Jodi Compton - 37 horas

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La regla básica en la investigación de casos de desaparecidos es recopilar toda la información y los indicios posibles en las primeras 36 horas tras el suceso, cuando la memoria de los testigos no está contaminada y las pistas todavía pueden ser fiables.
Sarah Pribek, una detective de la policía de Minneapolis especializada en este tipo de casos, conoce bien esta circunstancia. Cuando descubre que su marido, Shiloh, lleva desaparecido 48 horas y se pone a investigar, salen a la luz mu chas cosas que no sabía de él.

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El portón lateral de los Hawkins estaba construido con valla reforzada. A través de ella se veía el patio trasero y, sin importar la hora del día, el perro siempre estaba atado a su cadena de tres metros y medio. Nunca le faltaba agua ni comida, y los días de mal tiempo le permitían entrar en casa. Sin embargo, nunca lo había visto paseando, jugueteando o haciendo adiestramiento.

El hecho me preocupaba, pero más aún a Shiloh.

– Bueno, por lo menos no le pega al dichoso perro -puntualicé en una ocasión-. Ni tampoco le pega a su mujer, como hacía el anterior vecino.

– Ese animal no puede vivir así -dijo Shiloh.

– A veces no puedes corregir lo que los demás hacen.

Shiloh dejó de hablar del tema durante un tiempo. Una tarde lo vi sentado en el antepecho de la ventana, terminando de comer una manzana y observando a alguien que estaba al otro lado de la calle. Seguí su mirada y descubrí a Darryl Hawkins que lustraba su Mercury Cougar de color azul oscuro.

– Estás pensando otra vez en el perro, ¿no? -le dije.

– Llega el fin de semana y se pasa horas cuidando su jodido coche. Un coche no es un ser vivo.

– Déjalo estar -le aconsejé.

Sin embargo, Shiloh arrojó el corazón de la manzana entre los matorrales, deslizó sus piernas fuera del alféizar y saltó a nuestro patio delantero.

Permaneció al otro lado de la calle durante unos quince minutos. Ni él ni el vecino alzaron la voz, lo hubiera oído desde donde estaba. No obstante, la postura de Darryl Hawkins se volvió rígida desde el principio y llegó a ponerse demasiado cerca de Shiloh, quien, a su vez, pisó su terreno. Cuando volvió, Shiloh tenía la mirada ensombrecida.

No le pregunté qué se habían dicho, pero aquello fue el fin de las relaciones entre las dos familias. Virginia Hawkins me evitaba, avergonzada, si nos encontrábamos en el mercado.

Cuando volví de Saint Paul, el Cougar azul estaba aparcado en el camino de entrada.

Darryl atendió la puerta. Aún vestía su uniforme de mensajero.

– ¿Cómo está usted? -pregunté.

– Muy bien -respondió sin un atisbo de sonrisa.

– Quisiera hablar un momento con usted.

No me invitó a pasar. Sin embargo, abrió la puerta de rejilla metálica, de modo que pudiésemos vernos las caras.

– ¿Conoce a mi marido, Shiloh?

– Ajá -respondió Darryl, siempre sin reír, aunque parecía de buen humor.

– ¿Lo ha visto en los últimos días?

– ¿Verlo? ¿Qué quiere decir?

– Es que estoy buscándolo. No lo he visto ni he recibido noticias suyas desde hace cuatro días.

– ¿Se ha marchado? -dijo frunciendo el entrecejo-. Pues sí que es raro. Si hubiera sido usted quien se hubiera ido lo entendería perfectamente.

– No he venido aquí para divertirme a expensas de Shiloh -le contesté, imperturbable-. Por otra parte, no me ha dejado, ha desaparecido. Estoy tratando de averiguar cuándo fue la última vez que lo vio y si advirtió algo extraño en casa o en el barrio.

– No he visto nada en el vecindario, sólo lo de siempre -dijo Darryl apoyándose en la jamba de la puerta-. A su marido lo veo correr a menudo. Como no tengo motivo para fijarme, no recuerdo cuándo fue la última vez. -Se encogió de hombros-. Pero ya que lo pregunta, recuerdo haberlo visto correr hace una semana.

– De acuerdo -asentí-. Por favor, dígales a su mujer y a Tamara que si saben algo al respecto, me lo comuniquen.

– Muy bien, entendido -dijo mientras cerraba a medias la puerta metálica-. No sabía que estaban casados.

– Desde hace dos meses.

– Ya. Bueno, si sé algo se lo comunicaré. Puede confiar en mí.

– Le estaré muy agradecida.

