– Pero la cantidad no contaría para el cálculo de su plan de jubilación -añadió el juez Henderson con cierta sequedad, y me sorprendí riéndome con él.
– ¿Y bien, está dispuesta? -inquirió la asistente social.
Lo que me pedían iba mucho más allá del trabajo que desarrollaba para el condado. No tenía hijos y no había crecido rodeada de hermanos y hermanas. Sin embargo, comprendí que ya era tarde para intentar mantenerme al margen. A pesar de lo sucedido en nuestro último encuentro, Marlinchen me caía bien. Y si pasaba más tiempo con ella, tal vez sería capaz de terminar lo que tenía entre manos: localizar a Aidan Hennessy.
– Está bien -dije, pues-. Lo haré.
No me lo habían dicho, pero Marlinchen Hennessy aguardaba en otra sala durante la reunión. En cuanto accedí a llevar a cabo la supervisión de los hermanos Hennessy, Lorraine le indicó que entrara y le expuso la propuesta. Como era de prever, Marlinchen aceptó.
Bajamos juntas en el ascensor y aproveché para decirle que, cuando terminara el trabajo, pasaría por la casa y explicaríamos la situación a sus hermanos. Marlinchen se apresuró a asentir, pero no dijo nada más. La dejé en una mesita en la segunda planta del centro comercial Pillsbury, tomando una cola y repasando los deberes escolares.
Mientras volvía al trabajo, reflexioné que, evidentemente, Marlinchen seguía considerándome una figura de autoridad. Si tenía que dedicar las siguientes semanas a ocuparme con regularidad de ella y de sus hermanos, quería que al menos la muchacha se relajara un poco.
Lo que necesitaba era pasar un rato con Marlinchen sin hurgar en incómodos asuntos de familia, sin que ninguna de las dos mencionara a Hugh ni a Aidan, sin hacer referencias a la economía familiar o a los límites jurisdiccionales. Lo que necesitábamos era algo completamente diferente. Algo divertido.
Cuando llegué a la brigada, le dije a Van Noord que saldría un poco antes.
– Van a detenernos -anunció Marlinchen llanamente.
A las seis, la luz de la tarde empezaba a declinar. Marlinchen y yo nos hallábamos en una carretera rural. Habíamos dejado atrás las Ciudades Gemelas y estábamos en las proximidades del río St. Croix.
Acababa de detener el Nova junto a la cuneta para cambiarme de asiento con ella. Marlinchen lo había hecho muy bien un rato antes, en el aparcamiento vacío de una iglesia, cuando le había enseñado los fundamentos de la conducción en un coche automático. Había realizado un circuito por el aparcamiento vacío de una iglesia, a 25 kilómetros por hora, y había aprendido a frenar y a conducir marcha atrás. «No es tan difícil», había comentado. Y, a medida que crecía su confianza, había aumentado también el placer que encontraba al volante.
Esta vez, sin embargo, las cosas eran distintas.
– ¿Tengo que hacerlo aquí, en una carretera? -protestó con un punto zalamero en la voz-. ¿No debería empezar en una calle tranquila, a 40 por hora?
– Las calles están llenas de cruces, de tráfico nervioso y de niños en bicicleta -le respondí-. Aquí, en cambio, lo único que tienes es una calzada despejada y recta.
Un camión articulado nos adelantó con un rugido a 110 por hora. Al verlo, Marlinchen me lanzó una mirada reprobadora.
– Tienes que llevar una casa y ni siquiera puedes ir a la tienda en coche -repliqué. Era un argumento que ya había utilizado cuando le había sugerido que le daría lecciones de conducción-. Tienes que aprender.
– ¿Y si voy demasiado lenta? -preguntó ella.
– Te adelantarán -respondí-. A los conductores de carretera les encanta adelantar; eso rompe la monotonía.
Para evitar más protestas, me apeé del vehículo. Mientras rodeaba el coche, vi que Marlinchen me imitaba, a regañadientes.
Cuando hubimos cambiado de asiento, le di indicaciones.
– Con mucho cuidado -le dije, secamente-, busca el freno de mano y bájalo, como has hecho antes. Bien. Ahora, con el pie en el freno, entra la marcha. El pie derecho. No utilices nunca el izquierdo.
