– No tuve que decirles que guardaran el secreto -respondió Marlinchen, sacudiendo la cabeza-. Nunca hemos hablado de ello, ni siquiera entre nosotros. -En la oscuridad, sus pupilas se veían enormes-. ¿Dónde crees que está, Sarah?
– No lo sé -reconocí-. Y no nos servirá de nada quedarnos despiertas toda la noche, esbozando teorías. Vuelve a la cama.
– Cuando tenía once años -continuó, sin moverse-, un día estaba caminando fuera, en el hielo. No sé por qué lo hice, el caso es que el hielo se rompió y me caí. Si no hubiese sido por Aidan, que me vio y me rescató, habría muerto ahogada. -La voz le tembló como si estuviera a punto de llorar otra vez-. Nunca se lo contamos a papá para que no me regañara por haber ido sola al lago. Pero cuando Aidan necesitó mi ayuda… Si a Aidan le ha ocurrido…
– No le des más vueltas, ahora -dije-. Vamos a dormir.
Dudo de que ella durmiese. Yo no pegué ojo.
La historia que me había contado Marlinchen no me sorprendía demasiado. En realidad, ya había empezado a sospechar algo parecido. Quedaba por resolver la parte de la historia de Aidan que yo todavía ignoraba porque la propia Marlinchen tampoco la sabía: ¿por qué el padre descargaba sólo en él la rabia y el resentimiento?
Pensé que siempre cabía una respuesta al estilo culebrón televisivo. Aidan y Marlinchen eran rubios los dos, habían salido a su bonita madre alemana. Los otros tres chicos se parecían a Hugh. Los gemelos nacieron primero. Hugh y Elisabeth eran dos vértices de un triángulo amoroso literario. Al otro vértice, Campion, lo habían borrado de la vida de su amigo Hugh pocos años después del nacimiento de los gemelos. Conclusión: Campion era el padre de los dos hermanos mayores. Hugh lo había descubierto al cabo de un tiempo y se había peleado con su viejo amigo. Desde entonces, Hugh había dado rienda suelta a su frustración pegando a Aidan, el hijo bastardo de Campion. Sí, un auténtico culebrón. Y ahora, unas palabras de nuestro patrocinador, detergente Limpín.
Lamentablemente, la teoría de la paternidad no respondía a la pregunta, se limitaba a formularla con otras palabras. «Marli» había sido la preferida de su padre, sobre todo después de la muerte de la madre. Si la teoría de la paternidad de Campion era cierta, a ella no la había perjudicado, sólo a su gemelo. El padre adoraba a Marlinchen, pero odiaba a Aidan. ¿Cómo se explicaba eso?
Fueron estos pensamientos los que me mantuvieron despierta mucho rato, el suficiente para oír un ruido al otro lado de la ventana de la alcoba de Hugh. Era el viento, que sacudía las enredaderas del emparrado. Me pareció extraño, porque yo dormía con las cortinas abiertas y las copas de los árboles que veía desde la cama no se movían.
Me acerqué a la ventana sin dejarme ver y el emparrado se movió de nuevo, con más fuerza que antes.
Como no tenía nada para cambiarme, me había acostado en bragas y camiseta. Me puse la sudadera y recordé que tenía las zapatillas a secar en el garaje de abajo. Descalza, empuñé la pistola que guardaba en el bolso y bajé corriendo.
La silueta delgada y oscura casi había llegado a lo alto del emparrado cuando doblé la esquina de la casa y lo sorprendí.
– ¡Quieto ahí! -le grité-.Ahora quiero que bajes despacio y que te quedes en la terraza con las manos en la espaldera y las piernas bien separadas.
En aquella noche sin luna, sólo distinguí que se trataba de una figura alta y masculina que llevaba a cabo mis órdenes. Mientras bajaba, advertí, además, que llevaba el pelo largo y suelto. Cuando llegó a la terraza y apoyó las manos en la espaldera a la altura de la cabeza, tuve la impresión de que me resultaba conocido. En aquel instante, el exterior de la casa quedó bañado por la luz eléctrica y desapareció cualquier asomo de duda.
Marlinchen estaba en el umbral; había sido ella quien había encendido las luces exteriores de la casa. Miró al chico que tenía las manos apoyadas en la espaldera y al comprobar que en la izquierda le faltaba el dedo pequeño, gritó:
– ¡Aidan!
