»Yo era muy tímida y no quería llamar, por eso telefoneé a información. Les dije que ya sabía que no podían darme la dirección, pero pregunté si ese M. Shiloh vivía en la calle Quinta. Dije esa calle al azar. Y la operadora me dijo que a ella le constaba una dirección de la Avenida 28. Aquello me emocionó mucho y le dije a Diana que le pidiera a su primo de allí que lo buscara en el censo de votantes, y así dio con sus señas completas.
– Cómo me gustaría que todas las personas con las que trabajo tuvieran la misma iniciativa que tú -le dije. No sólo quería halagarla; su dedicación me había parecido extraordinaria.
– En aquella época -prosiguió Noami, ufana-, acababa de ingresar en la universidad. Le escribí una carta, aunque no me hacía muchas ilusiones. Y entonces, a las tres semanas recibí la respuesta de él. No era una carta larga, pero la leí cuatro veces seguidas. No podía creerme que lo hubiera localizado. Para mí, hasta entonces no había sido real. Su caligrafía era curiosa, todo en mayúsculas, con unas letras picudas.
– Sí. ¿Y qué contaba en la carta?
– Básicamente contestó a las preguntas que yo le había hecho. Que sí, que era él, y escribió unas línea sobre sus «años perdidos», sobre el tiempo que había estado trabajando en Montana, en Illinois y en Indiana y luego… ¿En Wisconsin? Sí, creo que sí.
»Dijo que no había terminado la enseñanza secundaria, que tenía el graduado escolar y que trabajaba en la policía. Que le gustaba Minneapolis, pero que no estaba muy seguro de que quisiera establecerse allí para siempre. «No estoy casado ni lo he estado nunca», añadía, y me pareció muy curioso que lo expresara de ese modo, como si estuviera declarando ante un juez. -Naomi hizo una pausa para pensar-. Y también me decía que no tuviera prisa en casarme y tener hijos. Y que estaría bien que viajara un poco y viera mundo, al menos los Estados Unidos, para adquirir perspectiva de las cosas. Y luego me recomendaba que «estudiara mucho». -Entornó los ojos para mirar algo que estaba a mis espaldas-. Discúlpame un momento, enseguida estoy contigo -dijo.
Me volví y puse una pierna sobre el banco, para observar a Naomi que intervenía en una disputa infantil por el columpio. Tardó varios minutos en apaciguar los ánimos de los implicados y cuando lo consiguió, regresó a la mesa.
– ¿Por dónde iba? -preguntó.
– Acababas de recibir su primera carta.
– Sí, y me pareció un inicio prometedor -prosiguió-, por lo que le escribí de nuevo y contestó otra vez. Y así un par de veces más. Cuando recibía carta suya, yo le respondía de inmediato. En cambio, él a mí me hacía esperar.
»Finalmente, como todavía no tenía claro si iba a establecerse en Minnesota, le pregunté si vendría a Utah a vernos. Le pregunté por qué llevaba tanto tiempo fuera y le aseguré que todo el mundo estaría encantado de verlo de nuevo, al menos si venía de visita. No me respondió, y al cabo de seis semanas, decidí llamarlo por teléfono. -Aunque sonrió, había cierto desagrado en su rostro. -Y lo hice. Y cuando se puso al teléfono le dije que era Naomi.
»Dijo algo así como «¿Naomi?», y yo imaginé que no sabía quién era. Añadí «soy Naomi, tu hermana» y él dijo: «Ya lo sé.» Empecé a sentirme muy incómoda, pues me parecía muy distinto que en las cartas. Cuando le pregunté si le había causado algún efecto mi llamada, dijo «¿Efecto?».
Entendí su confusión, porque me resultaba muy fácil imaginar la fría voz de Shiloh diciendo aquello.
– Ya no recuerdo exactamente qué le contesté, pero sí sé que me sentía muy avergonzada. Conseguí despedirme de él sin colgarle directamente el teléfono, pero resultó un poco tenso. No volví a llamarlo.
Naomi soltó una risilla, como si todavía estuviese abochornada.
