Jodi Compton - 37 horas

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La regla básica en la investigación de casos de desaparecidos es recopilar toda la información y los indicios posibles en las primeras 36 horas tras el suceso, cuando la memoria de los testigos no está contaminada y las pistas todavía pueden ser fiables.
Sarah Pribek, una detective de la policía de Minneapolis especializada en este tipo de casos, conoce bien esta circunstancia. Cuando descubre que su marido, Shiloh, lleva desaparecido 48 horas y se pone a investigar, salen a la luz mu chas cosas que no sabía de él.

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De cualquier modo, podía haber resultado muerto en cualquiera de esos intentos y el documento de identidad y el dinero se habrían escapado entre las manos manchadas de sangre de un desconocido.

¿Pero dónde estaba el cuerpo? Podía imaginar la escena, pero no al atracador haciéndose cargo del cuerpo. Ya tenía bastante con robar y asesinar. Lo peor que podía hacer era permanecer junto al cuerpo un solo segundo después de haber cometido el delito. Lo indicado era salir corriendo.

– «Desaparecido sin dejar rastro» es una frase hecha -me había dicho Genevieve durante mi período de entrenamiento-. Nadie desaparece «sin dejar rastro», ésa es mi nueva frase hecha. Es la verdadera regla de oro cuando se trata de personas desaparecidas.

Al parecer, el único caso que indicaba que Genevieve se había equivocado era el mío. Eso ya era sospechoso. Quizás estuviera haciendo algo mal. Puede que estuviera demasiado próxima a Shiloh. ¿Diría eso otro policía? ¿Qué opinaría Genevieve?

Habían pasado otras siete horas sumándose a las treinta y seis que llevaba investigando, pero eso para mí no tenía la menor importancia. Se trataba de algo que quería hacer, y no quería perder tiempo.

El miércoles a las cinco estaba en la granja de los Lowe, en Mankato.

Podía haber llamado a Genevieve. La tecnología ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Cada vez que pones la tele, sale una empresa de telefonía intentando venderte la idea de que puedes comercializar tus productos y hacer presentaciones desde alguna montaña del Tíbet. Los policías nos contamos entre las pocas personas que todavía necesitamos la comunicación cara a cara. Sentí con total convicción que una conversación con mi compañera debía excluir la mediación del teléfono.

Necesitaba a Genevieve. Era mi maestra. Tenía que creer que podía ayudarme cuando yo ya no sabía qué hacer. Mientras devoraba la carretera 169 a ciento cincuenta kilómetros por hora, límite de seguridad de los coches patrulla fuera del núcleo urbano, iba ordenando en mi mente todo lo que habría de decirle.

En el fondo subyacía la idea de que todo esto ayudaría incluso más a Genevieve que a mí. Necesitaba hacer algo, aparte de vegetar en una granja centenaria lamentándose por la muerte de su hija. Era muy buena en su trabajo, seguramente me ayudaría.

Cuando Genevieve abrió la puerta no pareció sorprendida, como si yo viviera cerca de allí.

– Adelante -me dijo. La seguí al interior de la casa. Sin embargo, una vez dentro dio la impresión de que no sabíamos que íbamos a hacer.

– ¿Cómo están Deborah y Doug? -pregunté.

– Doug llegará pronto. Algunas veces se queda en la escuela porque toma exámenes. Deborah fue a Le Sueur. Entrena a un equipo femenino de baloncesto y próximamente tienen un partido.

Cuando calló, Genevieve se puso de pie y esperó que yo reemprendiese la conversación.

– Quiero hablar contigo -dije.

– De acuerdo.

Miré hacia mi lado, en dirección a la sala de estar. Me pareció que sería el lugar que Genevieve elegiría para conversar con una visita. Pero no fue así.

– ¿Podrías preparar un poco de café u ofrecerme algo? -dije molesta por tener que reemplazarla en su papel.

Me condujo a la cocina. Tuve que ser yo la que buscase el café y los filtros, sólo entonces tomó la incitativa de abrir un pequeño armario que se hallaba sobre la nevera y sacar de allí todo lo necesario. Las mangas de su camiseta se deslizaron hacia abajo, y dejaron entrever los bien moldeados tríceps y deltoides. No había perdido lo que había logrado en el gimnasio. Al menos, de momento.