– ¡Quédate donde estás, Marlinchen! -le ordené.
Sus ojos fueron de mí a su hermano y de nuevo a mí, cada vez más desconcertada.
– Es Aidan, ¿no lo entiendes, Sarah?
«Ojalá fuera tan sencillo», pensé.
Quizá podría haber afrontado el suceso de otra manera, pero me han enseñado a hacerlo así, a no ceder nunca el control de la situación hasta estar segura de que no habrá problemas. En aquel caso, y por más que Aidan hubiera obedecido mis órdenes hasta el momento, era más alto y probablemente más fuerte que yo, y eso me preocupaba.
En aquel momento, Liam y Colm salieron a la terraza.
– ¿Es Aidan? -preguntó Liam, que no daba crédito a sus ojos.
– Vosotros, chicos, todos los demás -dije mientras empujaba a Aidan hacia la pared-, entrad en casa ahora mismo. Yo me ocupo de esto.
Sólo Colm me obedeció. Liam se quedó donde estaba, lo mismo que Marlinchen.
Cacheé a Aidan en busca de objetos sospechosos. No se movió, aceptando mi manoseo como un caballo al que lo estuvieran herrando. Vestía una camiseta de manga larga, unos vaqueros descoloridos y una sucia sudadera con capucha. En el bolsillo lateral palpé un objeto duro y estrecho, del tamaño de un dedo, y lo saqué con cuidado.
– ¿Qué haces? -preguntó Marlinchen, que se había acercado-. ¡Para! ¡Ya te he dicho que es Aidan!
– Primero: vuelve atrás, por favor -repliqué-. Segundo: ya sé que es Aidan, pero ha intentado introducirse en tu domicilio con una navaja. -Se la mostré.
– ¿Necesitas esto? -Colm había reaparecido a mi lado y me tendía las esposas, que brillan en sus manos. Se veía satisfecho de sí mismo por haberse anticipado a mis necesidades.
– No, no será preciso -dije, incómoda, tras un carraspeo-. No voy a detener a tu hermano. Sólo lo llevaré a comisaría para interrogarlo.
Marlinchen se dispuso a decir algo, pero Colm la agarró del brazo e intentó llevársela.
– Vamos, Marlinchen -dijo-. Deja que Sarah haga su trabajo.
Marlinchen se soltó y lo miró indignada. La actitud autoritaria de Colm se derritió como la nieve fina de primavera y cambió de conducta. Liam tampoco me había obedecido, pero al menos se había retirado hasta el umbral de la puerta. Contemplaba la escena con una expresión de dolor en sus finas facciones, como si quisiera protestar pero no supiera qué decir.
No era la primera vez que me enfrentaba a una situación similar. Como agente de patrullas, gran parte de las detenciones las había realizado delante de familiares atónitos, bajo las intensas luces de un porche, o en desordenadas salas de estar; medio vestidos, te miran como diciendo: «No, no puedes hacer esto. Es mi marido. Mi papá. Mi hijo. Mi hermano». Nunca resultaba fácil.
– Sarah -empezó a decir Marlinchen.
– Ya vale, Linch -dijo Aidan, hablando por primera vez. Su voz sonó cascada, como por falta de uso.
– Sarah, ¿no puedes…?
– No -respondí-. No puedo. Mi prioridad es que tú y tu familia estéis a salvo. Tengo que hablar con tu hermano para averiguar el cómo y el porqué. Y eso, aquí no puedo hacerlo. Lo siento.
Es una lección que cuesta mucho de aprender: el bien y el mal no son como un juego de cartas. En las cartas, si sabes que un jugador tiene tres picas en la mano, puedes estar segura de que en la mesa nadie tendrá más de una.
Las matemáticas de la psicología humana nunca son tan exactas. El hecho de que Hugh hubiera demostrado ser un hombre malo no implicaba que Aidan fuese bueno. Yo sólo tenía la palabra del muchacho de que sus motivos para trepar por la enredadera eran inocentes, y la verdad es que no acababa de creérmelo. Las víctimas de la violencia corren un gran riesgo de convertirse en perpetradores de violencia y, por lo que Marlinchen había contado, a Aidan su padre lo había maltratado física y emocionalmente.
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