Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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– Así pues, a fin de cuentas yo tenía razón -señalé-. Fue compasión.

– Bueno, eso si es que se puede ser compasivo y egoísta al mismo tiempo -admitió Cicero-. Si ella necesitaba sentirse viva, yo también. Durante aquellos días, salía del trabajo tan atontado de lo que había estado haciendo toda la noche que me sentía como un muerto viviente. Eso fue antes de darme cuenta de lo afortunado que era por el mero hecho de poder andar. -Lo expresó con gran sencillez, sin asomo de autocompasión-. Por entonces yo tenía treinta y cuatro años. Me dije la misma mentira que suelen repetirse los que trabajan en urgencias: que no disponía de tiempo para una relación, que ninguna mujer aguantaría los horarios desquiciados y la tensión a la que vivía sometido. Había compañeras que pensaban lo mismo y había salido con algunas, pero sólo eran citas amistosas, lo que a veces llamábamos «desahogos». Y también había tenido relaciones de una sola noche con mujeres que conocía en bares. En el fondo, probablemente me sentía bastante solo, aunque hasta entonces no había sido consciente de ello.

Yo estaba sentada en el suelo y me acerqué a él para tomarle la mano. Cicero me lo permitió, pero me dijo:

– No me compadezcas. Tengo merecido todo lo que sucedió a continuación. Su hermana vino de Manchester y la ayudó a poner una demanda contra el hospital. En la vista salieron muchas cuestiones que yo ignoraba. Desde el intento de suicidio, venía visitándose con un psiquiatra que le había diagnosticado un trastorno bipolar. Se sentía fatal con los hombres, no podía confiar en ellos, pero al mismo tiempo mostraba fijación por hombres a los que apenas conocía, a los que consideraba posibles amantes o salvadores. En la clínica había causado algunos problemas debido a su relación con un terapeuta y la transfirieron a una psiquiatra mujer.

– Tú no sabías nada de esto -le recordé.

Su expresión me advirtió que debería cuidar más mis palabras.

– De un enfermo mental no se espera que sepa reconocerse como tal.

– Sólo me refiero a que me parece un castigo severísimo por la falta que cometiste.

– «Cada vez que entre en una casa, no lo haré sino para bien de los enfermos» -citó Cicero-. Es del juramento.

Bajé la mirada a la taza de café vacía.

– ¿Es el sentimiento de culpa, pues, lo que te obliga a seguir recibiendo pacientes bajo estas circunstancias? -inquirí a continuación, señalando la sala de consulta, pequeña y escasamente equipada, contigua al dormitorio.

Cicero reflexionó antes de responder.

– En realidad, no -respondió finalmente-. Podría decirse que es el egoísmo, casi. ¿Sabes que algunas razas de perros, como los pastores o los rescatadores, llevan inculcado el sentido del trabajo? Aunque los hayan criado como animales caseros de compañía, cuando despiertan cada mañana, se plantan ante el humano y lo miran como diciendo, «¿en qué puedo ayudar?» Lo llevan dentro. Pues bien, a determinadas personas les sucede lo mismo. Yo siento el impulso de hacer aquello para lo que me preparé. Soy de raza trabajadora. -Levantó un hombro en un gesto que no llegaba a ser un encogimiento y añadió-: Y ya no puedo cambiar. Soy como soy.

Tomé el último autobús de vuelta a casa, poco después de medianoche. Cuando subí al vehículo, una mujer joven se apeaba por la puerta trasera. En el momento en que lo hacía, nuestras miradas se cruzaron.

Ghislaine, por una vez sin Shadrick, me observó con curiosidad durante un largo instante antes de descender los escalones y desaparecer por la puerta.

Capítulo 19

Los detectives tienen la prerrogativa de poder utilizar un coche del parque móvil de la policía y, cuando yo empecé a hacerlo, nadie del trabajo se extrañó. Si había corrido la noticia de que mi coche estaba en el laboratorio, nadie lo mencionó en mi presencia, ni siquiera implícitamente. Mientras, recurrí al vehículo de la policía no sólo para asuntos de trabajo, sino también para ir a visitar a los Hennessy al caer la noche.

