Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Aun cuando Hugh estuviera a salvo en su centro de recuperación, los niños no lo estaban. Según el relato Marlinchen habían disfrutado del favor de su padre y, después de que éste enviara injustamente a Aidan lejos de casa, habían continuado sus vidas como si nada hubiese ocurrido. Era comprensible que el muchacho estuviese más que enfadado por ello.

Sentí lástima por Aidan, pero la compasión era un lujo que sólo podía permitirme en términos abstractos. A los polis no nos enseñan a distinguir a los depredadores a quienes la vida ha maltratado de los que son simplemente unos depravados. Los jueces y los jurados ya se encargan más adelante de esta distinción.

– Veamos -empecé a decir sentándome frente a Aidan en un despacho del Tribunal de Menores-: te encaramas a la enredadera para entrar en la habitación de tu padre con una navaja a la una de la madrugada, mientras todo el mundo duerme. Así, sobre el papel, pinta muy mal. -Me recosté en la silla invitándolo a hablar-. No tienes que contestar a mis preguntas, pero si me tranquilizaras con respecto a tus acciones de esta noche, tu situación tal vez mejoraría.

De camino al Tribunal de Menores no había pronunciado ni una palabra, ni siquiera para comentar el olor a producto químico, como había hecho Kelvin. Yo sí capté su olor, a hierba y a rocío, como si hubiera estado durmiendo al aire libre, y a sudor rancio.

Ahora tenía la oportunidad de observarlo por primera vez bajo una buena luz. Mis ojos se fijaron enseguida en su mano mutilada, pues Aidan la había dejado sobre la mesa como desafiándome a evitarla. O el corte en el meñique había sido muy limpio a la altura la articulación, o quizá el instrumental del cirujano había nivelado la carne. Pese a todo, aquel muñón de carne rosa oscuro resultaba desagradable, por más antigua que fuera la herida.

Aparte de eso, Aidan se había hecho tan alto como en la foto apuntaba que sería. Con metro ochenta, era más alto que su padre y parecía que Colm o Liam no lo alcanzarían. Llevaba el pelo largo, sucio y estropajoso, y tenía la cara chupada. Un cordón de cuero a modo de collar desaparecía bajo el cuello de su camiseta.

– Quería asegurarme de que Hugh no estaba. -Era la primera vez que lo oía hablar desde las escuetas palabras que pronunció en la casa-. He estado todo el día y parte de la noche rondando por allí y no lo he visto, pero tenía el coche en el garaje.

– ¿Qué quieres decir con eso de «rondando por allí»? -inquirí.

– Pues que he estado vigilando la casa -respondió Aidan-. Esperaba que Hugh saliera para poder entrar a ver a Linch y a los chicos. Al ver que no aparecía en todo ese tiempo, he pensado que tal vez estaría de viaje, pero como no estaba del todo seguro, me he escondido y luego he intentado trepar hasta su ventana para cerciorarme.

– Sí -dije-, pero que hayas pasado muchas horas acechando no cambia el hecho de que has intentado colarte por una ventana con una navaja. -Al ver que no replicaba, proseguí-: Y puesto que estabas allí, observando la casa, ¿quién has creído que era yo?

– No la vi.

– ¿De veras? -repliqué-. Estuve más de una hora en la casa antes de que nos acostáramos.

– Es que en ese momento no estaba.

No se rendía fácilmente. Lo intenté de otro modo.

– Si cuando llegué no estabas, ¿adónde habías ido?

– A ver si encontraba algo para comer -respondió Aidan.

– ¿Dónde? -repetí.

– En el jardín del vecino -contestó-. Tiene plantados 264 pimientos verdes y zanahorias.

Tenía que estar muerto de hambre. Pensé en las máquinas expendedoras del comedor de los agentes de menores, pero no quería romper el ritmo del interrogatorio. En algunas cosas, Gray Diaz tenía razón.

– Háblame de la navaja -lo insté.

– La llevo para protegerme -explicó.

– ¿De quién o de qué?

– He vivido en la calle -afirmó Aidan-. Eso puede ser peligroso. La navaja fue una buena inversión.

