Los pequeños estaban cambiando y Marlinchen lo percibió enseguida. Empezaron a apartarse de Aidan como si temieran que el rayo que lo golpeaba regularmente fuera a fulminarlos a ellos también. Colm, que antes seguía a Aidan a todas partes como si fuera su sombra, empezó a mostrarse desagradable y violento con él. En la mesa, se sentaba lo más lejos que podía de su hermano y se hacía eco de las ideas y opiniones de su padre. Liam se volvió callado y nervioso, abstrayéndose en las historias que empezaba a escribir.
Un día de finales de primavera estaban todos fuera, en el jardín, disfrutando de la bonanza del tiempo. Colm y Donal se entretenían con una pelota de béisbol. Marlinchen terminaba de leer un libro sobre el que tenía que redactar un trabajo. Aidan trabajaba en la bicicleta de su hermana, una de color naranja metalizado que acababan de regalarle y a la que todavía se estaba acostumbrando. Le había sacado el manillar y lo había vuelto a poner del revés, y andaba preocupado por la tensión del freno.
Colm lanzó un tiro largo a Donal, que se hallaba cerca de las escaleras de la terraza con su guante de béisbol. La pelota salió muy desviada y dio en la barandilla del porche, a un metro y medio de Aidan. Éste alzó la mano para detenerla, pero llegó un segundo tarde. La pelota rebotó en el pasamanos y golpeó el cristal de la ventana de la cocina, que se rompió.
Todos se quedaron petrificados. Sabían que papá estaba en el piso de arriba y que lo habría oído.
– Mierda -dijo Aidan. Se puso en pie y se acercó a la ventana. Todos se apiñaron a su alrededor justo a tiempo de ver que el padre entraba en la cocina y observaba los cristales rotos y la pelota de béisbol, que se había detenido junto a la nevera.
– ¿Quién ha sido? -preguntó Hugh cuando salió a la terraza, mirándolos a todos. Por unos instantes, reinó el silencio. Al cabo, Colm dijo:
– Ha sido Aidan.
– ¿Qué? -protestó Marlinchen-. ¡Colm!
– Ha sido Aidan -insistió el niño con una osada expresión de desafío en la cara.
Aidan lo miró sin comprender nada, igual que su hermana, pero Colm sólo miraba a su padre.
– Ve arriba -le dijo Hugh a Aidan, sin preguntar si lo que Colm decía era verdad. Marlinchen sabía que no lo haría, ni allí ni cuando estuvieran dentro.
– ¿Por qué lo has hecho, Colm? -le preguntó a éste cuando su hermano gemelo abandonó la terraza-. No ha sido culpa de Aidan.
– ¿Cómo lo sabes? -replicó Colm, obstinado-. Pero si tú estabas leyendo y no has visto nada…
Entró en la cocina en busca de la pelota.
Marlinchen lo siguió con la mirada y, mientras lo hacía, advirtió que un veneno estaba corrompiendo la vida familiar. Colm repetiría lo que acababa de hacer porque ya le había funcionado. Marlinchen temió que las cosas cambiasen mucho a partir de ese momento, pero jamás habría imaginado lo que ocurrió a continuación.
Había transcurrido un mes, quizá, cuando el padre llamó a los gemelos a su estudio.
– He hablado con vuestra tía Brigitte -anunció-, la hermana de vuestra madre, y me ha ofrecido generosamente su casa para que Aidan se vaya a vivir con ella.
Marlinchen quiso preguntar por qué. A tía Brigitte ni siquiera la conocían. Nunca había estado en Minnesota y la familia tampoco había ido a visitarla a Illinois.
– Pero, ¿por cuánto tiempo? -preguntó en cambio. El verano estaba al llegar y eso debía ser lo que su padre se proponía: que pasara el verano fuera.
– Ya veremos -respondió Hugh mientras daba unos golpecitos sobre un folleto con el logotipo de una compañía de aviación que tenía en la mesa-. Te marcharás tan pronto acabe la escuela -le dijo a Aidan, que tragó saliva y se marchó.
– Papá… -susurró Marlinchen, pero no supo cómo proseguir.
– Ayúdale a hacer la maleta, ¿quieres? -le pidió su padre-. Los chicos son un desastre para estas cosas. Y, cariño -añadió, volviéndose a mirarla después de poner en marcha el ordenador-, ocúpate de contárselo a tus hermanos, por favor.