Los niños se adaptan a los caprichos y a los dictados de los mayores del mismo modo que los demás nos adaptamos a las variaciones climáticas. Los hermanos Hennessy aceptaron el nuevo papel que yo desempeñaba en su vida y enseguida se habituaron. Iba a verlos al terminar el trabajo y, por lo general, me quedaba a cenar con ellos. Comprobé los detalles que Lorraine había mencionado; estaba claro que se hacía la colada y que la casa estaba más limpia de lo que cabía esperar teniendo en cuenta que en ella habitaban cuatro menores de edad. Además, el hogar de los Hennessy, por naturaleza, no podía aparecer asépticamente limpio y esta característica formaba parte de su encanto. Se trataba de una casa vieja y en todas partes había testimonios de que allí vivía una familia desde hacía mucho tiempo. Los muebles de pino, pese a conservar su elegancia, se veían viejos, un poco maltratados y con algunas mellas, y en uno de los pasillos del piso de arriba había puntos y rayas de lejía en el suelo, un relato en código Morse sobre alguien que había querido limpiar unas manchas con cierta torpeza. Por su trazado y recorrido, vi que no podía ser de zumo de moras. Sangre, tal vez, de una hemorragia nasal o de algún percance infantil.

Pero en el día a día los niños mantenían la casa bastante ordenada. Enseguida me quedó claro que aquellos chicos, desde muy pequeños, no habían recibido directrices de nadie. Como padre, Hugh no los controlaba al detalle desde hacía mucho tiempo; quizá nunca lo había hecho. Después de lo que le había sucedido al escritor, muchos niños se habrían hundido. Los Hennessy, en cambio, habían tomado las riendas de su vida automáticamente.

Aidan, el ausente, seguía rondándome por la cabeza. Ahora ya me había familiarizado con las defensas que Marlinchen siempre tenía a punto. Si quería avanzar en el caso del hermano, tendría que abordar la cuestión con mucho más tacto que en la anterior ocasión. De momento, dejaría reposar el asunto.

Una noche que me quedé hasta más tarde, hablé por fin con ella. La encontré sola en el porche trasero y su delgada silueta me pareció la viva imagen del desaliento. Tenía la vista clavada en la oscuridad del terreno del vecino que lindaba con la casa. Allí fuera no había nada de interés, pero parecía preocupada.

– ¿Ocurre algo? -pregunté, saliendo por la puerta corredera de la sala que daba a la terraza.

– No, nada -respondió, volviéndose hacia mí-. Se trata de Bola de Nieve.

– ¿Tu gata?

– Nunca vuelve tan tarde -explicó la muchacha-. Todas las tardes regresa a las ocho y media o las nueve, como un reloj.

– Yo no me pondría en lo peor. Una amiga tenía un gato al que le gustaba rondar por ahí y resultó que el animal llevaba una doble vida. Había encontrado otra familia que también le daba de comer. Incluso le habían sacado fotos dentro de su casa.

Marlinchen sonrió pero no hizo ningún comentario.

– Tal vez se ha quedado encerrada en una casa o en el garaje de alguien -proseguí-. Mañana aparecerá.

– Sí, seguro que es eso -murmuró la muchacha.

– ¿De verdad que te encuentras bien? -inquirí-. Pareces un poco depre.

– Estoy cansada, nada más -respondió y se le disparó un músculo de la mejilla en un movimiento involuntario, como si la chica intentase contener un bostezo.

– ¿Qué has sabido de tu padre? -pregunté.

Marlinchen se apartó de la cara un mechón de pelo que se le había soltado de la coleta.

– Hace recuperación física -dijo-. Ahora ya camina con un andador, que le da mayor estabilidad.

– ¿ Como las ruedecillas auxiliares de las bicicletas?

– Exacto -asintió-. Después, utilizará una muleta y, finalmente, volverá a caminar solo.

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