Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Me oí hablándole como un manual de autoayuda.

Sin embargo, noté que sus mejillas habían adquirido un color intenso y que empezaba a estar en condiciones de aceptar que yo llevase la conversación en la dirección que quería. Con una persona de poco más de cincuenta kilos y en absoluto acostumbrada al alcohol, no había tenido que esperar mucho.

– Desde que vengo por aquí casi a diario y hablo con los chicos -empecé-, no has vuelto a mencionar a Aidan. Ni una sola vez.

– Siento mucho haberte hablado de aquella manera el día que… -se apresuró a decir.

– No me refería a eso -repliqué, sacudiendo la cabeza-. No me enfadé por lo que dijiste, pero la pregunta que te formulé ese día sigue en el aire. -Hice una pausa y observé su rostro. Era evidente que se acordaba perfectamente de lo que habíamos hablado, pero se lo repetí por si acaso-. A los niños no los mandan lejos de casa sin que haya razones para ello. Buenas razones, malas razones, pero siempre hay alguna.

Genio y figura; como era de esperar, Marlinchen no respondió.

– Tengo la sensación de que hay algo más que te gustaría contarme -proseguí-. ¿Confías en mí, Marlinchen?

– Pues claro que sí -respondió-. Lo que ocurre es que la cuestión de Aidan es dolorosa.

– A veces, en mi trabajo -expliqué-, tengo que decirle a la gente que se sumerja a fondo en su tristeza durante un rato para poder superarla, o de otro modo seguirá sufriendo indefinidamente.

Marlinchen tenía la vista clavada al frente, en la oscuridad del otro lado de la ventana. Todavía no estaba preparada para sumergirse en su tristeza pero yo lo había intentado.

– Termina el vino y vamos a acostarnos -dije.

Iba a cerrar la puerta del dormitorio de Hugh Hennessy cuando recordé que el pomo estaba estropeado. La dejé entornada y sentí un pequeño estremecimiento de ansiedad. Había tanta oscuridad y el silencio era tan denso que me pareció estar viviendo en una novela gótica, con puertas engañosas que te atrapaban. Una vez acostada, eché de menos los pequeños ruidos de la ciudad que me habrían ayudado a conciliar el sueño.

Como había dejado la puerta abierta, nada me alertó de que en la alcoba había alguien más hasta que, en la penumbra, capté un movimiento junto a la cama y me volví deprisa. Por la forma de la sombra supe que era Marlinchen y me tranquilicé. Iba descalza y vestía una camisola y un pantalón corto.

– ¿Qué ocurre? -le pregunté.

– Quiero hablar de Aidan -respondió.

Por fin.

Marlinchen se acercó y se sentó en el suelo al lado de la cama. Tenía las pupilas dilatadas como un gato.

– Cuando se decidió que Aidan se marchara lejos -contó- no dije nada porque pensé que sería lo mejor. -Emitió un tembloroso suspiro-. Me daba miedo lo que podía ocurrir si se quedaba.

– ¿Qué te daba miedo? -inquirí.

– Papá pegaba a Aidan -explicó-. Hacia el final. Pero todo empezó mucho antes.

– Explícamelo.

Capítulo 21

Marlinchen Hennessy era la preferida de su padre; era inteligente y se expresaba con fluidez, y a él le gustaba leerle cuentos, enseñarle palabras nuevas y escuchar lo que ella le contaba sobre lo que aprendía en la escuela. A sus oídos, nunca había habido palabra más dulce que el diminutivo «Marli», que sólo papá utilizaba, y hasta los diez años no se dio cuenta de que su padre no medía más de metro ochenta, sino diez centímetros menos.

Aidan, un chico tan reservado como expansiva era ella, rondaba siempre en torno a su retraída y melancólica madre. Como un astrónomo, estudiaba sus silencios y sus cambios de humor. Cuando parecía más deprimida, lo sentaba en su regazo y le acariciaba los cabellos dorados al tiempo que le besaba la mano mutilada. A veces se sentaban juntos bajo el magnolio y contemplaban las aguas del lago. Ya enferma, cuando Aidan consideraba que con ello la animaría, bajaba a sus hermanitos para que los tuviera un rato: primero a Colm, que ya pesaba tanto que apenas podía con él, y luego a Donal. Pero eso fue, por supuesto, poco antes del final.

