Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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¿Cómo podía Kilander creerme responsable de la muerte de Royce Stewart? Jason Stone me dejaba indiferente, pero las palabras de Chris me habían dolido.

«Ve a casa, Sarah, tómate una copa de vino y acuéstate temprano.»En lugar de ello, revolví en el bolso, saqué el móvil y marqué el número de información.

– ¿Qué abonado, por favor?

– Cicero Ruiz.

«Sé realista. Es un tipo solitario metido hasta el cuello en actividades ilegales. No aparecerá en una lista de abonados telefónicos.»-Tengo un C. Ruiz -dijo el telefonista.

«Improbable», pensé.

– De acuerdo, deme el número -pedí. Llamaría e iniciaría una torpe conversación con un desconocido en mi español oxidado. Lo siento, lamento molestarlo…

Cicero respondió al tercer timbrazo.

– Soy yo -dije.

– Sarah, ¿Cómo estás?

– Bien. Ya estoy curada -añadí-. Me encuentro bien del oído.

– Excelente.

– Y yo… No puedo acostarme más contigo -declaré-. Es por mi marido.

– ¿Me has llamado para decirme esto? -preguntó Cicero.

– No.

– Entonces, ¿qué te pasa?

– ¿Puedo ir a verte de todas maneras?

Por la ventana abierta vi que Venus empezaba a lucir en la creciente penumbra.

– No se me ocurre por qué no -dijo Cicero.

Capítulo 15

Una hora más tarde, me encontraba en la azotea del edificio donde vivía Cicero, contemplando el cielo sobre las luces de Mineápolis. Apenas se distinguía un puñado de constelaciones; la verdadera astronomía quedaba veintiséis pisos más abajo, en el entramado de calles con farolas de luz anaranjada industrial, en la ascensión y el declive del mundo que conoce la mayoría de nosotros.

Detrás de mí, Cicero estaba tendido boca arriba sobre una manta que habíamos subido, con los brazos cruzados detrás de la cabeza en la postura tradicional del observador de estrellas, y con un vaso de vino, grande y descantillado, al alcance de la mano. Sin la silla de ruedas a la vista, parecía un excursionista fuerte y sano en un momento de descanso.

A mi llegada, había examinado el vino australiano que le traía y me había preguntado cómo me encontraba. Bien, le dije, y él me respondió que se alegraba y, enseguida, una ligera sensación de incomodidad acalló la conversación. Los dos nos dábamos cuenta, en silencio, de que por primera vez no éramos médico y paciente, ni amantes al inicio de una cita, y carecíamos de un mapa que nos guiara en aquel encuentro. Cicero rompió el silencio para proponer que subiéramos a la azotea.

Pensé que hablaba en broma, pero enseguida me explicó cómo lo haríamos. Aparcamos la silla de ruedas y le echamos el freno al pie de la escalera de emergencia que conducía a la azotea. Cuando Cicero estuvo sentado en el último peldaño, lo agarré por las pantorrillas y él despegó el cuerpo del escalón, apoyando su peso en la palma de las manos. La maniobra, observé, no era muy distinta del ejercicio de tríceps que realizaba a veces en el gimnasio, utilizando un banco de pesas. Pero Cicero subía, escalaba los peldaños a fuerza de brazos, literalmente. Aunque sostuviera sus extremidades inferiores, yo no cargaba ni siquiera una tercera parte de su peso corporal. La ascensión no debía de ser fácil para él y comprendí la importancia de las pesas de mano que había visto debajo de su cama.

– No es estético y resulta lento -comentó cuando llegamos arriba-, pero da resultado.

Serví el vino en los vasos desparejados que yo había subido previamente, con la manta.

– ¿Sabes cuál ha sido la parte más difícil? -me preguntó.

– ¿Cuál?

– Permitir que me ayudara una mujer. Con los chicos del rellano, es otra cosa.

– ¿Ya habías hecho esto otras veces?

– Algunas -respondió él, aceptando el vaso-. De vez en cuando, necesito aire fresco.

