– Yo trabajo en una guardería. Dos de nosotras nos quedamos hasta mediodía, y luego estoy sola hasta las tres y media. De todos modos, puedes venir en cualquier momento de la mañana y ya me escaparé. También quiero hacerte un par de preguntas acerca de Mike, de cómo os conocisteis, etcétera. Hace mucho tiempo que no hablo con él.
Me dio la dirección de la guardería a las afueras de Salt Lake City
– Me reconocerás enseguida, parece que estoy preñada de diez meses.
Telefoneé a una agencia y pagué el billete con tarjeta de crédito, e hice el equipaje. La maleta de Shiloh estaba en el suelo, justo donde yo la había dejado al sacarla de debajo de la cama y comprender lo que eso significaba. En el último momento rescaté la vieja camiseta de «Búsqueda y Rescate» de Shiloh y la metí en la maleta.
Del otro lado de la pared se escuchó el retumbar de un tren de mercancías que se dirigía hacia el norte. Yo estaba sentada en el suelo del dormitorio, con las piernas cruzadas. Necesitaba dormir, pero había llegado a un estado en que sólo desvestirme y cepillarme los dientes resultaba un obstáculo insalvable entre la cama y yo.
Busqué el libro que había hallado en el interior de la maleta de Shiloh y recogí el billete de avión que contenía. Era una promesa rota, un contrato incumplido, y la última señal razonable y cuerda de la vida de Shiloh antes de que ésta diera un extraño vuelco.
Miré el reverso del billete y examiné los términos y condiciones impresos en color verde claro.
Mi corazón dio un salto. En el dorso del billete había siete números escritos con lápiz, con un espacio casi imperceptible entre las cifras tercera y cuarta.
Shiloh era cuidadoso y organizado, pero las únicas cosas que yo le había visto ordenar de verdad eran las notas y papeles relativos a sus investigaciones. De lo contrario, todo se quedaba en desorden aceptable. Amontonaba las facturas en la mesa de la cocina, escribía direcciones en trozos de papel arrugado y las guardaba en una caja llena de sobres en la que también guardaba los sellos. Escribía números de teléfonos en el listín y, en una ocasión, lo hizo directamente en la pared con lápiz. Los números que necesitaba en el momento los solía escribir en cualquier cosa que tuviera a mano: por ejemplo, en el dorso de un billete de avión.
Tamborileé con mis dedos un buen rato sobre la cubierta del libro. Había escrito en el dorso del billete. ¿Se quedaban con el billete en la puerta de embarque? ¿Quería Shiloh tener el número a mano al desembarcar en Washington porque sabía que lo necesitaría? ¿Se trataba, por el contrario, de un número de Minneapolis que necesitaba para usar inmediatamente?
Me dirigí al teléfono y marqué el número de siete dígitos, sin prefijo.
– ¿Hola?
Era una voz de mujer, parecía una residencia particular. Debía de tener entre 60 y 70 años. En segundo plano se escuchaba un televisor con el volumen lo suficientemente alto como para que yo distinguiera que se trataba de una serie cómica.
– ¿Hola, señora? -dije.
– ¿Hola? -repitió.
– ¿Podría usted bajar el volumen de su televisor? -sugerí-. La espero.
– Sí, un minuto, por favor.
El ruido televisivo calló. De todos modos, intenté hablar alto cuando la mujer volvió a ponerse al aparato.
– Hola, señora ¿puede decirme su nombre, por favor? -dije.
– ¿Vende usted algo? Es un poco tarde.
– No, no vendo nada. Intento encontrar a un hombre llamado Michael Shiloh. ¿Le resulta familiar ese nombre?
– ¿Quién?
– Michael Shiloh.
– No conozco a nadie con ese nombre -contestó.
– ¿Le puede preguntar a alguien más?
– Bueno -respondió, bastante desconcertada, pero sin alzar la voz-. Estoy sola en casa y no conozco a nadie con ese nombre.
La creí. Debía de ser una viuda solitaria: la voz rasposa de fumadora, el televisor a toda pastilla a causa de la sordera…
– Gracias -acabé-. Disculpe la molestia.
