– Estoy mejor sentada.
– No lo creo -dijo Kelby mientras ocupaba el asiento del pasajero-. Pero no voy a discutir. Quiero llevarte a la orilla meridional, donde dejamos nuestra gabarra. Dejaremos la tuya en el embarcadero y Nicholas podrá recogerla mañana.
Mientras Nicholas ponía el coche en marcha, ella se sentó muy derecha, intentando bloquear el dolor sordo en el costado. Piensa. Falta una pieza. Y una pregunta que no quería hacerle a Kelby.
No tenía otra opción. Tenía que hacérsela.
– El cofre estaba vacío, Kelby.
– Lo sé, maldita sea.
Ella se humedeció los labios.
– ¿Lo hiciste tú?
Vio cómo se endurecían sus hombros y él se volvía lentamente para mirarla.
– ¿Qué me decías?
– Anoche viniste a Cadora.
Kelby guardó silencio un instante y cuando habló cada palabra fue muy precisa.
– Los dos sabemos que era crucial distraer a Archer de ti. Casi te mata porque no se distrajo. ¿Me preguntas si vine aquí a robar esos malditos papeles?
Nicholas silbó por lo bajo.
– Ooops.
Melis apenas lo oyó.
– Tenía que preguntar. Respóndeme simplemente: sí o no.
– No, rayos, no cogí esos papeles. -Se volvió para mirar al frente-. Es mejor que te calles hasta que lleguemos al muelle, o quizá termine el trabajo que Archer comenzó de forma tan chapucera.
Ella podía percibir la rabia que brotaba de él. Rabia y dolor. No podía culparlo de nada. Ella se hubiera sentido igual.
Pero no podía preocuparse por Kelby en ese momento. Tenía que pensar. Comenzaba a percibir una horrible sensación…
Faltaban pocos kilómetros para llegar al muelle cuando Melis se inclinó hacia delante.
– Gira a la izquierda en la próxima carretera -le dijo a Nicholas.
– ¿Qué?
– Simplemente hazlo. Kelby la miró fríamente.
– ¿Estás delirando?
– No. Quizá. Creo que sé adonde se llevó Phil los papeles. Hay un sitio en la costa, tengo que ir allí. Por favor. No hagas preguntas.
– ¿Crees que están allí los papeles?
– Podría ser. Tengo que ir allí.
Nicholas miró a Kelby, que se encogió de hombros.
– Adelante. Guíalo, Melis.
El chalet era como lo recordaba. Listones blancos con persianas verdes, cerradas herméticamente. Abrió la portezuela y salió del coche antes de que Kelby pudiera ayudarla.
– Por Dios, Melis -Kelby caminó a su lado mientras ella se movía hacia el chalet y la tomó del brazo-. Estás débil como un cachorrito. Tendrás suerte de no caerte.
Ella no se sentía débil. La adrenalina generada por el miedo le inundaba el cuerpo.
– ¿Por qué crees que podrían estar ocultos aquí? -preguntó Kelby.
– Cuando revisábamos la zona, vivimos varios meses en ese chalet. -Mientras retiraba la mano de Kelby de su brazo, sus ojos miraban fijamente la puerta-. Es la única expli…
La puerta se abrió y apareció la silueta de una persona.
Melis percibió cómo Kelby, a su lado, se ponía rígido.
Tenía miedo de ese peligro desconocido. Ella también sentía miedo, pero no por la misma razón. Se adelantó un paso.
– ¿Phil?
– No debiste venir, Melis. -Descendió los dos escalones de la entrada y caminó hacia ella-. Esperaba verte en tiempos más felices.
– ¿Dónde? ¿En las puertas de nácar? Se supone que estás muerto, Phil.
– Como decía Mark Twain, las noticias sobre mi muerte son muy exageradas.
Kelby se adelantó un paso.
– ¿Lontana? Phil asintió.
– Hola, Kelby. Un gran trabajo. Sabía que podía hacerlo. Por supuesto, yo lo habría hecho mejor.
– ¿Qué?
– Marinth, por supuesto. -Sonrió -. Me encantaría darle un apretón de manos, pero las cartas no han predicho eso, ¿no es verdad?
– Todavía no lo sé. -Volvió a tomar a Melis del brazo-. Lo que sé es que quiero que Melis se siente. Está herida.
– ¿Herida? -Phil la miró con preocupación-. ¿Es grave?
