Después de beber un trago, dejé en la barra la cerveza de barril que había pedido y me acerqué a la máquina de cigarrillos. Hurgué en mi bolso con cara de frustración y me acerqué a la mesa a la que estaban sentados los tres tipos.
– Perdonad, ¿podríais darme cambio de un dólar?
– Lo siento, nena -dijo Madison con frialdad.
– Espera, yo sí tengo -intervino uno de sus acompañantes. Vi que se trataba de un hombre muy alto. Era difícil saber cuánto medía, pero debajo de la mesa sus piernas se extendían un buen trecho.
– Gracias -dije, dejando un gastado billete en la pequeña mesa redonda y tomando las cuatro monedas que me daba.
Volví a la máquina de cigarrillos, compré un paquete de Old Golds y me dirigí al baño de señoras. Pero en vez de meterme en él, encontré una puerta lateral que daba a la calle y salí sin que me vieran desde el bar.
Me detuve junto a la ventanilla del conductor del Vega y Shiloh bajó el cristal.
– Dos tipos rubios -dije-, uno es altísimo, con el pelo largo, los ojos azules, y bien afeitado. El otro es de estatura normal, creo. Se parece mucho a su amigo, aunque tiene el pelo un poco más claro y lo lleva corto. Además tiene un tatuaje en el antebrazo izquierdo.
– ¿Con un alambre de espinos?
– Sí -dije, satisfecha-. Los dos van bien afeitados y el alto viste…
– Bien -me interrumpió Shiloh, con un movimiento de la mano-, no necesito saber qué ropa lleva.
– ¿Y ahora, qué?
Shiloh movió la cabeza hacia el asiento del acompañante.
– Ahora volvemos a Minneapolis.
– ¿Ah, sí? -Estaba decepcionada. Aquello no había sido una noche de trabajo.
– Sí -respondió-. Lo has hecho muy bien.
Al cabo de una semana, Genevieve y yo fuimos juntas al gimnasio. Al llegar al vestuario, quiso saber si me había gustado mi primera noche de vigilancia.
– ¿Quién te ha hablado de eso? -le pregunté.
– He vuelto a toparme con Radich. Ya sabes cómo son estas cosas: te pasas varios meses sin ver a una persona y luego te la encuentras dos veces en una semana.
– Estuvo bien. Bueno, aburrido -respondí. A mí no me lo había parecido, pero Shiloh lo había valorado de ese modo y yo quería aparentar hastío.
– Oh, pensaba que a lo mejor te gustaría trabajar en Narcóticos, ya que casi tienes el pie en la puerta.
– Yo no diría que esa vigilancia sea tener el pie en la puerta.
– ¿Y la redada?
– ¿Qué redada?
– Van a presentarse en el laboratorio -respondió Genevieve, tras estudiar mi rostro-. Radich ha dicho que hablará con tu sargento para pedirle que acompañes de nuevo a los de Narcóticos. Supongo que todavía no lo ha hecho.
– Lundquist no me ha comentado nada.
– No debía habértelo dicho.
– ¿Por si Lundquist se niega? No te preocupes, lo superaré.
– Lo más seguro es que Radich todavía no se lo haya pedido. Lundquist no se opondrá. Tiene todo el personal que necesita y para ti será una buena experiencia. Y además, los ayudaste.
– ¿Que los ayudé? ¿En qué? Me senté en el regazo de Shiloh y fingí que era su novia.
– ¿Te molestó que te pidieran que hicieses eso? Nelson no habría podido hacerlo.
– Para mí no fue un problema.
– ¿Shiloh estuvo bien?
– Sí, muy bien. ¿Qué ibas a decir de Kilander y él, la otra noche? -quise saber.
– ¿Kilander?
– Acerca de su historia de enemistad.
– Oh, eso. Nada serio -respondió-. No recuerdo todos los detalles, pero cuando Shiloh acababa de llegar procedente de Madison, participó en una especie de redada en un club al norte de Minneapolis. Todo el caso fue un poco irregular. Y terminó con que Kilander tuvo que ejercer de fiscal y supongo que necesitaba que Shiloh se mostrase… -vi que revisaba su lista de palabras suaves y no insultantes- cooperativo en su declaración. No me preguntes los detalles, no los recuerdo.