La muerte repentina de la madre fue un duro golpe para todos los pequeños, pero quien más la sufrió fue Aidan. Después del funeral, se tumbó debajo del magnolio y se quedó allí, llorando desconsoladamente. Al final, el padre lo vio desde la ventana y, apretando los labios, apareció en la puerta, bajó las escaleras traseras y se plantó junto al chico, que seguía en el suelo. Marli, que lo contempló todo desde la ventana de su dormitorio, no oyó lo que le decía, pero Aidan no reaccionaba. Entonces, papá tiró de él hasta ponerlo en pie y, al ver que todavía lloraba, le pegó una bofetada.

Al cabo de un par de días, Marli había olvidado la conmoción que le produjera la escena. Era joven.

Y también estaba muy ocupada. Había tanto que aprender… Papá le dio un taburete para que alcanzara la mesa en la que cambiaba los pañales a Donal. Vestía al niño por la mañana, lo ponía a dormir la siesta y por la noche lo acostaba. En las semanas que siguieron a la muerte de la madre, contrataron a varias asistentas, pero ninguna de ellas duró. «Es nuestra casa y cuidaremos de ella del mismo modo que nos cuidamos los unos a los otros», declaró el padre, finalmente.

A Marlinchen le gustó la idea. Pensaba en eso mientras preparaba los cereales del desayuno de sus hermanos, o cuando les cocinaba el almuerzo que se llevaban a la escuela, y también al fregar los platos. Aún no había cumplido ocho años.

Su padre le causaba mucha preocupación. Una vez lo oyó hablar por teléfono con alguien y comentar que tenía una úlcera. Aquello era nuevo y se sumaba al dolor de espalda, que iba y venía y que se agravaba con los esfuerzos, como bien sabía la pequeña. Desde la muerte de la madre, era el padre quien se ocupaba de hacer la compra para seis, y acompañarlos a la escuela y comprarles ropa y material escolar.

Papá solía besarla en la coronilla mientras le decía, «¿qué haría yo sin ti?». Probaba todos los platos que ella preparaba con sus ocho añitos, sus primeros pinitos en la cocina, y todos le parecían «extraordinarios», aunque no le salieran muy bien. A veces, cuando acostaba a Colm y a Donal y les leía un cuento, él se quedaba en el quicio de la puerta y ella fingía no verlo, guardándose para sí el orgullo de saber que contaba con su aprobación.

Y había otras compensaciones, como el dinero extra que le daba, o la gata blanca que le regaló para su cumpleaños. Marlinchen fue la primera chica de su clase que se perforó las orejas para ponerse pendientes, con permiso de papá, que a los nueve años la consideró madura para ello.

Perdida en el narcisismo inconsciente de la infancia, no se fijó en que hacía mucho tiempo que el padre apenas cruzaba la mirada con Aidan y que casi no se hablaban. Si Marli estaba presente, sólo le dirigía la palabra a ella. Cuando la muchacha empezó a notar lo que ocurría, pensó que se debía a que Aidan era un chico muy callado y autosuficiente, no como Colm y Liam, que siempre andaban haciéndose rasguños en las rodillas y enzarzándose en peleas en las que había que mediar, o como Donal, al que había que hacérselo todo. Aidan nunca necesitaba nada.

Entonces, un crudo día de invierno, Aidan cayó enfermo.

No fue nada grave, o no tendría que haberlo sido. Se trataba de una gripe, una de esas epidemias frecuentes en las escuelas en esa época del año. Aidan la pilló, pero siguió yendo a clase hasta que un maestro lo envió a casa.

Aquella tarde, cuando volvió del colegio, Marlinchen fue al cuarto de su hermano a ver cómo se encontraba. Le tocó la mejilla y notó que estaba ardiendo; era como un horno cubierto por una fina capa de músculo y piel. Le tomó la temperatura con el termómetro que había en el armario del baño y, cuando vio a cuánto estaba, corrió al estudio de su padre.

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