Jodi Compton - 37 horas

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La regla básica en la investigación de casos de desaparecidos es recopilar toda la información y los indicios posibles en las primeras 36 horas tras el suceso, cuando la memoria de los testigos no está contaminada y las pistas todavía pueden ser fiables.
Sarah Pribek, una detective de la policía de Minneapolis especializada en este tipo de casos, conoce bien esta circunstancia. Cuando descubre que su marido, Shiloh, lleva desaparecido 48 horas y se pone a investigar, salen a la luz mu chas cosas que no sabía de él.

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Antes incluso de que Nelson moviera la cabeza en dirección a la mujer, me lancé tras ella. Era muy rápida y cuando la alcancé, ya había abierto la ventana de guillotina y tenía la cabeza y los hombros asomados al exterior. Cuando la agarré, se aferró con tanta fuerza al borde del alféizar que se cortó y se puso a chillar.

– ¡Mira lo que me has hecho, so puta! -gritó mostrándome la sangre de la mano.

– Pon las manos detrás de la espalda, por favor -le ordené.

– ¡Quítame las manos de encima! ¡Mira lo que me has hecho, joder! ¡Quítame las manos de encima, mala puta!

– Trace -dijo el sospechoso de Nelson con voz cansina. Distinguía una causa perdida en cuanto la veía. Trace, o más probablemente Tracy, no parecía escucharlo. No escuchaba a nadie. Cuando intenté leerle los derechos, me gritó. Me estaba poniendo nerviosa. Ya que no podía oír cómo se los leía, me pregunté si eso no la exculparía delante del juez.

Por el rabillo del ojo vi a Hadley y a Shiloh, que volvían del piso de arriba con un tercer sospechoso. Yo había conseguido esposar con éxito a Tracy, pero no había logrado que se callara. Empezaba a sentir vergüenza de ser la única que no podía mantener a su sospechoso bajo control.

Justo en ese momento sucedió algo muy extraño. La escalera tenía una de esas típicas barandillas de metal, apoyada en columnas de madera tallada. De repente, un bulto de color bronce cobró vida, y se abalanzó entre los dos pilares, cayendo justo delante de Nelson, que dio un salto extraordinariamente controlado pero no huyó, con sus ojos azul pálido abiertos como platos.

No tuve que mirar al suelo para saber de qué se trataba.

Conocía bien, a causa de mi infancia en el oeste, el sonido de advertencia de las serpientes de cascabel.

Durante una fracción de segundo, todo el mundo se quedó inmóvil mientras el crótalo alzaba la cabeza en señal de amenaza.

Me acerqué, agarré a la serpiente por detrás de su cabeza triangular y le rompí el cuello.

El matraqueo de la cola del animal, que persistió después de su muerte, llenó la casa. Hadley y Nelson me miraron como si acabara de dividir el átomo. Tracy se había interrumpido a medio grito y me observaba boquiabierta. Sólo Shiloh pareció no sorprenderse, aunque me observaba con el brillo de algún pensamiento indescifrable en los ojos.

– Tal vez deberíamos sacarlos a todos fuera -sugirió.

Lo hicimos, pero alguien tenía que volver a entrar y asegurarse de que la casa era segura. Nelson y Hadley no mostraron ningún interés y todos los ojos se posaron en mí.

– Nos has sacado de un buen lío -me dijo Hadley, medio en broma.

– Pues claro -dije-. Soy valiente.

– Iré contigo -se ofreció Shiloh.

No había más crótalos sueltos. Arriba, encontramos el terrario.

En un extremo, una lámpara de calor iluminaba una amplia piedra donde tomar el sol. En el otro extremo había una caja al fresco donde retirarse a dormir. En la arena dormían dos serpientes adultas, enroscadas una al lado de la otra.

– Que Dios me proteja de los camellos y sus malditas aficiones -dijo Shiloh con voz fatigada.

– ¿Tendremos que llamar a la protectora de animales? -Me había sentado sobre los talones y miraba un pequeño frigorífico en el que no sólo había ratones muertos, sino también frascos de antídoto.

– ¿Bromeas? Esa gente no tocaría nada de esto -dijo-. Creo que tendremos que pedir que vengan los de parques naturales o alguien del zoo, lo que significa que uno de nosotros tendrá que quedarse aquí.

– Ya me quedo yo -afirmé.

– No, Nelson y yo tenemos que recoger pruebas. Tú vuelve a la oficina, abre ficha a los sospechosos y encárgate del papeleo. A Hadley le gustará mucho que regreses en su coche. Creo que está enamorado.

