Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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– ¿Te encuentras bien? -le pregunté-. ¿Me oyes?

– ¡Oh, no! -dijo entrecerrando los ojos para mirarme-. ¡Oh, no, por favor! -repitió en un tono de miedo y resignación-. Policía, no.

«¿Cómo es que siempre lo adivinan?», pensé, pues no llevaba nada que recordara en lo más mínimo al uniforme oficial. Iba vestida con unos pantalones estilo pirata, una camiseta y una chaqueta con capucha.

– ¿Puedes levantarte?

– No quiero ir al reformatorio -dijo en el mismo tono. En su inglés no había rastro de acento extranjero, lo cual denotaba que era americano de segunda generación.

– No voy a detenerte -le aseguré.

– Odio el reformatorio -gimió.

– Primero, dudo mucho que hayas estado allí alguna vez -dije al tiempo que lo agarraba por el brazo y tiraba de él-. Segundo, no estás arrestado. Levántate.

– No, no, no -se obstinó, negándose a ceder a mi presión. Era delgado, pero yo no podía levantarlo sin su cooperación.

– Chico -le dije-, bajo esa manga tienes algo que quizá algún día llegue a ser un bíceps. Y en tus cuádriceps ya debe de haber suficiente músculo para que te pongas en pie.

– No quiero ir al reformatorio -dijo con flojera.

– Arriba -le ordené.

Cuando llegamos a mi coche, lo acomodé en el asiento trasero. Medía metro sesenta y cinco y era casi enclenque pero, de todas formas, sería más seguro que viajase allí por si, de camino a dondequiera que fuésemos, le daba por hacer tonterías. Los borrachos que no se tienen ni para caminar se recuperan a veces lo suficiente como para ponerse violentos. Lo inmovilicé con el cinturón de seguridad.

– No quiero que me arresten, no quiero ir al reformatorio -repitió una vez más antes de desplomarse de lado en el asiento trasero, mientras yo me ponía al volante.

– Chico -dije-, ¿cuántos agentes de policía has visto patrullando en ropa deportiva en un coche viejo que huele a producto químico?

Se quedó boquiabierto. Demasiados conceptos a la vez. Iba a volverlo loco.

– Te preguntaré algo más fácil -comenté-. ¿ Cómo te llamas?

– Special K.

– No, tu nombre oficial.

– Kelvin -respondió.

– Bien, Kelvin, ¿dónde vives?

La dirección que farfulló me resultó muy conocida. Puse en marcha el coche y me sumé al tráfico.

– Huele raro, aquí dentro -dijo, terminando con una palabra confusa que podía ser «agente».

– Sí, ya te lo había dicho.

– Me estoy mareando -anunció, y la verdad es que no parecía encontrarse muy bien.

– ¿Y no crees que el alcohol puede tener algo que ver con ello?

– Estoy mareado, en serio.

– Kelvin -dije, mirando por el retrovisor-, si vomitas en mi coche, voy a pedirle al fiscal que endurezca los cargos.

Ante la amenaza de que vomitar en un coche oficial fuese a agravar la acusación a la que tendría que enfrentarse, cualquiera que fuese, Special K. se dominó hasta que llegamos a las torres donde vivía Cicero.

Lo ayudé a salir del coche pero, tan pronto lo solté, se tambaleó y cayó de rodillas. Desde el suelo, bizqueando, levantó la mirada hacia la torre sur.

– ¿Estoy en casa? -preguntó parpadeando.

– Ya te he dicho que no iba a detenerte -le recordé.

– ¡Oh, qué bien! -exclamó Kelvin. Entonces su mirada se nubló y se concentró en sí mismo, como un presentador de telediarios al que acaba de llegarle una noticia de última hora por el auricular. Enseguida, se dobló hacia delante y vomitó en mis zapatillas deportivas.

– Me has roto la racha de suerte -protesté.

Cuando vio llegar a Kelvin, una de sus hermanas mayores -casi conmovedoramente hermosa con su bata de satén barato- reaccionó con un mohín de desaprobación, lo cual me indicó que no era la primera vez que alguien lo llevaba a casa en aquel estado.

