Jodi Compton - 37 horas

Здесь есть возможность читать онлайн «Jodi Compton - 37 horas» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Триллер, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

37 horas: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «37 horas»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

La regla básica en la investigación de casos de desaparecidos es recopilar toda la información y los indicios posibles en las primeras 36 horas tras el suceso, cuando la memoria de los testigos no está contaminada y las pistas todavía pueden ser fiables.
Sarah Pribek, una detective de la policía de Minneapolis especializada en este tipo de casos, conoce bien esta circunstancia. Cuando descubre que su marido, Shiloh, lleva desaparecido 48 horas y se pone a investigar, salen a la luz mu chas cosas que no sabía de él.

37 horas — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «37 horas», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

¿Qué había comido? Había tomado un café por la mañana al levantarme. En el trabajo, más café. No recordaba haber comido nada.

Yo había conocido a Shiloh en sus días en Narcóticos, cuando él estaba a las órdenes del teniente Radich. Pero a éste lo conocía mejor de los partidos de baloncesto. Jugaba con menos frecuencia que nosotros, pero resultaba más competitivo. Con cincuenta años, siempre llevaba cara de cansado, con su tez mediterránea y los cabellos negros surcados por una franja gris.

– Recibí su mensaje -dijo apenas encendí las luces de la sala y de la cocina-. Le dejé algunas palabras en el contestador de su oficina, pero creo que no elegí un buen día para que las oyera. No he visto a Mike. No hablo con él desde hace unas tres semanas.

– Eso es lo que yo había calculado.

– Lo siento.

– ¿Le apetece una cerveza?

– Sí, gracias.

Cogí una de las dos Heineken que reservábamos en la nevera y la abrí. Me dirigí al armario a buscar un vaso.

– No es necesario -dijo. Tomó la fría botella de mi mano, se la llevó a la boca y bebió un par de tragos. Su rostro se reanimó, al parecer se sintió súbitamente feliz bebiendo cerveza en la cocina de una gente que hacía mucho tiempo que no probaba el alcohol. Le pregunté si había tenido un día duro.

– No como el suyo, me imagino -respondió, dejando la botella sobre la mesa. Empezó a desempaquetar la comida.

– Siéntese y coma -me ordenó.

Había un par de bocadillos y un recipiente con ensalada de patatas. Puse platos y cubiertos y me serví un vaso de leche. Prefería no beber cocacola a esas horas, por más cansada que estuviese. Mis manos se pondrían a temblar.

Comimos en silencio. El bocadillo que había comprado para mí estaba aún caliente y desbordaba de queso fundido. Radich me había comprado comida caliente. Mis manos comenzaron a temblar y, por primera vez, comprendí por qué los creyentes dan gracias por el alimento.

Probablemente, Radich no tenía tanta hambre como yo, pero se dedicaba a la tarea con igual empeño. Cuando comenzó a hablar, de hecho, yo casi había terminado mi bocadillo.

– ¿Qué ha averiguado hasta ahora? -fue su primera pregunta.

– Prácticamente nada -contesté-. No sé dónde está, ni por qué está allí. No conocía a ninguna persona que supiera algo de él. Si no se tratase de mi marido y el caso estuviera a mi cargo, hubiera machacado a la gente con entrevistas e interrogatorios. Como soy la única que vivía con él, soy quien lo conoce mejor y… y…

Me sucedió entonces algo extraño. Me oí a mí misma decir «lo conozco mejor» y, de repente, se me olvidó cómo iba a seguir la frase. No tenía la menor idea de ello.

Radich colocó una mano sobre mi hombro.

– Estoy bien -dije, y acto seguido bebí un sorbo de leche-. Y nadie parece saber nada.

Me alegré de recordar la continuación de la frase.

– ¿Tenía enemigos? -preguntó Radich.

Me encogí de hombros.

– Bueno, todos los policías esperamos alguna «retribución». Sin embargo, nosotros somos cuidadosos. No figuramos en listas ni publicaciones. Los informantes sólo tienen el número de nuestro móvil.

– ¿Qué ha hecho hasta ahora? -preguntó Radich al tiempo que movía la cabeza, pensativo.

– Mucho más de lo que hubiera imaginado que se pudiera hacer -respondí-. He estado confeccionando una lista de las pistas. Interrogué a los vecinos. Incluso he estado en el depósito -acabé, aunque me costó decirlo.

De detrás de la pared de la cocina un ruido como de temblor de tierra atronó el aire, una repetida reverberación.

– ¿Qué demonios ha sido eso? -preguntó Radich.

