Jodi Compton - 37 horas

Здесь есть возможность читать онлайн «Jodi Compton - 37 horas» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Триллер, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

37 horas: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «37 horas»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

La regla básica en la investigación de casos de desaparecidos es recopilar toda la información y los indicios posibles en las primeras 36 horas tras el suceso, cuando la memoria de los testigos no está contaminada y las pistas todavía pueden ser fiables.
Sarah Pribek, una detective de la policía de Minneapolis especializada en este tipo de casos, conoce bien esta circunstancia. Cuando descubre que su marido, Shiloh, lleva desaparecido 48 horas y se pone a investigar, salen a la luz mu chas cosas que no sabía de él.

37 horas — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «37 horas», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Shiloh paró el motor.

– ¿Por qué aquí? -pregunté.

– Porque los dos tipos suelen venir a este bar. Pensamos que tienen un laboratorio en una casa, carretera abajo. Este lugar es como su oficina. -Hizo una pausa-. Lo cual nos conviene, porque es difícil vigilar una casa de campo sin que te vean. Allí no tendríamos ningún pretexto para aparcar.

– ¿Y qué buscamos?

– Algo que nos demuestre que no se trata sólo de dos tipos que pasan demasiado tiempo en el bar. Espero que si nos quedamos algún tiempo allí al acecho, al final descubramos algo. Alguien con quien estemos familiarizados, alguien con antecedentes. Todos estos tipos tienen unos historiales larguísimos. Salen de la cárcel y a los dos días vuelven a estar metidos en el laboratorio. -Shiloh se volvió ligeramente para mirarme y su postura, si no su cara, transmitió interés. Comprendí que se estaba metiendo en el papel. Era una noche de ligue-. Tengo que ver que se relaciona con otros tipos como él. Con eso no basta para conseguir una orden de detención, pero ayudará. -Posó suavemente una mano en mi hombro y me controlé para que no se me notara el efecto que me había producido el contacto.

– Genevieve me ha contado que eres de Utah -dije, para iniciar una conversación.

– Genevieve te ha contado bien -replicó.

– Entonces, ¿eres mormón?

– No, qué va. -Shiloh parecía una pizca divertido.

– ¿Por qué te ríes? -le pregunté.

– Mi padre fue ministro de una pequeña iglesia sin adscripción. A los mormones ni siquiera los consideraba cristianos.

– ¿Era fundamentalista?

– A la gente le gusta colgar etiquetas -respondió Shiloh tras encogerse de hombros con indiferencia- pero, para mi padre, sólo había dos tipos de personas en el mundo: las ovejas y las cabras.

– ¿Sólo esas dos opciones? -No me parecía nada halagüeño, pero yo no conocía la historia del juicio final, según el Evangelio.

– Pues sí, lo siento -dijo en tono burlón y, si lo hubiese conocido mejor, me habría echado a reír.

– Y entonces, ¿qué es lo que te trajo de Utah a Minneapolis? -pregunté para cambiar de tema.

– No fue porque quisiera este destino en particular -dijo.

Durante un rato, me habló de sus años de adiestramiento y de su primer trabajo en las patrullas de Montana, y luego su llegada al este para trabajar en la brigada de Narcóticos, sus años de nómada haciéndose pasar por adicto para comprar droga y detener al camello y otras operaciones encubiertas más complicadas. Sus ojos me dejaban a menudo para observar la calle, pero no traté de ayudarlo en la vigilancia, porque no sabía a quiénes buscábamos. De vez en cuando, Shiloh me pasaba el dedo por el cuello y la clavícula de una manera posesiva y cariñosa. Metido en su papel.

Luego se cansó de hablar de sí mismo y preguntó:

– Y tú, ¿de dónde eres?

– Del norte de Minnesota -le respondí-. Del Iron Range.

Era la respuesta que daba habitualmente a las personas a quienes acababa de conocer. No sé por qué pero, a menos que pensara que la relación iba a durar, rara vez mencionaba Nuevo México, y pensé que Mike Shiloh no entraba en esta categoría.

Pero las siguientes palabras que pronunció me obligaron a desobedecer esta regla.

– Entonces, ¿naciste allí? -preguntó.

– Bueno, la verdad es que viví en Nuevo México hasta los trece años.

– ¿Y luego, qué?

– Y luego vine aquí -me limité a decir. No se trataba de que quisiera matar la conversación, porque íbamos a estar allí un buen rato y de alguna manera teníamos que pasar el tiempo, pero creo que el tema de la infancia es como el del tiempo que hace, puedes hablar de él todo cuanto quieras pero no conseguirás cambiarlo.