Mis entrevistas con el resto del vecindario fueron igualmente decepcionantes. Nadie recordaba nada concreto, excepto que lo habían visto correr alguna vez y que ello no había pasado durante los últimos días.

Por todas partes enseñé su fotografía: a los vecinos, en las tiendas del barrio, a los niños en bicicleta, a los adultos que se dirigían al trabajo. Algunos, al mirar la imagen, decían: «Me resulta conocido», pero nadie recordaba haber visto nada especial el sábado o el domingo.

Ibrahim me saludó alzando una mano cuando traspasé la puerta oscilante. Antes de hablarle esperé a que acabara con un cliente.

– Mike estuvo aquí pocos días atrás -comenzó Ibrahim entrecerrando los ojos-. Quizás algo más que unos pocos. -El inglés de Ibrahim era perfecto. Sólo su acento recordaba el lugar de su infancia, Alejandría.

– ¿Y el sábado por la noche?

Se rascó la calva con ademán reflexivo.

– Trata de recordar algo que sucediera ese mismo día y así podrás relacionarlo mejor -le sugerí.

– Era sábado -exclamó con un brillo en los ojos-. Lo sé porque el reparto de fuel se retrasó.

– Estuvo aquí antes o después del reparto.

– Antes. A eso de mediodía o la una. Ahora lo recuerdo. Compró dos bocadillos, una manzana y un botellín de agua.

– ¿Comentó algo especial?

– No -respondió meneando la cabeza-, me preguntó cómo estaba y yo se lo pregunté a él. Nada más.

– ¿Qué te dijo cuando le preguntaste cómo estaba?

Ibrahim frunció el ceño.

– Lo siento. No lo recuerdo.

– Eso significa que respondió que estaba bien -dije con acritud.

– Es usted una mujer muy lista, Sarah -observó Ibrahim sonriendo.

– Últimamente no demasiado -le contesté.

Una vez en casa, advertí la luz intermitente del contestador. Tenía un mensaje.

«Sarah, Ainsley Cárter quiere que la llames en cuanto puedas -era la voz.de Vang-. Me dio un número de otro estado, me parece que ha vuelto a Bemidji…»

Cogí un bolígrafo y escribí rápidamente el número que vino a continuación.

Ainsley contestó al primer tono.

– ¡Oh, hola detective Pribeck, gracias por llamar! -exclamó.

– ¿Cómo está Ellie? -le pregunté.

– Mucho mejor, me parece -dijo, y a juzgar por el tono de su voz no me pareció que disimulase. Parecía genuinamente aliviada. -El doctor de urgencias le dio el alta ayer. Joe y yo la hemos traído a casa y la evaluación psiquiátrica sugiere que Ellie estará bien bajo la supervisión familiar. Además, hemos encontrado un psicoterapeuta aquí mismo, en el pueblo.

– Estupendo -dije-. ¿Necesita algo de mí?

– No, nada -respondió sin dudarlo-. Sólo quería darle las gracias. Lo que hizo usted el otro día… Entonces estaba demasiado trastornada como para darme cuenta, pero lo que hizo fue extraordinario.

Mi salto desde el puente, la poca relevancia que le dieron en el Departamento, mi consternación… todo eso me parecía algo del pasado.

– Me alegro de que Ellie esté mejor -dije.

– Está recuperándose. Lo creo realmente… ¿Hola, detective Pribeck?

– Sí, le oigo.

– Cuando intenté llamarla a su trabajo, su compañero me contó que tenía una excedencia, pero no me quiso explicar el motivo.

– Pues eso, estoy con una excedencia.

– ¿No será por culpa de Ellie?

– Por supuesto que no -dije-. ¿Cómo podría?…

– Bueno, su conducta fue tan radical que pensé que a lo mejor había transgredido las reglas del procedimiento y que eso la había metido en algún lío administrativo. -La oí reír-. Al menos eso es lo que temí.

– No, no, nada de eso. Es un problema personal, no administrativo.

– ¡Oh, vaya! Bueno, me alegra haber hablado con usted. Me pareció que debía decirle cómo se encuentra Ellie, después de que hizo tanto por ella. Ya sabe, quería comunicarle que todo ha concluido.

– Gracias -dije. Era verdad: en mi trabajo trataba con cantidad de personas que no eran delincuentes, sólo gente con problemas, bajo presiones que no podían controlar. Pasaba un montón de casos a los equipos de observación, denunciaba malos tratos domésticos a los teléfonos de asistencia, o remitía los casos de agresión sexual a los servicios de asesoramiento y consejo… Luego, desaparecían para siempre. Le dije a Ainsley que en la mayoría de los casos no llegaba a saber que el asunto estaba cerrado.

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