Cogí la leche de la nevera. En la parte interior de la puerta había huevos, lisos y pardos. Recordé que los Lowe tenían un gallinero.

– Estos huevos son del gallinero que está allí fuera, ¿no es verdad?

– Sí.

– Deben de ser muy frescos, deben… -«Por el amor de Dios, Sarah, no has venido a una visita de cortesía.»

Me volví entonces hacia Genevieve y la miré a los ojos.

– Shiloh ha desaparecido -dije.

Me dirigió una mirada grave, sombría. No abrió la boca.

– ¿Has oído lo que te he dicho?

– Sí -contestó con voz inexpresiva-. No lo entiendo.

No fuimos a la sala. Le conté toda la historia en la cocina, desde que servimos el café hasta que nos lo bebimos. Ella se sentó a la mesa. Yo me mantuve de pie, impaciente.

Para lo poco que yo sabía acerca de cómo y por qué Shiloh había desaparecido, Genevieve se tomó mucho tiempo antes de hablar. Intenté dejarle en claro que ya había agotado todos los ángulos desde los que podía considerarse el asunto y que todos me habían conducido a un callejón sin salida. Tenía que entender que se trataba de una situación grave.

– ¿Puedes ayudarme? -le pregunté al fin.

Miró por la ventana al campo en barbecho de los vecinos, a los rastrojos débilmente iluminados por los últimos rayos del sol poniente.

– Sé dónde está Shiloh -dijo marcando las palabras.

Era demasiado bueno para ser verdad, pero mi corazón empezó a latir desbocado.

– Está en el río -prosiguió-. Muerto.

Fue como un terrible veredicto dicho con la voz más inexpresiva del mundo. Genevieve era mi maestra. Su voz era para mí la voz de la verdad. «Aférrate a algo, Sarah -me dije-. Ella no puede saberlo, no puede saberlo.»Genevieve no me observaba, de modo que no advirtió mi mirada hostil.

– ¿Podrías ayudarme un poco más? -dije en voz muy baja.

Se volvió y me clavó los ojos, en los que en ese momento distinguí una chispa de luz.

– Te he oído -dijo-. He escuchado todo lo que has dicho. Es la única explicación con algún sentido.

Su tono era realista, práctico, como si nunca hubiera conocido a Shiloh.

– Me decía que a veces se sentía deprimido. Tenía sus horas bajas…

– ¡Pero no ahora! Se disponía a ir a Quantico.

– Quizás era eso lo que temía. Tal vez pensó que no daría la talla en el FBI. Shiloh era muy exigente consigo mismo. Le dolería demasiado la perspectiva de un fracaso.

– No tanto -dije mientras me quitaba la chaqueta y la colocaba en el respaldo de una silla, ya que la calefacción estaba muy fuerte.

– O puede que estuviera asustado porque el matrimonio no funcionaba -agregó.

– Sólo hacía dos meses que nos habíamos casado.

– Y los dos ya os preparabais para vivir separados. Justamente la víspera de su viaje a Quantico tú te vienes aquí sin él.

– ¡Por el amor de dios, fue él quien no quiso venir!

– Es posible -siguió Genevieve-, pero de cualquier modo se quedó solo en casa, preguntándose cuánto tiempo seguiríais juntos, pensando en la improbabilidad de sus expectativas. Shiloh sabía con qué facilidad se estropean los planes para el futuro. En algún momento se puso a caminar hacia el río (sólo está a pocas manzanas de vuestra casa, ¿no es así?) y se tiró a sus aguas.

Empecé a entender algo. Genevieve se había alejado de la ciudad porque el río Mississippi y sus puentes habían sido para ella una tentación excesiva. Genevieve estaba imaginando un recorrido que, en su día, ella quiso emprender.

– No fue un suicidio -puntualicé-. No estaba en absoluto deprimido.

– Ella era feliz en su matrimonio -dijo Genevieve.

– ¿De quién hablas? -pregunté desconcertada. La conversación se estaba volviendo totalmente (imprevisible.

– Era feliz en su matrimonio -repitió Genevieve en una letanía-. No era homosexual. No estaba deprimido. Si me hubiera mentido, yo lo hubiera notado enseguida. Has oído estas frases mil veces. Todos los detectives las hemos oído. Esposas, maridos, parientes… A menudo son los últimos en saber el alcance del asunto.

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