Era una broma pero vi que, de repente, se daba cuenta de lo que había dicho. Sin querer, se había referido a algo que ambos intentábamos olvidar. Habíamos caminado sobre una capa de hielo muy frágil y él acababa de romperla con un comentario inocente. Ambos notamos el agua fría que salpicaba la relación que acabábamos de redescubrir.

Sin embargo, en una cosa tenía Shiloh razón. Hadley me llamó. Salimos como amigos durante seis agradables semanas y lo mantuvimos en secreto ante los demás agentes.

Una noche, me había tocado patrullar sola. Al cruzar el puente de Hennepin, vi una caja de cartón en el paseo de peatones y a nadie junto a ella. Me pareció un tanto extraño y quise ver si contenía algo.

Me acerqué con una cautela que resultó innecesaria. La caja tenía la tapa abierta y dentro, sobre unas páginas de periódico, dormían dos gatitos.

En el último momento, alguien había sentido una punzada de remordimiento y no había podido tirarlos al río. Así las cosas, ellos y su caja pasarían la noche en la sala de la brigada hasta que la protectora de animales abriera por la mañana.

Volví al coche despacio, contemplando el Mississippi y la orilla. En el puente todavía no había tráfico, no circulaban coches hasta donde me alcanzaba la vista. Tuve la sensación de estar en un escenario cinematográfico vacío. Hacia la parte antigua de la ciudad, en los edificios altos, había ventanas iluminadas, y a lo lejos oí la circulación de la 35W, como cuando se escucha la sangre a través de un estetoscopio. Ésos eran los únicos rastros de vida. No era normal, por más que fuera un día laborable a las dos y media de la madrugada. Pero tampoco resultaba inquietante, sino místico.

Mis ojos captaron un movimiento, una figura solitaria a lo lejos.

Era un corredor que avanzaba a largas zancadas, como un atleta en una prueba campo a traviesa acercándose a la meta. Iba por el centro de una calle vacía cuyo asfalto mojado resplandecía en la noche.

Sólo con mirarlo, supe algunas cosas de él: que llevaba corriendo a aquel paso desde hacía un buen rato y que podía mantenerlo bastante tiempo más. Que sentía la energía de correr por el asfalto de una calle que casi nunca estaba vacía. Que era el tipo de atleta que siempre me habría gustado ser, de esos que pueden liberar la mente y correr, perdiendo la noción de las distancias y sin pensar en cuándo se van a detener.

Cuando se acercó, lo reconocí. Era Shiloh.

Pasó justo por debajo de mí y de repente, mientras lo hacía, sonó un estruendo a mis espaldas, dos coches que iban hacia el este y uno hacia el oeste. El momento de quietud había terminado.

Al cabo de unos días fui a almorzar con Hadley y hablamos de nuestra relación. Coincidimos en que en última instancia no iba a funcionar y no sé quién utilizó la frase «a largo plazo», pero creo que fui yo.

No llamé a Mike Shiloh ni me las ingenié para cruzarme con él en el centro de la ciudad.

Tampoco volvieron a pedirme que ayudara a los de Narcóticos aunque Radich pasó por mi despacho a darme las gracias por mi colaboración. El incidente de la serpiente cascabel me había hecho famosa en el departamento por un breve tiempo, pero la sensación empezaba a desvanecerse y yo había vuelto a mis turnos de tarde y noche en la patrulla, durante los cuales nunca pasaba nada.

La primavera llegó anticipadamente y Genevieve se tomó unos días libres para estar con su hija durante las vacaciones de Pascua. Como no tenía compañera de ejercicios en la sala de pesas, me dediqué a correr por las tardes junto al río. Me dije que no estaba eludiendo los partidillos de baloncesto que solían jugar los de Narcóticos, sino que me dedicaba a correr porque hacía un tiempo demasiado agradable para desperdiciarlo encerrada en el gimnasio.

El último medio kilómetro siempre lo realizaba caminando para refrescarme. Eso era precisamente lo que hacía una tarde, poco después de las cinco, caminar y disfrutar del olor de pizza de un restaurante cercano, cuando doblé la esquina de la calle de casa y vi un par de piernas muy largas en las escaleras delanteras. El resto de mi visitante quedaba oculto en el porche, ya que estaba sentado en el escalón superior, pero las botas gastadas me resultaban vagamente familiares, así como también lo era el Catalina verde aparcado en la calle.

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