Aidan estaba en su cuarto y no necesitó ayuda para recoger sus pertenencias. A diferencia de su hermana, que no asimilaba la idea, él parecía haberla aceptado.
– No te preocupes -le dijo, sacando la maleta del armario-. Estaré bien.
– Pero si a tía Brigitte ni siquiera la conocemos -protestó Marlinchen.
– Sí, sí que la conocemos -aseguró Aidan-. Estuvimos una vez en su casa, en Illinois.
– No me acuerdo -protestó Marlinchen, quien lo miró intrigada-. Además, a papá no le cae bien.
– Entonces, probablemente sea una excelente persona -replicó Aidan con amargura.
– Supongo que sólo será durante el verano…
– No te preocupes. Me da lo mismo vivir aquí que allí -comentó Aidan.
– Pero…
– Ya basta, por favor -dijo Aidan con acritud-. Y aparta tu gata de mi maleta.
Marlinchen vio que Bola de Nieve clavaba alegremente las uñas en la ropa que Aidan había metido en la maleta. Se levantó de la cama de Liam, en la que se había sentado, y replicó:
– Bola de Nieve no es mía. Es de todos.
– No, nada de eso -replicó el chico-. Bola de Nieve es tu mascota y tú eres la mascota de papá. ¿Por qué no me dejas en paz de una vez, joder?
Aidan nunca le había echado en cara el trato especial que recibía de su padre. A Marlinchen se le llenaron los ojos de lágrimas.
– Linch… -la llamó Aidan, ablandándose. Pero ella ya había echado a correr por el pasillo hacia su dormitorio.
El día que Aidan tenía que tomar su avión a primera hora de la mañana, Marlinchen se levantó a las cinco para hacerle tortitas. En la negrura del otro lado de la ventana de la cocina, su reflejo le recordó el rostro arrugado de una anciana cuyos cabellos no hubieran encanecido. Aidan comió menos de la mitad de lo que le había preparado.
Marlinchen volvió a levantarse a las siete a fin de preparar un segundo desayuno para los chicos. Papá todavía no estaba en casa. Liam y Donal lloraron sentados a la mesa de la cocina. El rostro de Colm parecía de piedra.
Marlinchen llamó a Aidan por teléfono unas cuantas veces hasta que, un día, el padre dejó la factura del teléfono encima de su cama, con las llamadas a Illinois subrayadas en amarillo. Comprendió que no estaba pidiéndole que se las pagara y un extraño helor le atenazó las entrañas. Desde aquel momento, empezó a llamar a su hermano desde teléfonos públicos cada vez que podía, pero las oportunidades eran pocas y muy espaciadas. Aidan le aseguraba que todo iba bien y que tía Brigitte era amable. Después, poco más quedaba que contarse.
Cuando empezó el curso, Hugh no hizo que Aidan regresara. Marlinchen quiso preguntarle varias veces a su padre por qué, pero las palabras se le helaban siempre en la garganta. Cuando tía Brigitte murió en un accidente de tráfico, y Aidan fue enviado más al sur, a la casa de un viejo amigo de su padre, a Marlinchen se lo contaron una vez ya se habían consumado los hechos. Al enterarse, comprendió que Aidan nunca más volvería a casa. Su padre no cambiaría jamás de opinión.
«Tengo que hacer algo. Tengo que hablar con él. No puedo permitir que Aidan viva por ahí con alguien a quien ni siquiera conocemos.»Sin embargo, al principio no dijo nada. Temía por Aidan pero también estaba preocupada por su padre. Llevaba mucho tiempo sometido a una gran presión, económica y de todo tipo. Volvía a dolerle la espalda y estaba siempre de mal humor. En una ocasión, le dijo que tenía algo importante que decirle y que fueran a hablar bajo el magnolio.
De camino hasta allí, el corazón se le aceleró. ¿Qué iba a decirle? ¿Que estaba enfermo, que tenía cáncer, que se iba a morir? Cuando llegaron, él no fue capaz de articular palabra. Miró al suelo y luego hacia el lago y finalmente le dijo lo mucho que había amado a su madre, lo mucho que la echaba de menos y lo importante que eran para él los hijos.
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