Su voz tenía un aire disociado, lejano, que me hizo sentir inquieta. Con tal de tranquilizarlo, le repetí que no había sido culpa suya. No encontraba nada más que decirle.
– No -dijo-. Fue culpa de él.
Supe lo que quería decir. Shiloh me estrechó entre sus brazos y dijo: -debía haber muerto sólo por lo que hizo con Genevieve.
A veces pienso en la sangre del sueño de Shiloh cuando las personas que no lo conocen lo llaman lejano y desapegado.
Finalmente, cuando me metí en la cama y apagué la lámpara de la mesita de noche, intenté pensar en algo positivo, en mañana. Mañana estaría en Utah y por fin conocería a la familia de Shiloh.
La hermana de Shiloh, Naomi, siempre había sido, según sus propias palabras, la más interesada por él. Ella me había dicho por teléfono que quería saber cómo nos habíamos conocido.
Si Naomi Wilson era todavía una devota cristiana tal como Shiloh había descrito a todos los miembros de su familia, pensé que podría no estar preparada para oír los detalles de mi historia.
Hace unos años, la última novia de mi padre, cuyo nombre llegué a saber pero olvidé en el plazo de una semana, me telefoneó para comunicarme que el viejo había muerto. Sandy (¿se llamaba así?) me localizó con el tiempo justo para poder llegar al entierro. Llamé a mi sargento, le conté lo que ocurría, y me compré un traje negro y unos zapatos de tacón alto camino del aeropuerto, donde tomé un avión hacia el oeste en una de esas compañías regionales con tarifas reducidas.
Después de pasar casi toda su vida de adulto en Nuevo México, mi padre se hartó de los inviernos rigurosos y del aislamiento de las tierras altas y se mudó a Nevada, donde el dinero le cundiría aún más que en el sudoeste. Sus ahorros le sirvieron para comprarse una finca bajo el sol del desierto y para divertirse con su nueva novia. Esto último no me sorprendió, ya que mi padre siempre había sido un tipo guapo y conservó su atractivo hasta que se lo llevó un ataque cardíaco. O al menos eso fue lo me que contaron en Nevada.
Sandy (¿o era Shelly?) había dispuesto que lo enterraran en Nevada. No había ninguna razón para llevar el cuerpo a Nuevo México. Mi madre no estaba allí, sino que reposaba en Minnesota con su familia. A mi hermano, que murió en acto de servicio en el ejército, lo habían enterrado con honores en un cementerio militar.
Así, a mi padre lo llevaron a un cementerio moderno en las afueras de la ciudad, uno de esos jardines cuyas flores tienen un brillo demasiado uniforme como para ser real y decoran hectáreas y hectáreas, todas iguales, y donde las losas de las tumbas, también idénticas, quedan escondidas por la hierba hasta que prácticamente tropiezas con ellas. Mientras el capellán aconfesional recitaba unas palabras bajo el pabellón donde se encontraban el féretro y la comitiva, dejé que mi mente vagara hasta que uno de mis tacones altos traspasó la hierba empapada y empezó a hundirse, lo cual me devolvió a la realidad con un sobresalto.
Un plato de papel con comida, cuarenta y cinco minutos de conversaciones triviales con los amigos y vecinos de mi padre, un largo recorrido hasta el aeropuerto en un coche de alquiler, y de nuevo al avión para regresar a Minneapolis.
A bordo no había ni un asiento libre. Mis compañeros de viaje tenían pinta de jubilados que habían estado de vacaciones en los casinos y que volvían al frío enero de la ciudad después de una tregua en el clima cálido del oeste. Tan pronto como estuvimos en el aire, el piloto anunció, con voz serena, que los vuelos que nos habían precedido habían experimentado «turbulencias» debido a la tormenta que se abatía sobre la llanura. Los pilotos de esos vuelos anteriores lo habían dicho en serio porque, al cuarto de hora del primer anuncio, el nuestro volvió a dirigirse a la tripulación por megafonía e indicó a las dos azafatas que ocuparan sus asientos.