Allá arriba, de pie al borde de la azotea con el vino entre las manos, su comentario me pareció chocante. ¿No le resultaba más sencillo meterse en el ascensor y bajar a la calle, si quería tomar el aire?

– Cicero -empecé a decir-, ya sé lo que dijiste la otra noche pero, ¿eres agorafóbico? A mí no me importa que lo seas…

– No, nada agorafóbico, desde luego -respondió él con una risotada.

– ¿Por qué no sales nunca, entonces? -Me arrepentí de la pregunta no bien la hube formulado-. Bueno, no tienes que explicarme…

– No, no pasa nada. No tengo secretos. -Cicero extendió un brazo para señalar la parte desocupada de la manta-. Ven, siéntate. Es una historia un poco larga.

Me acerqué y me senté en el borde de la manta con las piernas cruzadas.

– Tiene que ver con el día que me quedé paralítico. Fue a causa de un derrumbe en una mina.

– ¿Formabas parte del equipo de rescate? -pregunté. Me parecía extraño que se hubiera enviado un equipo sanitario completo a una zona de peligro; no personal auxiliar, sino un verdadero médico.

Sin embargo, Cicero movió la cabeza en un gesto de negativa.

– Trabajaba allá abajo -explicó.

– ¿De minero?

– Sí. Fue después de perder la licencia para ejercer la medicina.

Cada vez que creía que empezaba a hacerme una idea de la situación de aquel hombre, me salía con algo inesperado. Que Cicero hubiera vivido una catástrofe minera resultaba tan sorprendente que olvidé mi curiosidad por cómo había perdido la licencia, un hecho al que hasta entonces sólo había aludido de pasada. Aquello podía esperar.

– Cuéntame -le animé.

– Me va a llevar un rato -insistió, y se incorporó a tomar otro trago de vino, apoyándose en los codos-. Me crié en Colorado, en una zona minera. Mi padre había trabajado en las galerías. Aún lo veo, con su casi metro ochenta y cubierto de carbonilla, leyendo una edición de bolsillo de la Ilíada en el descanso para almorzar. De alguna manera, trabajar en esa mina era volver a mis raíces.

– ¿Trabajaste con tu padre? -lo interrumpí.

– No. -Cicero acompañó su respuesta con un gesto-. Mis padres ya habían muerto por entonces. Cuando volví, me contrataron en una empresa pequeña, familiar, donde no llegaba el sindicato. Arrebañábamos los últimos restos de una veta de carbón prácticamente agotada. Durante mi primer par de meses allí, no me hice muy popular -Cicero sonrió al recordarlo-. Mi primer día, Silas, el capataz, me preguntó a qué me dedicaba antes de trabajar en la mina. Le dije la verdad, que era médico. A decir verdad, no creo que se lo tragara. Estoy casi seguro de que pensó que me burlaba de él. Se limitó a replicar: «Bien, mi trabajo será evitar que te mates, o que mates a alguien, hasta que te canses de darte golpes en la cabeza con el techo de la galería y decidas ir a buscar otro empleo».

– Vaya tipo -comenté.

– Un buen compañero -me corrigió él-. Silas era más joven que muchos de la cuadrilla, pero llevaba bajando a las galerías desde los dieciocho y conocía el oficio. Yo le presté atención y, al cabo de un par de meses, ya sabía bastante bien lo que me hacía. Silas empezó a dirigirme la palabra para algo más que darme órdenes del estilo de «¡aparta de ahí!». Almorzábamos juntos y hablábamos. -Cicero hizo una pausa, bebió un trago y continuó-: A los dos nos inquietaba la seguridad. Por decirlo con suavidad, las minas pequeñas, no agremiadas, no son precisamente un ejemplo de seguridad en el trabajo. Sin embargo, cuando sucedió, me sorprendió lo discretamente que empezó.

– ¿Empezó? ¿Qué? -pregunté.

– Lo que la industria denomina un accidente de ignición. En una mina se oyen con frecuencia ruidos de pequeños desprendimientos y explosiones, de modo que el que oí ese día no me preocupó. Todo parecía normal. La primera impresión que tuve de que algo andaba mal fue cuando noté que el aire circulaba en dirección contraria.

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