Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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– Vamos.

Volvimos juntas al coche, en silencio. Esta vez, me puse yo al volante y, al llegar al final del camino de tierra que habíamos tomado hasta nuestra atalaya, tomé la carretera hacia el norte, y no hacia el sur.

– ¿No te has equivocado de dirección? -preguntó Marlinchen mientras yo seguía acelerando.

– Sí -respondí y, de pronto, tiré del freno de mano y giré el volante a fondo. El Nova describió un giro de 180 grados, las ruedas traseras patinaron brevemente en la cuneta y, enseguida, volvimos a acelerar.

– ¿Lo ves? -respondí-. No ha sido para tanto, ¿verdad?

Capítulo 17

Hubo otro atraco en la tienda de una gasolinera; los autores eran, claramente, los dos mismos individuos. «Bienvenidos otra vez, muchachos», me dije.

Después de tomar declaración inicial a los testigos, revisé los vídeos de seguridad de las dos primeras tiendas con la esperanza de que en la cinta del día anterior al atraco aparecieran los ladrones sin las máscaras mientras estudiaban el 200 local con vistas al golpe.

Cuando salí del trabajo, se me ocurrió que quizá era una buena noche para visitar la casa del lago. Llegaría a tiempo para la cena y Marlinchen debía de ser mejor cocinera que yo. Tomé el ascensor y bajé al garaje.

– ¡Detective Pribek!

Me volví. Gray Diaz se acercaba entre dos hileras de coches aparcados. No venía solo. Lo seguía un hombre de unos cincuenta años, alto y delgado, vestido de calle con sencillez, en mangas de camisa y sin corbata. Sus ojos, tras unas gafas de montura metálica, eran gris pardo. También me resultaba conocido, pero no acabé de ubicarlo.

– Me alegro de encontrarla antes de que se marche -dijo Diaz, que traía un papel en la mano-. Conoce a Gil Hennig, ¿verdad?

Cuando dijo el nombre, caí en la cuenta: Hennig era un técnico del Gabinete de Investigación Criminal. Lo había visto a veces en las escenas del crimen, espolvoreando puertas en busca de huellas o sacando moldes de pisadas, sin llamar nunca la atención.

– ¿Qué puedo hacer por ustedes?

Noté el pequeño nudo de inquietud en la boca del estómago que siempre me provocaba Diaz.

– Gil ha bajado conmigo a inspeccionar su coche -dijo Diaz mientras me tendía el papel. Era una orden de registro-. Puede quedarse mientras realizamos el trabajo, si quiere.

Eché un vistazo al documento. Permitía analizar cabellos, fibras, huellas y sangre. El laboratorio forense del Gabinete de Investigación Criminal se encargaría de realizar las pruebas. El condado de Hennepin tenía su laboratorio propio, pero el caso no era jurisdicción de la policía del condado y el Gabinete efectuaba análisis de pruebas para otras jurisdicciones menores, como la de Diaz.

– Si necesita algo del coche, ¿por qué no lo saca ahora? -sugirió éste-. La orden de registro abarca todo el contenido, pero seremos flexibles. Sólo será preciso que el agente Hennig la observe y que inspeccione brevemente lo que usted vaya a retirar.

– No necesito nada -respondí. En el maletero llevaba las herramientas del coche, el botiquín de primeros auxilios y unos cuantos útiles de emergencia más; en la guantera, unas cintas de música y dos billetes de cincuenta dólares para la grúa en caso de avería. No dudaba de que el dinero seguiría en su sitio cuando me devolvieran el Nova.

– Entonces, necesitaré la llave -dijo Hennig.

Al cabo de todo un minuto de torpes intentos, que me pareció mucho más largo debido a la presencia de los dos hombres que me observaban, conseguí sacar la llave del coche de las dos firmes vueltas de metal del llavero.

Hennig se acerco a mi coche sin que tuviera que indicarle cuál era. Una grúa lo había enganchado en un abrir y cerrar de ojos y lo estaban subiendo al camión.

– Soy consciente de que esto supondrá un inconveniente para usted -dijo Gray Diaz-. ¿Puedo llevarla a alguna parte?

