– Es Sinclair. Dos años mayor que Mike y cuatro más joven que Adam.
Seis hermanos, claro. Yo había oído hablar de los dos mayores y de Naomi y su gemela, Bethany. Y con Mike ya eran cinco. Hasta entonces no había advertido que faltaba uno.
– ¿Y cómo es que no está en las otras fotos?
– Bueno, en algunas sí, pero casi nunca vivió con nosotros -me aclaró Naomi-. Era sorda de nacimiento y asistía a una escuela especial. -Volvió unas páginas atrás y señaló-. Mírala, aquí está, al fondo.
Naomi me mostró una foto de una cena de Navidad, una escena de actividad frenética en la cocina. Yo había tomado a la niña de brillantes rizos rojos por una pariente de visita.
– No sabía que Shiloh tenía una hermana sorda -dije.
– ¿No? Pues qué raro, porque estaban muy unidos.
– Pues te aseguro que nunca la ha mencionado.
– No estaba en casa casi nunca. Llegó cuando tenía diecisiete y al año siguiente se marchó, como de repente.
– Cuéntamelo -le pedí.
– Bueno, Bethany y yo apenas la conocimos -dijo Naomi, tras recostarse de nuevo en la silla- y a Mike no es que lo conozcamos mucho más. -Apoyó una mano en su grávida barriga-. Mientras crecimos, Sinclair estuvo en la escuela especial. Supongo que volvía a casa en verano, pero de eso yo no me acuerdo. Más tarde, cuando se acostumbró a vivir con gente sorda y tuvo amigos en la escuela, ya no vino a pasar el verano con la familia, sólo en las vacaciones de Navidad. A Bethany y a mí, que teníamos cinco o seis años, nos la tuvieron que volver a presentar. «Ésta es vuestra hermana, ¿no os acordáis?» Para nosotras era como una prima lejana.
»Cuando Bethany y yo teníamos cinco años, Sinclair tenía diecisiete. Al cabo de un par de años ingresaría en la universidad o se casaría y mamá quería tenerla en casa un tiempo antes de que eso sucediera. Siempre hemos sido una familia muy unida, ya te lo he dicho, ¿verdad? -añadió Naomi-. Para mamá era muy triste tener a Sinclair lejos de casa. Papá y mamá decidieron que con la ayuda de un traductor del distrito podría estudiar en la escuela pública y la trajeron a casa.
»Supongo que las cosas no salieron como esperaban, ninguno de nosotros era demasiado hábil con el lenguaje de los signos, excepto Mike. Era el traductor de la familia, pero Sinclair no se sentía feliz en casa, se sentía… Bueno, en realidad no conozco bien los detalles, pero al cabo de un año se marchó.
– ¿Se escapó?
– Más o menos. Tenía dieciocho años y aunque el curso escolar estaba a la mitad, no esperó a que terminara. -Nao- mi seguía contemplando la foto-. Y luego, cuando Mike se marchó, le echaron la culpa a ella.
– Mike tenía diecisiete años cuando se marchó, o sea que eso sucedió al año siguiente.
– Sí, y en parte fue por ella. Mike se metió en problemas por dejarla entrar en casa. Sinclair necesitaba un sitio donde estar y Mike la metió a hurtadillas en casa sin que nadie lo supiera.
– ¿Y tus padres lo echaron? ¿Sólo por eso? -Yo no había imaginado que los padres de Shiloh fuesen tan autoritarios.
– No creo que lo obligaran a marcharse -precisó, dubitativa. No lo sabía seguro. Aquellos acontecimientos le resultaban ajenos, como si hubiesen sucedido una generación antes-. Me parece que se marchó por su propia voluntad.
– ¿Por qué?
– Aquella noche hubo una gran discusión. En realidad, no me acuerdo muy bien. Bethany salió de nuestro dormitorio para ver qué pasaba y le ordenaron que volviera a su cuarto. Me contó que había visto a Sinclair bajando las escaleras con una bolsa de gimnasia colgada del hombro. Supongo que descubrieron que Mike la escondía en casa -dijo Naomi. Su voz cobró más seguridad, como si tratara de convencerse a sí misma-. Mi padre se puso hecho una fiera. Sinclair se fue de inmediato y Mike se marchó al día siguiente.