»A Shiloh el caso no le gustaba nada, decía que no había pruebas suficientes y no estaba dispuesto a modificar su relato para favorecer a nadie. -Genevieve abrió su candado de combinación-. Para Kilander, habría sido tener a un testigo muy poco útil en el estrado. Entonces decidió no llamarlo a declarar y perdió el caso.
– Y la gente del Departamento de Policía de Minneapolis, ¿qué piensa de ello? -Para mí, la opinión de un policía era más importante que la de un fiscal.
– Bueno, como es natural, la historia dio que hablar y así me enteré de ella. Y alguien se agenció formularios de inscripción de la Unión de las Libertades Civiles Americanas y 193 lo envió a comisaría a nombre de Shiloh. Dudo que fuera Kilander, no es su estilo. -Genevieve se ató las botas-. ¿Por qué me lo preguntas?
– Porque siempre es útil estar al corriente de las habladurías del Departamento -repuse, sin darle mayor importancia.
Cuando llegué a la sala de la brigada, había un mensaje de Lundquist, mi sargento. «Póngase en contacto con el teniente Radich», decía.
Si vigilar una casa de campo es difícil, más complicado es colarse en ella. De hecho, como Radich había explicado, no íbamos a andarnos con delicadezas, sino que irrumpiríamos de madrugada. Entraríamos por la puerta sin llamar, con una orden judicial, y los pescaríamos a todos dormidos y desprevenidos.
Eran las 5:25 de la mañana y yo me dirigía hacia Ano- ka en el mismo Vega verde que Shiloh y yo habíamos utilizado la vez anterior. En esta ocasión, iba sentada junto a Nelson. Era del tipo de poli al que yo estaba acostumbrada a tratar, con el pelo cortado al cepillo y expresión contundente. Se relacionaba conmigo como con cualquier otro poli, y además no me había visto desnuda tres cuartos de hora después de conocernos en el bar de un aeropuerto.
Yo había trabajado en patrullas hasta la una de la madrugada y no había ido a dormir ni siquiera unas pocas horas. Que fuera a pasarme toda la noche despierta había sido motivo de preocupación para Lundquist y Radich, pero debieron de leer en mi rostro lo mucho que me importaba ir con los de Narcóticos y, al final, me permitieron participar. En aquellos momentos no tenía nada de sueño, me sentía como si me hubiera tragado varias docenas de avispas con demasiado café solo.
Mientras estaba al lado del coche revisando mi arma, Shiloh se acercó a mí.
– Supongo que debería darle las gracias a Radich por haber vuelto a pensar en mí.
– No, esta vez ha sido idea mía -replicó con tranquilidad-. Mira, quería decirte una cosa…
– Él me lo ha explicado todo -lo interrumpí-. Voy a quedarme detrás de Nelson y lo cubriré, y tú y Hadley iréis delante; él y yo estaremos en la retaguardia.
– No es eso -dijo Shiloh-. Esto es algo que he aprendido de un psicólogo. Si alguna vez tienes miedo, aunque a la gente como nosotros eso no les pasa nunca -hizo una pausa para que comprendiera que era una broma-, pon las manos en el quicio de una puerta, en un coche, donde sea, y entonces imagina que estás dejando tu miedo allí.
Enfundé la pistola.
– Es algo que puedes hacer y que no llama mucho la atención a los que están a tu alrededor -concluyó.
– Gracias -repliqué, lacónica.
La cortesía superficial de mi respuesta no lo decepcionó.
– Con eso no he querido decir que piense que tienes miedo.
– Ya lo sé.
– Tú hazlo como lo hemos planeado. -Miró hacia la casa-. Esto no nos va a dar ningún problema.
Un rato antes, Radich había dicho exactamente lo mismo; ahora Shiloh lo repetía. Pensé que, con tanto estímulo kármico, algo saldría mal.
Dos de ellos dormían en un sofá de la sala de la planta baja. Al oír pasos de alguien que corría, Shiloh y Hadley subieron directamente al piso de arriba. Nelson puso contra la pared al tipo alto del bar y al verlo de pie, mientras lo esposaba, advertí que medía casi dos metros. La otra ocupante del sofá, una veinteañera flaca y rubia, se precipitó hacia la salida más próxima, una ventana.
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