Marlinchen avanzó hasta el arcén y se detuvo allí, mirando a un lado y otro. Transcurrieron unos segundos; luego, unos cuantos más. No se veía ningún vehículo en ninguna dirección. Me pregunté qué estaría buscando.
¿La estaba forzando demasiado? Me había propuesto que la chica se relajara un poco, por una vez, e hiciera algo divertido, pero no parecía disfrutar en absoluto.
– No hay más coches a la vista -apunté-. Las condiciones no pueden ser mejores.
Marlinchen levantó el pie del freno y se incorporó a la calzada. La aguja del indicador de velocidad empezó a subir con penosa lentitud hasta marcar los 45 por hora, luego los 60 y, finalmente, los 70.
– El límite de velocidad es 90 -le recordé.
– Ya lo sé -replicó ella.
– Esto significa que todo el mundo circula a 100 -expliqué-. Acelera.
El ruido del motor se hizo más agudo y el cuentakilómetros volvió a subir, muy despacio. Cuando marcó 90, Marlinchen levantó el pie del acelerador, visiblemente aliviada, y se mantuvo a aquella velocidad.
– ¿Te sientes mejor? -le pregunté.
– Sí -respondió, y en su voz había un leve tono de sorpresa. Relajó las manos en el volante-. ¿Adónde vamos?
– A ninguna parte. La carretera continúa un buen trecho. Se trata de que te vayas acostumbrando a conducir.
En el retrovisor derecho apareció un vehículo. Parecía del tamaño de una mosca, pero se acercaba deprisa. La mosca resultó ser un gran camión Ford que se nos echaba encima.
– Mira por el retrovisor -le indique a Marlinchen. Lo hizo y, al instante, se aferró de nuevo al volante-. No sucede nada -le aseguré-. Va a adelantarnos.
– ¿Qué tengo que hacer?
– Nada. Él lo hará todo. Obsérvalo mientras tanto.
El camión nos alcanzó y se quedó detrás de nosotras unos veinte segundos. Marlinchen lo observó por el retrovisor durante diecinueve de los veinte.
– No te quedes mirándolo todo el rato -indiqué-. Tienes que estar atenta a lo que tienes delante; es ahí adonde vas.
Después de pedirnos que acelerásemos sin obtener respuesta, el camión dejó una distancia de cortesía con el Nova y, acto seguido, el gran morro negro se asomó ligeramente al otro carril. No había tráfico en dirección contraria, sólo una línea discontinua en el centro de la carretera. El camionero invadió ágilmente el carril contrario, nos adelantó a 130 y volvió a la derecha.
– ¡Vaya! -exclamó Marlinchen.
– ¿Ves? No pasa nada. Si apareciera alguien de frente, podrías reducir un poco la velocidad para asegurarte de que el camión tiene espacio suficiente para reincorporarse al carril. O podrías hacerle luces, cuando te hubiera sobrepasado; significa que le facilitarás la maniobra.
– ¿Existe un código de conducta? -se extrañó ella-. ¡Bien!
Continuamos por la carretera diez minutos más hasta que apareció un vehículo delante de nosotros, en el mismo sentido de la marcha. Era una máquina agrícola, un tractor. Nos echábamos rápidamente encima de él y pronto quedó claro que el vehículo avanzaba a 30 por hora.
– Adelántalo -le dije.
– ¿Qué?
– Adelántalo. Ese tractor va a paso de tortuga. Si no lo haces, nos moriremos de aburrimiento detrás de él.
– ¡No puedo! -exclamó ella.
– Claro que sí. El coche tiene potencia y te lo permite. Pero cuando inicies la maniobra, no te vuelvas atrás. La indecisión es la causa de muchos accidentes.
Nos pegamos al tractor y miré para comprobar que no venía nadie.
– Despejado -anuncié-. ¡Adelante!
El motor vibró mientras Marlinchen salía al carril opuesto. La aguja del cuentarrevoluciones dio un brinco y el indicador de velocidad empezó a subir: 100, 110, 120… Transcurrió aquel momento interminable, aquel instante en que crees que no terminarás nunca de pasar al vehículo que estás adelantando, por muy despacio que pareciera ir un minuto antes. Avanzamos lentamente. En el horizonte apareció una forma indefinida, blanca. Un vehículo se aproximaba.
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