– ¿Por qué? -preguntó Shiloh. No me presionaba. Para los policías, hacer preguntas es algo natural. Las hacen incluso a personas que no son delincuentes ni sospechosas de serlo, de la misma manera que los perros pastores se dedican a agrupar a los niños pequeños cuando no hay ganado a la vista.

– Tenía una tía abuela que vivía aquí y mi padre me envió a su casa. Era camionero y pasaba mucho tiempo fuera, en la carretera. -Hice una pausa-. Mi madre murió cuando yo tenía nueve años. De cáncer.

– Lo siento mucho -dijo.

– Ocurrió hace mucho tiempo -proseguí-. A lo que íbamos; mi padre se preocupaba mucho por mí cuando estaba de viaje y llegó a un acuerdo con mi tía…, con mi tía abuela, quiero decir, para que me instalase en su casa. Supongo que también pensaba que en mis años adolescentes necesitaría una influencia femenina. No lo hizo porque fuera díscola o me hubiese portado mal.

Oh, maldición. Me avergoncé de lo que acababa de decir. Tal vez temía que aquélla fuese la conclusión que él sacase de mi historia.

Mike Shiloh, sin embargo, no notó mi apuro o no quiso darle importancia a mi comentario.

– ¿Y vuelves de vez en cuando a Nuevo México? -inquirió.

– No -respondí-. Allí ya no me queda familia. Y los años que pasé en ese lugar parecen muy lejanos. Es como… -me interrumpí, buscando las palabras adecuadas-, es como si todo lo que me sucedió en Nuevo México le hubiera ocurrido a otra persona. Casi como una vida anterior. Ya sé que suena raro pero…

¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué decía aquello?

– Lo siento -susurré-. Estaba divagando. Lo que quería decir -me apresuré a explicar- es que esos años transcurrieron sin acontecimientos dignos de mención. En realidad, en Nuevo México nunca me ocurrió nada.

Sentí que la temperatura aumentaba debajo de mi piel pero, una vez más, Mike Shiloh prefirió pasar por alto mi consternación.

– Te entiendo -afirmó con una sonrisa-. A mí, en Utah, tampoco me ocurrieron demasiadas cosas.

Sus palabras sonaron alegres y desenfadadas, pero me miraba muy serio. No, no era eso. Me miraba como si me calibrase, pero lo hacía de una manera tierna, con una expresión que me hizo sentir…

– Ven, ven aquí-dijo Shiloh deprisa, sacándome de mis reflexiones. Me indicó que me acercara con una seña-. Tengo que mirar por encima de tu espalda y que no me vean, ¿de acuerdo?

Siguiendo sus indicaciones me senté en su regazo. Durante los instantes siguientes fuimos una pareja dándose el lote aparcados frente a un bar. Me pasó los brazos por la espalda y hundió la cabeza en mi hombro.

– Eso es -dijo.

Mis pensamientos sobre lo que estábamos haciendo me impidieron disfrutar de la intimidad del momento. Intenté moverme un poco, parecer natural, sin estorbarle la perspectiva.

– Haz como si no ocurriera nada -dijo en voz baja sin alzar la cabeza-, pero vuélvete y mira a ese tipo de la chaqueta oscura que viene del aparcamiento.

Me volví ligeramente, bajando la cabeza.

– Ya lo veo.

Mientras lo decía, el hombre desapareció tras la puerta doble del bar, que no tenía escaparate.

– Es alguien a quien conozco de Madison -explicó Shiloh-› y cuando digo que lo conozco quiero decir que lo detuve una vez. Por eso no puedo entrar en el bar.

– Pero yo sí, ¿no?

– Sí -respondió-. Entras y te sientas en un sitio desde donde puedas observarlo, y fíjate con quién está para que luego puedas darme una descripción completa. Pero todavía no, espera. Vamos a darle tiempo para que se aposente.

– Muy bien -dije, satisfecha ante la perspectiva de entrar en acción.

– Y de momento, ya puedes volver a tu asiento -dijo.

Me aparté a toda prisa. Si no hubiera estado tan oscuro, me habría preocupado que me viera ruborizada.

Cuando entré en el bar, vi que estaba casi tan oscuro como en la calle. El tipo al que seguía estaba lo bastante cerca de la barra como para que yo pudiera controlarlo desde allí, pero los dos hombres con los que hablaba me daban la espalda.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «37 horas»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «37 horas» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «37 horas»

Обсуждение, отзывы о книге «37 horas» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.