– Un tren. Están colocando los vagones de un tren de mercancías. Cada vagón que agregan produce un impacto que hace reverberar toda la cadena. Como si fueran vértebras.

– ¿Se ha acostumbrado a esto?

– Bueno, no pasa a todas horas. Sin embargo, los trenes lo hacen algunas veces al día. Varias, diría. Estoy acostumbrada, y a Shiloh incluso le gusta, según dice.

– ¿Fue usted al depósito de cadáveres para una identificación? -Radich volvió al hilo de la conversación que llevábamos.

– En efecto. No era él.

– ¿Por qué la llamaron? ¿No disponían de huellas dactilares? -preguntó Radich tras acabar su Heineken.

– Creo que no. El asistente forense me dijo que las huellas eran… -me interrumpí, intentando encontrar la palabra exacta-. Al parecer, no servían.

– ¿Por qué no?

– No… no lo sé -La pregunta de Radich era coherente. Yo no se lo había preguntado a Rossella, supongo, sólo por el miedo de descubrir que se trataba de él. Shiloh; pensé de manera lógica-. Dijo algo acerca de la exposición del cuerpo al aire libre.

– Sé que la medicina forense no es su fuerte, ni tampoco el mío -dijo Radich-, pero tengo entendido que siempre hay huellas. Sólo desaparecen en caso de calor extremo o desecación, porque la piel se vuelve lisa. He oído hablar de ello.

– Pero ése no era el caso -dije despaciosamente, viendo en mi interior aquella mano derecha en busca de la herida que le había inferido Annelise Eliot.

– Habrá sido un mal trago, ir hasta allí para nada -dijo, dando aparentemente por acabada la conversación. Comenzó a introducir los restos de la comida en la bolsa blanca.

– Yo lavaré -dije, apartándolo con un gesto de las manos-. Estaba todo muy bueno, de verdad.

– Usted tiene mi teléfono del trabajo -dijo tras ponerse de pie y sacar una pluma de su chaqueta-, pero creo que no tiene el de mi casa.

Echó una ojeada a la mesa, vio el menú de color melocotón y escribió dos números en él.

– El de mi casa y el móvil -dijo tendiéndomelo-. Si necesita alguna clase de ayuda… o más comida. -Su boca se torció ligeramente, sin llegar a sonreír, como si las circunstancias no se lo permitieran-. Llámeme.

– Gracias, de verdad -fue lo único que atiné a decir.

– Valor, muchacha.

– Eso intento.

– Todos lo sentimos mucho.

Sus cálidos ojos negros destilaban compasión. Radich llevaba demasiado tiempo en el cuerpo como para decirme que todo se arreglaría.

Capítulo 10

A la mañana siguiente me dirigí al trabajo. Cuando llegué, Vang ya estaba allí.

– ¿Alguna novedad, Pribeck?

– Nada -dije meneando la cabeza-. El asunto me está volviendo loca. Nadie sabe nada. Nadie lo ha visto.

Era la verdad. Había recogido los faxes de hospitales y bancos a lo que había requerido. Había telefoneado al único número de nuestra agenda telefónica que aún no había identificado y resultó corresponder a la oficina del fiscal de San Diego. Coverdell, que trabajaba en el caso Eliot, había explicado que Shiloh había hecho algunas preguntas acerca de la investigación.

– ¿Cuándo fue la última vez que habló con usted? -pregunté a Coverdell-Hace cosa de una semana. No recuerdo qué día -había dicho.

Vang cogió su teléfono, marcó un número y escuchó sujetando el auricular entre el hombro y la mandíbula. No pronunció ni una palabra, se limitaba a tomar nota de sus mensajes en una libreta.

– Prewitt quiere verte -me dijo, apenas hubo colgado.

– ¿De verdad? -levanté la mirada en busca de la expresión de Vang. Prewitt era nuestro teniente-. ¿Ha dicho para qué?

– Me figuro qué se trata de tu marido. Sólo me dijo: «Cuando la vea, dígale que venga a verme». Parecía urgente. Si estuviese en tu lugar, iría a verlo ahora mismo. Está en las oficinas. -Hizo una pausa-. Bonney ha reaparecido, por cierto.

Debí de parecer muy desorientada, ya que Vang se vio obligado a precisar.

– ¿No recuerdas? Sí, el agresor sexual de Wayzata. Al parecer no aparecía porque había intercambiado turnos con un compañero de trabajo que necesitaba algunos días; o sea, que su ausencia fue del todo inocente.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «37 horas»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «37 horas» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «37 horas»

Обсуждение, отзывы о книге «37 horas» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.