– ¿Y a ti qué te importa? -replicó Melis -. ¿Qué esperabas que ocurriera, Phil?
– Me importa mucho. No es justo por tu parte dudar que me preocupe por ti.
– Pero no es suficiente. No te importó poner mi cabeza bajo la cuchilla cuando vaciaste ese cofre.
– ¿Fue así como te hirieron? Tenía la esperanza de que Archer no intentara obtener de ti esos papeles. -Su aspecto era de preocupación-. No quería hacerlo. Fue necesario. No ibas a ayudarme, Melis.
– Esto comienza a apestar -intervino Kelby-. ¿Qué demonios fue lo que hizo, Lontana?
– Escenificó su propia muerte -explicó Melis -. El mismo voló el Último hogar.
– ¿Te das cuenta lo doloroso que fue para mí hacer eso? -preguntó Phil.
– ¿Cómo escapaste? ¿Con un equipo de buceo y alguien cerca en un bote que te recogió?
Phil asintió.
– Sentí tanta tristeza cuando lo vi volar por los aires. Yo amaba ese barco.
– Pero el sacrificio lo valía -dijo Melis -. Te conseguí lo que querías.
– ¿Qué? -pregunto Kelby-. ¿No quería seguir tratando con Archer?
– Mientras veníamos hacia aquí tenía la esperanza de que fuera así. -Melis cruzó su mirada con la de Phil-. Pero te conozco, Phil. Nunca habrías sacrificado el Último hogar a no ser que fuera a traerte algo mejor. Y solo Marinth era más importante para ti. Hiciste un trato con Archer, ¿no es verdad?
– ¿Por qué crees…?
– ¿No es verdad? Lontana asintió lentamente.
– No tuve otra opción posible. Tú no ibas a ayudarme. Marinth estaba ahí, esperándome, y yo no podía tocarla. Fue culpa tuya.
– ¿Por qué, hijo de puta? -masculló Kelby-. Así que fuiste tú quien puso a Archer tras el rastro de Melis.
– Te dije que no quise hacerlo. No se trata de que ella sea el objetivo. Solo queríamos molestarla lo suficiente para que fuera en busca de usted a pedir ayuda. Yo sabía que usted negociaría por Marinth. Sabe que es importante.
– ¿De veras?
– Durante seis años intenté que ella utilizara a los delfines. Usted puede entenderlo. Tenía que llegar a Marinth.
– Pero no lo has conseguido -dijo Melis -. Es Kelby quien lo ha hecho.
Lontana apartó la vista del rostro de la chica.
– Es posible que no tenga la gloria, pero sabré que fui yo quien lo hizo posible. -Se encogió de hombros-. Y sobre las utilidades, me estoy volviendo viejo. No necesito mucho dinero. Todo lo que quiero es quedarme aquí y ver cómo Marinth vuelve a la vida.
– ¿Y has estado todo el tiempo en este chalet?
– Salvo cuando estaba navegando, vigilándoos con mis binoculares. -Sonrió con entusiasmo -. Admítelo, Melis: ¿no ha sido emocionante? Hubiera deseado estar allá abajo con vosotros. Cuando os vi sacar aquellas redes, quise gritar de alegría.
– Estaba en el segundo bote que vi -intervino Nicholas.
Phil asintió.
– Esa vez me sorprendió. Usted es…
– Nicholas Lyons.
– Oh, sí, he oído hablar de usted.
– Sabes mucho de lo que está pasando, ¿no es verdad, Phil? -preguntó Melis lentamente-. ¿Crees que soy tan idiota como para creer que te contentarías con echarte a un lado y ver cómo otra persona logra el reconocimiento por encontrar Marinth?
– Puedes creer lo que quieras.
– Lo haré. Pero no me gusta. -Intentó hablar con voz firme-. ¿Sabes lo que creo? Comienzo a pensar que tienes tanta culpa como Archer. Estoy armando el puzzle. ¿Cuál era el trato? Archer me atormentaría hasta que yo estuviera tan desesperada que aceptara hacer lo que tú querías. ¿Qué ibas a sacar en limpio de todo eso? Y no me digas que era la oportunidad de quedarte aquí y vivir felizmente lo de Marinth.
– Nunca tuve la intención de hacerte daño, Melis. Yo sabía que Archer no lograría quebrarte. Pero había que espolearte de alguna manera.
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