– Caramba -exclamé.
Naomi pasó dos páginas del álbum.
– Mira -dijo-, ésta es la última foto que tenemos de Mike. Fue tomada cinco días antes de que se marchara.
Era una instantánea tomada por sorpresa, algo oscura debida a una exposición insuficiente. Shiloh, sentado en un sofá, con las piernas estiradas, se llevaba la mano a la cara para protegerse del inesperado flash, como si estuviera mirando los faros de un coche que se acerca. Al fondo brillaban unos diminutos puntos de luz, como luciérnagas de interior.
– Tal vez sea hipócrita por mi parte -apuntó Naomi-, pero nunca he tratado de ponerme en contacto con Sinclair como hice con Mike. Para mí, siempre fue una desconocida, alguien a quien no podía hablar y que tampoco podía hablarme a mí.
– ¿Puedo quedarme esta foto? -le pregunté.
– ¿Ésta? -Naomi estaba sorprendida-. Bueno.
Quité el celofán que la protegía y estudié la polaroid.
– ¿Quién de la familia puede saber más acerca de Sinclair? -inquirí.
– Mike -respondió Naomi-. Los seis estábamos como emparejados por generaciones: Adam y Bill, Mike y Sinclair, Bethany y yo. Mike y Sinclair no pasaron tanto tiempo juntos como Adam y Bill o Bethany y yo, pero mientras ella vivió en casa, estuvieron muy unidos, y no sólo por razones de edad, sino también porque a Mike se le daba muy bien el lenguaje de los signos.
– ¿Y quién más? -pregunté-. Necesitaría hablar con alguien.
– Bill, supongo. Era el segundo más cercano a Sinclair por edad. Y estaba presente la noche en que mi padre descubrió a Mike metiendo a nuestra hermana en casa. -Pareció recordar algo más-. Oh, pero Bill no la llama Sinclair. Ése es el nombre de soltera de la abuela; Sinclair adoptó ese nombre poco antes de marcharse de casa. Bill la llama Sara -explicó Naomi-. Por eso me sorprendió tanto tu llamada de anoche, cuando dijiste que eras Sarah Shiloh. Pensé que había ocurrido un milagro.
– Sí, comprendo que te asombrara.
El resto de la velada lo dediqué a hacerle preguntas sencillas. Quise saber a qué escuelas había asistido Shiloh en Ogden y si recordaba nombres de compañeros suyos de clase. A la luz de la situación en que nos encontrábamos, ¿consideraba que en las cartas y postales que le había enviado se mencionara algo de importancia? Naomi no recordó nada.
– Lo siento -dijo-. ¿Puedo hacer algo más por ti?
– ¿Podría llamar por teléfono? -le pregunté-. No he conseguido ponerme en contacto con tu hermano Bill y me gustaría llamarlo y preguntarle si podemos vernos en persona, mañana tal vez. No me gustaría llamar demasiado tarde, sería de mala educación por mi parte.
– De acuerdo -asintió Naomi-. En nuestra habitación hay un teléfono y allí estarás más tranquila. -Dejó el álbum de fotos en la otomana con los demás. Me puse en pie y esperé a que ella también lo hiciera.
– Estoy preocupada por Mike, ¿sabes? -dijo-. Y si te ha parecido que no lo estaba es porque Sinclair y él siempre fueron las ovejas negras de la familia. Cuesta imaginar que los rebeldes también son vulnerables.
Me miró desde la silla, sin levantarse y en vez de hacerlo, me tocó el brazo.
– ¿Rezarás conmigo? -preguntó-. ¿Por Mike?
A la mañana siguiente, viernes, alquilé un Nissan azul oscuro y tomé la 1-15 en dirección a Ogden. No sólo era el lugar donde la familia Shiloh había vivido tantos años, sino que también era donde se había establecido Bill Shiloh y había formado su propia familia. Quince minutos después de salir de la ciudad, el tráfico se hizo casi inexistente.
En mi bolsa, junto con el barullo de mis artículos de aseo, llevaba la foto que Naomi Wilson me había dado. La había puesto en una funda de plástico para que no se estropeara. Naomi tal vez quisiera recuperarla algún día.
Читать дальше