– Y no volví a ponerme en contacto con él hasta que papá murió. Lo más terrible de todo era que mamá había muerto un año antes y yo no lo había llamado. Es terrible admitir que se me olvidó por completo, pero estaba tan afligida que ni se me ocurrió pensar en Mike. Al año siguiente, cuando murió papá, yo ya había pasado por aquello, así que, en cierto modo, me resultó más fácil. Y tenía a Rob. En esa época éramos novios y me dio mucho consuelo.
»Por entonces, Mike se había mudado y no estaba en la guía telefónica, pero yo dejé un mensaje en el Departamento de Policía y me llamó. -Hizo una pausa, recordando-. Fue muy distinto de la otra vez que lo había llamado. Se mostró muy cariñoso -Naomi sonrió-, y cuando le comuniqué la noticia me preguntó cómo estaba, cómo se lo había tomado Bethany y todo eso. Le conté cuándo y dónde lo enterraríamos y -su expresión se llenó de pesar- supongo que imaginé que vendría, pero ahora, cuando lo pienso, no recuerdo que en ningún momento me dijera que pensara hacerlo. Y no se presentó al funeral; envió una corona de flores. Tengo que reconocer que me sentí dolida, y no hablo sólo en mi nombre, sino en el de toda la familia.
Recordé la corona. La florista había llamado con una pregunta sobre el encargo y de no haber sido por eso, yo no me habría enterado de que su padre había muerto. Le pregunté por qué no asistiría al funeral y me ofrecí a acompañarlo. Shiloh se negó y eludió mis preguntas.
El día del funeral, Shiloh lo pasó más o menos borracho, y en las semanas siguientes su compañía me resultó tan intolerable que pedí turnos extra en el trabajo y pasé buena parte de mi tiempo libre con Genevieve y Kamareia.
– Naomi -dije-, la muerte de tu padre le afectó mucho más de lo que supones.
Naomi alzó la cabeza y me miró. Al contarme la historia de su familia, había olvidado que yo era alguien que vivía con Shiloh y que era testigo de su vida cotidiana.
– Bueno -prosiguió-, en cualquier caso, al cabo de dos meses, cuando Rob y yo nos casamos, nos envió un regalo. Yo había olvidado que le había mencionado la boda por teléfono. -Una ligera brisa alborotó el cabello moreno de Naomi y lo compuso con la mano-. Un álbum de fotos muy hermoso, encuadernado en cuero. Era como si supiera que a mí me gustaba llenarlos con fotografías familiares, aunque yo nunca se lo había mencionado. Fue un regalo perfecto, pero no adjuntó ninguna nota. Después, empezamos a intercambiar otra vez postales de Navidad, pero las suyas no estaban firmadas. No había nada personal en ellas. -Bajó un poco la voz-. Me parece que no lo entiendo en absoluto.
– Es muy difícil entenderlo -convine-, o para ser sincera, puede ser un… pesado. -Tuve que contenerme para no llamarle «capullo».
– ¡Pues te has casado con él. -Naomi se rió, algo sorprendida de la falta de lealtad a mi cónyuge. Luego, la risa se secó y su expresión se volvió seria.
– ¿De verdad ha desaparecido? -preguntó, como si yo no se lo hubiera dicho bastante claro.
– Sí -respondí.
En el parque infantil se oyeron gritos y ambas nos volvimos. Sentado en la gravilla había un niñito rubio que agitaba los brazos al aire y tenía una herida en el codo de la que salía sangre. Rodillas y codos arañados, lo más habitual en la infancia.
En esta ocasión seguí a Naomi, que sacó un paquete de pañuelos del suéter y los aplicó a la piel manchada de sangre del pequeño.
Otros niños se habían congregado formando un semicírculo a su alrededor, versiones en miniatura de las personas que veía en mi trabajo, los que siempre lo dejaban todo para curiosear en los accidentes y las escenas del crimen.
– Tardaré un poco. Tendré que llevarlo al baño. -Luego, Naomi dio un tono más alegre a su voz y dijo-: Pero, ¿qué son esas lágrimas, Bobby? Tranquilo, que no pasa nada.
– Comprendo -dije, por encima de los gemidos de Bobby que ya cesaban.
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