– Gracias -susurró. Al fijarse en mis zapatillas, añadió-: Lo siento.

Cuando salí otra vez a la calle, volví la mirada involuntariamente hacia arriba, hacia lo alto de la torre norte.

«¿Y por qué no? Ya estás aquí», pensé.

Aunque había conseguido eliminar el vómito de mis zapatillas casi por entero, había dejado un tufo inconfundible en el reducido espacio del ascensor. No podía presentarme de visita de aquella manera. Al llegar al piso veintiséis, salí del ascensor y, en vez de dirigirme a la puerta de Cicero, fui hacia las escaleras, me quité las zapatillas y las dejé en el rellano, detrás de la puerta de la salida de emergencia. Ningún ladrón se sentiría tentado a llevárselas. También me quité los calcetines. Unos pies desnudos poseen una dignidad de la que carecen los pies con calcetines.

– Estaba por el barrio -dije cuando Cicero abrió la puerta-. Pero si interrumpo algo, me marcho.

– ¿Y los zapatos?

– Ahí, en la escalera -respondí.

– Comprendo -murmuró Cicero como si mi explicación fuese de lo más razonable-. Cada vez que me decido a preguntarte más cosas de tu vida personal, ocurre algo así. Entonces advierto que es mucho más fascinante no saber. -Retrocedió en la silla de ruedas para dejarme pasar.

Me preguntó si quería comer algo y decliné la invitación, pero Cicero preparó un té y entramos en su habitación.

– ¿Quién es éste? -inquirí.

– ¿Quién?

Me había puesto a mirar las fotos de la estantería del dormitorio.

– Éste -respondí, señalando la foto más antigua de todas, una imagen en blanco y negro.

Se trataba de un joven a caballo, un adolescente tocado con un sombrero de ala ancha y ataviado con lo que debían de ser sus mejores ropas, unos pantalones oscuros y una camisa color crema sin cuello. El caballo tenía una planta espléndida, casi tan lozana como la del muchacho, con un pelaje marrón oscuro o negro que brillaba incuso en aquella foto antigua, con el cuello arqueado de impaciencia porque lo sujetaban por las riendas el tiempo necesario para sacar la foto.

– Es mi abuelo -dijo Cicero-. En Guatemala.

– ¿Cuántos años tenía, en la foto?

– Dieciocho -respondió Cicero-. En realidad, no llegué a conocerlo. Murió al poco de nacer yo, pero me han contado que quería mucho a ese caballo. En aquella época, un caballo veloz era como un cinco litros de ahora. Me parece que no era suyo sino de la familia, pero lo consideraba de su propiedad, hasta que un día llegó a casa y descubrió que su padre lo había vendido para comprar el vestido de boda de su hermana.

– No fastidies -dije, divertida.

– En serio. Se puso como loco -explicó Cicero-. Al menos eso es lo que me han contado.

– Y tú, ¿naciste allí?

– ¿Dónde? ¿En Guatemala? No -respondió Cicero-. Nací aquí, en Estados Unidos. A mi hermano Ulises y a mí, nuestros padres no nos dejaron aprender español hasta que tuvimos una buena base de inglés.

– Por cierto, me dijiste que un día me contarías la historia de tu hermano y nunca lo has hecho -le recordé.

Cicero tomó en las manos otra foto de la estantería, en la que aparecía de excursión con una amiga, y volvió a dejarla en su sitio.

– No hay mucho que contar -murmuró.

Su innecesario gesto con la foto me indicó que no era cierto y esperé a que siguiera hablando.

– Ulises se instaló a vivir aquí con una amiga -prosiguió-. Más adelante, ella lo dejó, pero a él le gustaba el sitio y se quedó. Cuando terminé la rehabilitación, hace cuatro años, me enviaron aquí a vivir con él y, al cabo de un año, murió.

Aquél no era el final de la historia; en realidad se trataba del prólogo.

– Ulises era panadero -explicó Cicero-. Tenía unos horarios muy jodidos. Entraba a trabajar a las dos de la madrugada, en una pequeña panadería de Saint Paul.

Supe de inmediato que conocía la historia que Cicero iba a contarme.

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