Su mirada era muy apacible, imperturbable ante el interrogatorio. Tenía los ojos exactamente del mismo color que Marlinchen.

– Inversión -señalé-. Una interesante elección de palabras. Llevas bastante tiempo solo. ¿De dónde sacabas el dinero?

– ¿Quiere decir si he cometido atracos? -preguntó-. No.

– ¿Cuándo llegaste a la ciudad?

– Esta tarde -respondió-. He venido a dedo desde Fergus Falls.

– Y con todo el tiempo que llevas fuera de casa, ¿qué te impulsó a venir? ¿Por qué ahora?

– Quería ver a mi familia -dijo-. A mi hermana y a mis hermanos, quiero decir -se apresuró a puntualizar.

No necesitó contarme lo que sentía hacia su padre, yo lo notaba cada vez que lo llamaba Hugh, en vez de «papá» o «mi padre».

– Tal vez has venido para sacarle dinero a tu padre.

– No. -Sacudió la cabeza para subrayar su respuesta.

– ¿Y la gata de Marlinchen?

– ¿Bola de Nieve ? -inquirió-. ¿Qué pasa con ella?

Callé unos instantes esperando que los nervios lo traicionaran con algún pequeño gesto o que llenara de algún modo el incómodo silencio. No hizo nada de eso.

Esperé un poco, sin saber qué más decirle. Entonces, se me ocurrió algo.

– Desde que has sabido que tu padre no está en casa -comenté-, has mostrado muy poco interés por averiguar su paradero. ¿No sientes curiosidad por conocerlo?

– Muy bien -dijo Aidan, encogiéndose de hombros-. ¿Dónde está?

– Tu padre está en el hospital recuperándose de una apoplejía.

Sus ojos azules se clavaron en los míos. Por fin lo había sorprendido, aunque en su mirada no advertí ni un ápice de preocupación.

– ¿Tienes hambre? -pregunté al cabo.

– Comería algo -respondió.

Las máquinas expendedoras estaban muy mal surtidas. Tras el escaparate de plástico rayado vi un mullido panecillo de harina blanca, patatas fritas al pimiento jalapeño y cortezas de cerdo. La máquina de refrescos sí que estaba bien provista, pero un poco de agua azucarada no es, precisamente, lo que necesita un adolescente hambriento con el estómago vacío si no va a tomar nada sólido de verdad hasta la mañana siguiente.

Me alejé, todavía con unas cuantas monedas en la mano, y me puse a deambular de una punta a otra del pasillo bajo los fríos fluorescentes del techo.

No me gustaba que se hubiera encaramado al emparrado. No me gustaba la navaja que le había encontrado en el bolsillo. Y sobre todo, no me gustaba nada que hubiese estado merodeando por la casa de noche, tan poco tiempo después de la muerte de Bola de Nieve, ocurrida de madrugada. Marlinchen me había contado que, años antes, Aidan había dicho: «Bola de Nieve es tu mascota y tú eres la mascota de papá»-.

Si Aidan había vuelto a casa lleno de rabia, dispuesto a enfrentarse a su padre, ¿no habría descargado parte de esa rabia en un objetivo más pequeño? Y además, en vista de que el padre se encontraba a resguardo en una residencia, ¿no cabía la posibilidad de que Aidan volviera a cambiar de objetivo y descargara la rabia sobre sus hermanos?

Saqué la navaja que le había confiscado y la abrí, examinándola cuidadosamente en busca de rastros de sangre seca en la base de la hoja y en el mango, pero no encontré nada.

Claro que podía haberle hecho una limpieza a conciencia.

Sin embargo, al preguntarle por Bola de Nieve sin preámbulos ni explicaciones, no se había inmutado en absoluto; ni siquiera había preguntado qué le sucedía a la gata. La sincera confusión es una de las respuestas más difíciles de fingir. Además, yo no tenía ninguna prueba de que su versión no fuera cierta; de que no hubiera trepado al emparrado para comprobar si su padre estaba en casa. Hasta cierto punto, me pareció de lo más comprensible, ya que la última vez que se había presentado en casa sin avisar, las cosas habían salido bastante mal, por expresarlo suavemente.

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