– ¿Por qué no vienes a cenar a casa esta noche y seguimos hablando?
Eso era exactamente lo que tenía pensado sugerirle cuando diéramos por finalizado nuestro encuentro en la escuela. La caída del niño me lo había evitado.
– Estupendo -respondí-. Y si tienes fotos de Shiloh, o sus libros de calificaciones de la escuela, lo que sea, me gustará verlo.
– Por supuesto. Tengo un montón de fotografías familiares. -Tomó a Bobby en brazos.
– Antes de irme… Bueno, me quedan unas horas hasta la noche y he pensado que tal vez podría hablar con tus hermanos mayores y con Bethany y hacerles unas cuantas preguntas rutinarias. Necesito saber cuándo lo vieron o hablaron por última vez con él. ¿Tienes los teléfonos de sus respectivos trabajos?
Naomi, algo encorvada por el peso de Bobby, me lanzó una mirada rápida pero cargada de significado.
– Creo que yo puedo responder a esas preguntas. Hace años que no hablan con él, desde antes de que yo lo encontrara. Sé que soy la única de la familia que se interesó en localizarlo.
– Sí, eso ya me ha quedado claro con lo que me has contado, pero tengo que comprobarlo por mí misma. No quiero dejar cabos suelos.
– Ven conmigo -indicó Naomi, mientras empezaba a caminar hacia el edificio-. Me sé todos los números de memoria. Ahora te los anotaré.
Al cabo de media hora, tomé un taxi a la puerta de la guardería, le pedí a la taxista que me recomendara un hotel y me llevó a un motel de dos pisos en el barrio viejo de Salt Lake City.
– No es necesario que esté en Temple Square -le dije-, porque no soy una turista.
– Pues bien merece una visita -replicó ella.
– Quizá la próxima vez.
Ya sabía cómo sería la tarde que me aguardaba. Cuando intentas ponerte en contacto con alguien, siempre encuentras contestadores automáticos.
Me preparé para ello comprándome un bocadillo y una cocacola en las máquinas expendedoras, cogí hielo del dispensador del vestíbulo e hice acopio de fuerzas para lo que temía que fuese una larga espera. Luego, ya en la habitación, llamé a los números del trabajo de los hermanos de Shiloh, pero no encontré a ninguno de ellos y dejé mensajes. Luego almorcé y me tumbé esperando a que llamaran.
Debí de quedarme profundamente dormida porque cuando sonó el teléfono y una voz de hombre respondió a la mía, dije «¿Shiloh?», como me había pasado con Vang.
– Sí, soy Adam Shiloh -dijo la voz, y sonaba algo sorprendida por la familiaridad con que lo había saludado-. ¿Eres Sarah Pribek?
– Lo siento -dije, sentándome al borde de la cama-. Tienes la misma voz que… que tu hermano.
– ¿Que Mike? Ah, pues no sé. Hace años que no hablo con él. -Oí el ruido de fondo de un intercomunicador de oficina. Me llamaba desde el trabajo-. Supongo que es lamentable -prosiguió.
Hablamos brevemente de Shiloh, pero enseguida me quedó claro que Adam, que vivía en el estado de Washington desde hacía seis años, no sabía nada de la vida adulta de su hermano. Oí una voz de mujer al fondo que se alzaba por encima de ruidos propios de una oficina. No entendí lo que decía salvo su última palabra: «¿Viene?»-Tengo que asistir a una reunión -me dijo Adam Shiloh-, pero si puedo hacer algo por ti, dímelo, por favor.
– Gracias, lo tendré en cuenta -me despedí.
Al cabo de una hora me llamó Bethany Shiloh desde su dormitorio en la Universidad del Sur de Utah. Repetimos el proceso, más brevemente incluso que con Adam y no, no había hablado con Shiloh ni sabía nada de él desde que él se marchó de casa. Tampoco conocía a ningún antiguo amigo suyo. Y añadió que le gustaría conocerme «cuando todo esto se haya solucionado».
Colgué y saqué mi bloc de notas legal y entonces advertí que no tenía nada que apuntar. Haber hablado con Adam y Bethany sólo me había hecho avanzar en el sentido de que esas conversaciones eran necesarias en la investigación, no porque me hubieran proporcionado alguna información útil.
