Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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– Pues parece que progresa muy bien.

– Sí; físicamente, sí -murmuró.

– ¿Físicamente? -pregunté, creyendo que se refería a que el padre se encontraba bajo de moral.

– Sus aptitudes verbales casi no mejoran -explicó-. Los médicos creen que entiende casi todo lo que le dicen y lo que sucede a su alrededor, lo cual es bueno de cara a que me nombren administradora, pero prácticamente no habla ni puede escribir. Lo embrolla todo. Confunde «mi» con «tu» o «él» con «ella». -Me miró como si esperase que yo dijera algo. Al ver que no lo hacía, prosiguió-: Lo peor que le puede ocurrir a un escritor es sufrir afasia. No se trata del dinero -se apresuró a aclarar-. Conseguiremos salir de ésta, aunque no vuelva a escribir, pero la literatura es el centro de su existencia. Si papá se recupera en todo lo demás pero no puede escribir, esa será la peor secuela del ataque.

– Dale tiempo -susurré. No podía decir otra cosa. Todo lo demás habría sonado a falso consuelo.

Cuando tu coche pasa por el laboratorio criminal, nunca te lo devuelven tal como estaba. Era algo que había oído decir muchas veces, pero no lo entendí hasta que recogí mi Nova en el depósito de embargos del condado de Hennepin, que era donde lo había enviado el Gabinete de Investigación Criminal después de examinarlo. En el interior persistía un olor a producto químico. Cuando los rayos de sol de última hora de la tarde bañaron las ventanillas y realzaron una leve pátina tornasolada en los asientos, supe lo que era: cianoacrilato. Los habían fumigado con este producto para obtener huellas.

Diaz tenía que saber que, transcurridos seis meses, la posibilidad de encontrar huellas útiles en un vehículo que no ha dejado de utilizarse en todo ese tiempo es ridícula, y el simple hecho de intentarlo representa una maniobra desesperada. No obstante, lo inspeccionó minuciosamente. La leve neblina tornasolada de los cristales nunca más desapareció.

«No te quejes, Sarah. Date por satisfecha.»Y entonces bajé la mirada y todas aquellas insignificantes preocupaciones por el estado de mi coche desaparecieron de mi mente. Habían cortado un trozo de alfombrilla, un cuadrado de unos tres centímetros de lado.

Habían encontrado sangre. Inspeccionar la alfombrilla era una cosa, pero llevarse un trozo para analizarla significaba que habían dado con algo que les había parecido sangre.

Mientras conducía de regreso a casa, me dediqué al inútil ejercicio de calcular cuánto tardaría el laboratorio en tener el resultado de las pruebas. Las más de las veces, el proceso solía llevar semanas, pero quizá Diaz contaba con algún enchufe en el Gabinete de Investigación Criminal que le permitiría acelerar los análisis. Así pues, no podía esperar que me dejasen en paz mucho tiempo.

Aunque habría preferido ir directamente a casa, me detuve en la de los Hennessy. Cuando llegué, encontré a Liam cavando un pequeño agujero bajo el sauce con una pala. Sin embargo, me llamó la atención que fuera vestido con la ropa del colegio, una camisa blanca y un pantalón gris, nada en consonancia con su trabajo de jardinería. A sus pies tenía una bolsa de basura cerrada.

Crucé el césped y me detuve a su lado. Hacía tanto calor que noté un descenso de un par de grados cuando la sombra del sauce cayó sobre mi rostro y después sobre mi cuerpo.

– ¿Qué es eso? -pregunté. En la bolsa de basura había algo redondeado pero sin forma definida. En un primer momento, sólo se me ocurrió que fuese una hogaza de pan sin cocer. El color no se apreciaba a través del plástico verde transparente.

Liam dejó de cavar y se encogió de hombros tímidamente, como si buscase la manera adecuada de decirlo.

– Era Bola de Nieve -murmuró al cabo.