– No, gracias -respondí.

– En serio -insistió Diaz-. No es problema.

– Tengo una amiga que está a punto de salir -dije, moviendo la cabeza-. Ella me llevará.

– ¿Está segura? -Los dos nos encaminamos hacia los ascensores, desandando mis pasos.

– De verdad -asentí.

Cuando llegué arriba otra vez, desaparecí en el baño de señoras. No sabía bien dónde se había metido Diaz, pero no quería que me viese remoloneando por allí, sin que apareciera por ninguna parte, lógicamente, la inexistente amiga que yo había asegurado que me llevaría.

Allí dentro no había nadie y apoyé el trasero en el mármol lavabo para relajar las piernas.

Shorty nunca había montado en mi coche pero, naturalmente, eso Diaz no podía saberlo. De lo que no cabía duda era de que Shorty había estado en el bar, donde habíamos hablado, y de que poco después había muerto en el incendio de su casa. Por lo tanto, Diaz podía suponer que en el ínterin había estado en mi coche, bien con vida, como pasajero, o en el portaequipajes, ya cadáver. Cabía la posibilidad de que lo hubiese matado en otra parte y hubiera trasladado el cuerpo a la casa para quemarlo, en un burdo intento de encubrir el homicidio.

El problema era que, si bien él no había estado en el coche, la sangre del muerto, sí. Yo me había presentado en el lugar de los hechos, e incluso me había arrodillado al lado de Shorty mientras se desangraba, para intentar convencerlo de que me contara una historia que, de otro modo, se habría llevado a la tumba. Y mientras Stewart me revelaba lo que necesitaba conocer, su sangre me empapó la ropa. Más tarde, cuando Gen y yo llegamos a casa de su hermana, lavamos las prendas manchadas en la lavadora del sótano y limpiamos meticulosamente el porche y el suelo de la casa para asegurarnos de que no habíamos dejado ningún rastro que pudiera implicarnos. Al día siguiente, había llevado el coche a un túnel de lavado y había sometido el Nova a la limpieza más concienzuda, con aspirador incluido, que le hubiera hecho nunca.

Sin embargo, aquello no significaba que Hennig y sus colegas no fuesen a encontrar nada. Muchos delincuentes intentan estas limpiezas a fondo, pero los buenos técnicos saben buscar los rastros que quedan. Las pruebas materiales pueden perdurar mucho tiempo, en las circunstancias adecuadas. Era perfectamente posible que los peritos encontraran sangre en el coche y que la identificaran como perteneciente a Shorty.

Uno de los cubículos estaba ocupado. Se abrió la puerta y apareció Roz, la sargento del Departamento de Policía de Mineápolis. Al descubrir mi presencia, se detuvo en seco y me miró con franca sorpresa. Yo debí de mirarla con una expresión similar. No parecía muy normal que alguien pasara diez minutos en un baño de señoras, en silencio y sin hacer nada, sentada en un retrete o apoyada en el mármol del lavamanos, pero en ello acabábamos de descubrirnos mutuamente.

– ¿Qué sucede? -inquirí sin convicción. Advertí que la sargento tenía los ojos enrojecidos.

– ¡Ah! Ni siquiera debería estar aquí -musitó-. Hoy he tenido que sacrificar a Rosco.

– ¿Rosco?

– Mi primer auxiliar canino -explicó.

– ¡Oh, vaya! -exclamé-. ¡Qué horrible!

– Sí. Bueno, ha sido por su bien. Ya era incapaz de comer. Anteayer le preparé carne picada y ni siquiera llegó a tocarla. Me di cuenta de que había llegado su hora. -Hizo un gesto vago con la mano-. Pensaba que aquí encontraría algo para ocupar mis pensamientos, pero no hay nada que hacer -añadió con un suspiro-. ¿Y usted, qué hace aquí?

– Busco a alguien que me lleve a casa -expliqué-. Me he quedado sin coche.

Roz no hizo comentarios respecto a que buscara conductor en la soledad del lavabo de señoras.

– Bueno, yo misma podría acercarla -se ofreció.

Bajamos al garaje en silencio. Después, ya sentada al volante, me propuso:

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