santos, cada uno de ellos de uno de sus crímenes. Los familiares de las víctimas identificaron los objetos y relacionaron a Rodríguez Vega con éstas.
El homicida declaró que no experimentaba hostilidad hacia las ancianas, sino que mató impulsado por el odio que sentía hacia su madre, a la que temió y deseó desde niño. El complejo de Edipo en su faceta más horrenda.
José Antonio Rodríguez Vega fue sentenciado a 440 años de encarcelamiento, de los que nada más debía cumplir 30. La pena comenzó el 24 de mayo de 1988. En Carabanchel, José Antonio conoció y trabó amistad con otro famoso asesino serial español: Manuel Delgado Villegas, el Arropiero. Luego lo llevaron a Ocaña, Almería y Murcia, y el 22 de octubre de 2002, lo transfirieron a Topas, Salamanca. En Almería había sufrido una agresión en agosto del 2002.
El 24 de octubre de 2002, dos días después de su ingreso, a las nueve de la mañana, Rodríguez Vega salió de la tercera galería al patio de la cárcel salmantina de Topas, junto con otros siete reclusos. A las once y cuarto, se desató una disputa entre Rodríguez Vega y tres reos. Éstos le apuñalaron 113 veces, una treintena en el pecho y las demás repartidas por el cuerpo. Incluso le sacaron los ojos y parte de la masa encefálica. Se desangró completamente; dejó un enorme charco en el patio.
Los presos que le atacaron eran Enrique del Valle, Daniel Rodríguez Obelleiro y Felipe Martínez Gallego. Los dos primeros le acuchillaron con punzones fabricados por ellos mismos, mientras que el tercero le golpeó la cabeza con un calcetín lleno de piedras. Un carcelero pidió ayuda a sus compañeros, pero no pudieron evitar la agresión, porque el resto de los reclusos impidieron su intervención. Una vez consumada la acción, los reclusos, con absoluta tranquilidad, entregaron sus armas a los funcionarios, quienes los encerraron en celdas de aislamiento.
Rodríguez Vega murió a consecuencia de las heridas. Al día siguiente, se le enterró en un féretro barato. En el funeral solamente estuvieron presentes dos enterradores, y le metieron en una fosa común.
En diciembre de 2004, los dos reos que le apuñalaron fueron condenados a 13 años de cárcel, y el tercero a 5, por la Audiencia Provincial de Salamanca. Cuando acudieron a juicio, los asistentes los vitorearon y aplaudieron. Habían declarado que no estaban de acuerdo con la pena que las autoridades impusieron a alguien con delitos tan espantosos, por lo que decidieron constituirse en jueces. Los dos que le apuñalaron ya habían coincidido con el violador en la cárcel de Dueñas, en Murcia, y se la tenían jurada.
El Mataabuelas (Australia)
John Wayne Glover nació el 26 de noviembre de 1932 en Wolverhampton, Inglaterra. Fue un asesino serial de abuelas, señoras de edad avanzada, en North Shore, Sidney, Australia, durante catorce meses, en los años 1989 y l990. Admitió sus crímenes y fue sentenciado a cada perpetua. Se ahorcó en su celda, el 9 de septiembre de 2005.
En 1947 fue apresado por pequeños robos de ropas y bolsos. Le expulsaron del Ejército por ello. En 1956, emigró a Australia y se asentó en Melbourne. Tuvo problemas con su madre, porque ella tras casarse varias veces la frecuentaban varios hombres. Luego, en 1968, los problemas se trasladaron a su suegra, ya que se casó y vivió con ella en Mosman, Sidney. Tuvo dos hijos y trabajó como vendedor de pasteles o tartas de las llamadas «pie». Sus amigos decían que era simpático y amistoso.
Al de poco de llegar a Australia, lo acusaron de robo en Nueva Gales del Sur. En 1962 le detuvieron varias veces por asaltar a mujeres en Melbourne, por herir a una de ellas y por cuatro casos de robo. Los ataques fueron muy violentos, y a varias les quitó o rompió la ropa. A algunas las arrojó al suelo y comenzó a desnudarlas. Persiguió a una mujer de 25 años que iba rumbo a su casa y la alcanzó en una calle oscura. La golpeó y la lanzó al suelo, ya inconsciente. Se despertó en un jardín, sangrando y con sus medias desgarradas. Los gritos que emitió antes de desmayarse alertaron a los vecinos, y Glover huyó. En ese tiempo el agresor trabajaba en la televisión ABC y vivía en Camberwell, un barrio de Melbourne. Le cayeron tres años de prisión, pero le soltaron por buen comportamiento.
A pesar de estos ataques, no hay prueba alguna de que asesinara antes de 1989. Para entonces, ya llevaba casado veinte años, tenía hijos y su esposa no sabía nada de lo sucedido, pues ocurrió antes de que se casaran. Cuando confesó, admitió los seis crímenes, pero no otros que quisieron imputarle, como el de Florence Broadhurst, en Paddington, el año 1977.
El 11 de enero de 1989, Margaret Todhunter, de 84 años, caminaba por Hale Road, en Mosman, cuando Glover, que iba en su auto, la vio. Detuvo el vehículo y caminó hacia la mujer. La golpeó en la cara y le robó su bolso. Luego fue a un bar a gastar los 209 dólares que contenía el bolso. La Policía consideró difícil encontrar al autor del atraco, ya que la mujer no dio muchos detalles.
El 1 de marzo, Glover vio a Gwendoline Mitchelhill, de 82 años, paseando por Military Road. Detuvo su auto y metió un martillo en su cinturón. La siguió hasta que la mujer entró en el portal de su domicilio, en Military Road, un edificio de apartamentos. Cuando la mujer abría la puerta, él le pegó con el martillo en la nuca. Continuó golpeándola en la cabeza y el cuerpo, de forma que le quebró varias costillas. Le quitó el bolso, donde llevaba unos cien dólares y huyó. Dos escolares hallaron a Mitchelhill, quien estaba aún viva, pero murió antes de que llegasen la Policía y una ambulancia. No hubo testigos ni pudieron relacionar este caso con el de Margaret Todhunter.
El 9 de mayo, Glover caminaba por Military Road, cuando vio una mujer de 84 años, Winfred Ashton (lady Ashton, viuda del artista sir William Ashton), que se acercaba en sentido contrario. Ella se dirigía a su casa en Raglan Street. Glover se puso un par de guantes (Glover significa guantero en inglés) y la siguió hasta el portal de su apartamento, en donde la atacó con un martillo. La arrojó al suelo, le golpeó varias veces la cabeza contra el suelo, porque la mujer se resistía; de hecho, tuvo que subirse encima de ella y darle con la nuca en el pavimento para que se estuviera quieta. Cuando ya estuvo inconsciente, le quitó las medias y la estranguló con ellas. Le robó el bolso, que contenía unos cien dólares y se alejó.
Por el estado en que se encontraba la difunta, en un enorme charco de sangre que le brotaba de la cabeza -con la media enrollada en el cuello, tan apretada que le cortó la piel, sus piernas cruzadas y los brazos a ambos lados del cuerpo, un hilo de sangre en la boca-, la Policía dedujo que estaban ante un crimen premeditado, no delante de un simple asalto. Y con los dos anteriores, concluían que se trataba de un asesino serial. Las tres mujeres vivían en el mismo barrio, tenían una buena economía y a las tres les robaron los bolsos.
El 6 de junio, Marjorie Moseley, de 77 años, le dijo a la Policía que un hombre le puso la mano sobre su camisón, en las inmediaciones del asilo Wesley Gardens, en Belrose. La mujer no podía recordar cómo era el hombre.
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