– ¡Oh, vaya! -exclamé-. ¿Qué ha ocurrido? -Ahora que ya sabía lo que contenía la bolsa vi que el color que el plástico camuflaba era el rojo, un rojo oscuro y verdoso, como una mancha de sangre en un charco de aceite en un aparcamiento.

– Alguien o algo la ha destripado -respondió Liam-. No sé cómo ha sido. Estaba destrozada.

– ¿Dónde la has encontrado?

– Ahí abajo, al final de la calzada, junto a la cuneta -señaló el chico. Se apoyó otra vez en el mango de la pala y siguió sacando tierra negra del agujero que estaba abriendo-. He decidido encargarme de enterrarla. No quiero que Marlinchen tenga que volver a verla en este estado. Por la mañana ha estado a punto de marearse.

Sentí una pequeña punzada de culpabilidad. Había sido yo quien le había dicho a su hermana, sin darle importancia, que Bola de Nieve volvería sana y salva por la mañana.

– Y me preocupa -prosiguió Liam-, porque no se me ocurre qué animal puede haberle hecho esto.

Me miraba como si esperase algún comentario por mi parte y advertí que recurría a mí como experta en muertes violentas, incluso las de los animales domésticos.

– En esta zona hay algunos depredadores naturales -comenté, tras reflexionar-. Coyotes, zorros, osos negros.

– Nunca he visto ningún animal de ésos. -Liam me miró con escepticismo-. Ni siquiera sus huellas.

– Por lo general, esos animales se mantienen lejos de la gente -expliqué-. Pero, como cada vez se construye más en las zonas rurales, necesitan acercarse a los asentamientos humanos en busca de comida. Hay quienes dicen que los ha visto por aquí cerca.

– Supongo -murmuró Liam.

Capítulo 20

Mi siguiente visita al gimnasio fue más afortunada. No me topé con Diaz ni tampoco con Jason Stone, el agente que había decidido apoyarme sin que yo se lo pidiera. A la salida, compré algo de comida y, de camino a casa, mientras esperaba ante un semáforo en rojo, algo me llamó la atención. Una figura solitaria subía la escalera de cemento que llevaba a un paso elevado sobre la autopista. Lo que ocurría era que no subía, exactamente.

La cultura popular no concede demasiada importancia a que los jóvenes beban en exceso, pues se considera un ritual de iniciación, pero ver a alguien que ha bebido tanto que es incapaz de valerse sí mismo resulta doloroso. El chico -era obvio que se trataba de un menor, con sus vaqueros anchos y sus zapatillas deportivas- gateaba literalmente escaleras arriba hacia el puente, apoyándose en las rodillas y en las manos. A mitad de camino, se detuvo y se tumbó a descansar. Eso, o se había desmayado.

A mi espalda sonó un claxon. El semáforo se había puesto en verde y todo el mundo estaba retenido por mi culpa. Arranqué hacia el cruce.

Lo último que vi del joven fue que, como si el sonido del claxon lo hubiera sacudido, reemprendía su ascensión a gatas.

Una vía de cambio de sentido, que cruzaba la autopista y seguía por una calle secundaria, me llevó a la correspondiente escalera del otro lado del paso elevado de peatones. No subí para interceptar al chico. El puente contaba con altas rejas a los lados y no podía caerse. Aunque se pusiera en pie y caminase, era imposible que se precipitara a la carretera.

Al cabo de un rato apareció en lo alto de la escalera, tambaleante, pero guardando el equilibrio. Miró hacia adelante como si los peldaños fuesen una pista de obstáculos y, prudentemente, decidió gatear igual que había subido. Me apeé del coche y corrí escaleras arriba para encontrarme con él.

Su cuerpo, visto desde arriba, era aún más delgado y tenía el cabello demasiado rubio para ser natural. Cuando vio mis zapatillas deportivas y levantó la mirada hasta mi rostro, confirmé aquella sospecha: el muchacho era asiático. Tenía las facciones inconfundiblemente orientales. Vietnamita, posiblemente, o laosiano.

También advertí algo más. No sólo era menor de veintiún años; ni siquiera debía de haber cumplido aún los dieciocho.

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