El avión botaba como un trineo del que se tira demasiado deprisa sobre una nieve endurecida que se ha convertido en hielo duro e irregular. Toda la estructura crujía, temblaba y botaba, sacudiendo la mata de pelo azul de la anciana que dormía a mi lado.
Los aviones no me dan miedo, pero esa noche tuve una sensación muy extraña que jamás he vuelto a experimentar. Iba completamente a la deriva y fuera de control. Estaba rodeada de seres humanos, pero eran desconocidos. Me sentía perdida, como si en aquel estrato negro entre las nubes y las estrellas ni siquiera Dios pudiera dar conmigo. Miré por la ventanilla con la esperanza de divisar luces de ciudades, algo que pudiera significar un punto de referencia. No había nada.
No me había tomado una copa de verdad mientras había tenido la oportunidad, y en esos momentos deseé una. Para mí, se trataba siempre de un anhelo físico que se manifestaba en dos puntos localizados: lo notaba bajo la lengua y en lo más hondo del pecho. Chupé los últimos cubitos de la cocacola y lamenté que se terminaran.
De haber vivido mi madre, habríamos estado juntas, seguro, pero había muerto cuando yo tenía nueve años. Mi hermano Buddy siempre había sido un pendenciero que se creía con derecho a obtener cuanto se le antojaba. Lo único que le merecía cierto respeto era la fuerza física. Como era cinco años mayor, yo nunca tendría suficiente. Cuando mi padre, que era camionero de larga distancia, volvía a casa, dormía en la habitación principal de nuestro remolque para que Buddy y yo pudiéramos tener un cuarto cada uno. Nunca lo supo pero, en realidad, no habría tenido por qué molestarse.
Cuando, con dieciocho años, mi hermano se alistó en el ejército, para mí fue un gran alivio. Mi padre lo veía de otro modo. Se pasaba largos períodos en la carretera y pensaba que una chica de trece años no podía estar sola tantos días y tantas noches sin la supervisión de un hermano mayor. Por ello, me puso en un autobús de la Greyhound con destino a Minnesota, donde vivía una anciana tía de mi madre.
Fue en Minnesota donde descubrí el baloncesto o, mejor dicho, el entrenador me descubrió a mí porque, a los catorce años, sacaba más de un palmo a casi todas las chicas de la clase. Desde aquel momento, viví prácticamente en el gimnasio. Jugaba con el equipo y luego, cuando todas se marchaban, me quedaba practicando tiros libres e intentando una canasta absurda desde más allá de la línea exterior. Como las canciones que a veces se nos pegan en la mente y cantamos para nuestros adentros, cuando me duermo todavía oigo secuencias repetidas de los ruidos del gimnasio: el cinético golpear de la pelota contra el parqué, el temblor del tablero, los chirridos de las zapatillas.
Todo el mundo necesita un hogar; para mí lo fue el gimnasio. Cuando yo estaba en el último año, nuestro equipo ganó el campeonato estatal. En el anuario del instituto había una foto de esa noche, una que apareció en un periódico local, tomada justo después de que sonara la bocina de final de partido: en medio de la celebración, mi co-capitana, Garnet Pikem, me levantó en vilo, riendo las dos. Garnet era algo más alta que yo y durante aquel curso habíamos compartido muchas horas en el gimnasio. Aun así, un segundo después de que sonara la bocina, caímos al suelo y yo me golpeé contra la cancha con tal fuerza que el entrenador creyó que me había roto algún hueso, pero en ese momento no sentí ningún dolor. Aquella noche, por mis venas corría la inmortalidad; todas éramos intocables.
Luego me llamaron de la Universidad de Nevada en Las Vegas y fui a jugar con ellos, pero nunca volvió a ser lo mismo. La universidad no me gustaba y aunque disfruté de cierta acción en las competiciones, no fue la suficiente como para que sintiera que el equipo me necesitaba. No dije nada -de comentar algo hubiera parecido que me quejaba-, pero lo que me carcomía era la sensación de que estaba en la UNLV sin merecérmelo, que no me estaba ganando a pulso mi lugar. A decir verdad, mi expediente académico no justificaba mi presencia en el campus.
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