Me sabía de memoria los prefijos de la ciudad. Fui probando todas las combinaciones y una de ellas sonó y sonó sin que nadie lo cogiera. Otra, era un número fuera de servicio.
Con una mano en el interruptor de plástico del teléfono para cortar, aguantaba el auricular con la barbilla y el hombro. Quizás era el número de teléfono de alguien que vivía cerca de Quantico. Con el código de área 202 y los nuevos códigos de área que se habían creado en la vecindad de Washington, tuve muchas conversaciones breves e infructuosas y oí muchos mensajes pregrabados que anunciaban que la línea estaba fuera de servicio.
En Salt Lake City, los siete dígitos me dieron acceso a la línea de atención al cliente de una empresa de productos para esquiadores y montañistas: «Su llamada es importante para nosotros…»Decidí intentar también los códigos extraestatales de Minnesota.
En el norte de Minnesota, por encima del Iron Range, la comunicación se interrumpía antes de marcar la totalidad del número. En el sur, en cambio, daba señal.
– «Sportsman».
– Hola -dije-. ¿Con quién hablo?
– Soy Bruce. ¿Quién es usted?
Parecía un hombre de unos veinte años, y su tono era profesional y coqueto, como el de un camarero. Se oía un barullo de voces de fondo.
– ¿Es un bar? -pregunté-. ¿No es una tienda de deportes o algo parecido?
– Sí, esto es un bar -me contestó riendo el supuesto camarero-. ¿Te explico cómo llegar?
«Cretino -pensé-. Sólo se trata de algún barucho de pueblo.»
– No -respondí-. En realidad estoy tratando de encontrar a alguien a quien le diga algo el nombre de Michael Shiloh.
– Ya -rumió Bruce-. Conozco a muchos de los tíos que vienen por aquí, y por supuesto a los que trabajan en el lugar, pero ese nombre no me dice nada.
– De acuerdo -dije-. De todos modos, le daré mi nombre y el número de mi trabajo por si sabe algo.
– Prefijo 612 -comentó mientras tomaba nota-. Esto es de la ciudad. Se me ocurre que no se dejará caer por aquí. -De pronto, hubo un estallido de ruido al fondo, de gente mirando por televisión un espectáculo deportivo-. Es una lástima, pareces una tía divertida.
Eso era lo último a lo que mi voz sonaba.
– Gracias por el piropo -dije- y llámame si el nombre que te he dado le suena a alguien.
– Claro -respondió Bruce.
Después de cepillarme los dientes, lavarme la cara y hacer lo que normalmente hago antes de acostarme, me senté sobre la colcha de mi cama, con las piernas cruzadas bajo mis muslos, con miedo de dormirme.
Me daba miedo pensar en lo que las tinieblas traerían a mi mente. En las guardias nocturnas, todos los problemas parecen más intrincados y todos los errores cometidos, más ineludiblemente destructivos.
Cuando todas las acusaciones relacionadas con el asesinato de Kamareia que pesaban sobre Royce Stewart fueron retiradas, no me di cuenta de lo que pasaba hasta una noche de insomnio días después de que el juez fallara. Tuve que salir del dormitorio, ir a la sala de estar, para que Shiloh no advirtiera mi dolor.
De todas formas, se despertó y acudió a la sala a oscuras, estrechó mi rostro húmedo contra su pecho desnudo y me acarició el pelo. En aquella oscuridad, me comentó un sueño que había tenido.
– Sueño con mis manos ensangrentadas con la sangre de Kamareia -me dijo.
Me sobresalté. Le dije que nada de lo ocurrido había sido culpa suya.
– No -dijo-, estoy hablando literalmente. La tarde que la encontramos, me manché con su sangre. Después de que tú fueras al hospital con ella, intenté calmar a Gen y le puse una mano en la mejilla. Le manché la cara con la sangre de su hija. No quise que ella lo viera y la llevé a la cocina para lavarla, pero había un espejo al pie de la escalera. Supe que lo iba a ver. Y así fue. Sueño con eso, sueño que miro hacia abajo y veo la sangre de Kamareia en mi piel. Sueño con que me lavo. Los que escriben relatos de terror dicen que un poco de sangre deja el agua rosada. No es verdad. Es cada vez un poco menos roja, hasta que el agua vuelve a correr clara.
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