Los hermanos de Shiloh tenían algo en común. A ninguno parecía preocuparle su desaparición y se mostraban muy tranquilos. Claro que llevaban muchos años sin verlo y quizá fuera eso lo que cabía esperar. No podía juzgarlos. En apariencia, yo también me tomaba las cosas con mucha calma.
Naomi y su marido Robert vivían a las afueras de la ciudad, en una casa de una sola planta. Me presenté a la hora que habíamos quedado y Naomi salió a recibirme con el mismo vestido que llevaba en la guardería.
– He mirado si tenía cosas de Shiloh, como te había dicho, pero aparte de mis álbumes, no he encontrado nada -dijo-. Después de cenar los miraremos, si puedes esperar hasta entonces.
– Me ha parecido que llamaban a la puerta -dijo un joven que había salido al vestíbulo. Era alto y delgado, con el cabello rubio y los ojos verdes, un hombre extraordinariamente apuesto-. ¿Es tu cuñada?
– Sí, se llama Sarah -nos presentó Naomi-. Sarah, éste es Robert, mi marido.
– Llámame Rob -dijo, sosteniendo un tenedor de cocina en la mano. Era obvio que estaba preparando la comida.
Durante la cena, Rob se interesó por mi trabajo en la oficina del sheriff. Y al cabo de un rato, Naomi hizo preguntas concretas sobre el caso de Shiloh.
Les conté cómo había desaparecido, o mejor dicho, cómo había descubierto que se había esfumado sin encontrar ninguna de las pistas habituales sobre lo que podía haberle ocurrido. Intenté no pintar la situación tan negra como probablemente lo estaba, no sé si para tranquilizarla a ella o para consolarme yo.
– Deja los platos -le dijo Naomi a su marido después de la cena-. Voy a enseñarle unas cosas a Sarah y lo más seguro es que nos entretengamos hablando, pero ya los fregaré luego.
La seguí por el pasillo hasta el dormitorio de invitados de la casa, recién convertido en cuarto infantil. En él ya había una mecedora y la otra silla probablemente la habían llevado desde la sala para mi visita.
– Este cuarto lo utilizábamos de trastero -explicó Nao- mi-, y en el armario todavía quedan montones de cosas. -Había encontrado, sin embargo, algunos álbumes que se apilaban en una silla. Los tomó y los colocó en la otomana que había entre nosotras.
– El primero será el que más te interesará, seguramente -explicó-. Hay muchas fotos de cuando los seis éramos pequeños.
Me senté en la mecedora y empecé a mirar.
El álbum narraba una historia antigua para la cual no se precisaban palabras. Comenzaba con retratos de un noviazgo: los Shiloh, antes de casarse, juntos ante un lago entre un grupo de jóvenes en alguna actividad organizada por la parroquia.
Luego, fotos de la boda, una fiesta nupcial en los jardines de una iglesia. Una novia con su madre y su hermana, orgullosas. Un novio nervioso con los hombres de su familia; casi se oían los chistes y las risas. La primera casa. Bebés. Niños. Shiloh, con su cabello rojo con el corte de pelo impersonal de los niños. Shiloh con sus hermanos mayores, con frecuencia al aire libre. La aparición de las gemelas, Naomi y Bethany. Shiloh creció ante mis ojos y dejó de ser un niño flaco y se convirtió en un adolescente larguirucho. El rostro perdió la sinceridad sin carácter de los niños y adquirió la expresión pensativa y cautelosa propia del hombre que conocía. Si hubiera estado sola, habría estudiado esas fotos toda la noche, pero no me estaban aportando ninguna información útil y pasé las páginas deprisa.
Después de pasar una de ellas, la miré de nuevo y pregunté:
– Y ésta, ¿quién es?
Naomi se inclinó para mirar mejor la foto que le señalaba. En ella aparecía toda la familia de pie, con un azul artificial al fondo, como es frecuente en las fotos de estudio. Shiloh, adolescente, estaba junto a una chica casi tan alta como él. Si el pelo de Shiloh tenía el color del cobre nuevo, el de ella era como el cobre viejo y lo llevaba largo y suelto. Lucía un vestido blanco de escote barca y no sonreía.
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