– ¿Qué primera pregunta? -Con sinceridad, no me acordaba.
– Exacto -asintió Cicero-. Te contaba del accidente en la mina. Lo que quizá no he dejado claro es que pasé sesenta y una horas atrapado en un espacio casi tan reducido como una tumba. Desde entonces, lo paso muy mal en los lugares cerrados. -Hizo una pausa-. No soy agorafóbico, sino claustrofóbico. Por eso apenas salgo.
– El ascensor… -murmuré, comprensiva.
– El condenado ascensor -corroboró él-. No me dan miedo los seis minutos de la bajada; resultaría dura, pero sería capaz de hacerla. Pero si quedara atrapado, no estoy seguro de que pudiera soportarlo. -Desvió la mirada, avergonzado-. Ya sé que es una estupidez…
– Los miedos son irracionales -respondí-. Yo soy una prueba viviente de eso.
Cicero no respondió. Ladeó la cabeza y siguió las luces de un avión. El aeropuerto de Mineápolis quedaba al sur de donde estábamos y los reactores ascendían sobre el espacio aéreo de la ciudad con la regularidad de una cadena de producción. En el plazo de veinte horas, sus pasajeros podían estar en cualquier lugar del mundo. Y allí abajo estaba Cicero, cuyo mundo se había hecho tan pequeño que, para él, ascender un tramo de escaleras para ver el cielo nocturno era todo un viaje.
– Pero si no sales nunca, ¿de dónde te llega la comida y lo que necesitas?
– De mis pacientes -explicó-. No siempre cobro en metálico; también intercambio favores y servicios.
– ¿No vas a ver a nadie?
– Vienen a verme los demás. Chorreando sangre o tosiendo, pero los acepto como llegan.
– Mujeres, me refiero.
– ¡Ah, sí, mujeres! -exclamó-. La idea de salir con un parapléjico sin blanca las enloquece.
– ¡Cicero! -le reprendí.
– ¡Sarah, no intentes cambiarme! -Su tono de voz indicaba que no había más que hablar. Bajé la mirada y acepté su reprimenda-. Las cosas iban mejor cuando llegué a Mineápolis -continuó tras un silencio-. El apartamento de Ulises estaba en la planta baja, de modo que no necesitaba ascensores, y yo disponía de una furgoneta. Nada extraordinario, pero tenía los mandos adaptados y funcionaba. -Hizo una pausa-. En realidad, todavía la tengo, pero más me convendría venderla. Ya no la empleo para nada y uno de los muchachos del rellano tiene que ir una vez por semana a ponerla en marcha, para que no quede inservible por falta de uso.
Aquella parte de la narración llevó a una pregunta obvia:
– Cicero -le dije-, ¿y tu hermano? ¿Dónde está ahora? ¿No has dicho que viniste a Mineápolis a vivir con él?
Los ojos castaños de Cicero parecían más serenos que apenas un momento antes.
– Y estuve con él, sí. Pero eso ya te lo contaré en otra ocasión.
– Pensaba que no tenías secretos -le recordé.
– No los tengo -aseguró él-, pero no creo que te guste oír esa historia, después de la que acabo de contarte.
– ¿Está muerto? -insistí.
– Sí, murió.
Moví la cabeza, bajé la vista y musité:
– ¡Dios mío!
– No pongas esa cara -dijo él.
– ¡Dios mío, Cicero!
– No me compadezcas, Sarah.
– No es eso -respondí, pero no estoy segura de que no lo hiciera.
En el despacho del juez Henderson celebrábamos una reunión tres personas: el propio juez, un hombre negro que peinaba canas y que apenas abría la boca; Lorraine, la asistente social, y yo.
– No es una situación típica -estaba exponiendo Lorraine-. He visitado su domicilio y es tal como lo ha descrito la detective Pribek. La casa está limpia y los niños van a la escuela. No hay niños en edad preescolar. El menor tiene once años y los demás, catorce, dieciséis y diecisiete. Cuando estuve allí, la hermana se mostró amigable y cooperadora.
– ¿Y el padre? -preguntó el juez. Tenía una voz grave y agradable, como el rumor de un trueno en la lejanía.
– Va reponiéndose lentamente -le informó la asistente social-. Lo han trasladado de cuidados intensivos del hospital a una casa de convalecencia y su pronóstico es bueno. El problema más importante, ahora mismo, es la persistencia de los problemas de habla. La hija solicita la administración del patrimonio familiar.
El juez Henderson asintió con la cabeza.
– A través de un abogado, supongo -señaló.
– Efectivamente -asintió Lorraine.
Eché una mirada a los números romanos del reloj de pulsera del juez. Eran las tres y media. Todavía no estaba segura de mi papel en la reunión. Imaginaba que me necesitaban para que declarase lo que conocía de la situación familiar de los Hennessy, ya que había sido la autora del informe a los servicios de protección de niños en situación de riesgo. Sin embargo, hasta aquel momento, no me habían hecho una sola pregunta.
– Bien, parece que ha sido usted muy minuciosa, como siempre. -El juez se recostó en el respaldo de su asiento y se echó tan atrás que su coronilla casi calva desapareció prácticamente bajo una planta de un verde lustroso que estaba colocada en una estantería a su espalda-. Y aquí es donde entra en escena usted, detective Pribek.
Lorraine también se volvió hacia mí:
– Tenemos un programa piloto para situaciones en las que los menores que solicitan la emancipación son encomendados a la supervisión de un adulto adecuado durante un periodo de prueba. Por supuesto, sólo se aplica en casos en los que el menor es considerado un buen candidato y no existen parientes adultos que puedan desempeñar este papel.
– ¿Quiere que sea custodia de los menores Hennessy? -pregunté.
– No se trata exactamente de una función de custodia. Más bien sería una observadora vigilante -me corrigió Lorraine.
– No tengo formación de asistente social.
– Pero es una profesional de la seguridad ciudadana, una persona responsable, y parece que ha tenido más contacto con esos jóvenes que ninguna otra persona. -Tras una pausa, Lorraine prosiguió-: Marlinchen Hennessy es una candidata excelente para el programa y apenas quedan unas semanas para que alcance la mayoría de edad. No nos agrada del todo que los menores vivan por su cuenta durante este periodo, pero enviarlos a instituciones de acogida parece…, en fin, parece ridículo.
– No estoy muy segura de que Marlinchen acepte lo que proponen -respondí, eludiendo el compromiso. Pensaba en cómo habíamos terminado nuestro último encuentro.
– Al contrario -dijo la asistente social-. Cuando visité la casa, la hija mayor habló excelentemente de usted.
– La única hija -rectifiqué sus palabras. Marlinchen Hennessy no tenía hermanas.
Lorraine sonrió y me di cuenta de que había caído en una trampa, poniendo en evidencia que había invertido tiempo y energía en conocer a aquella joven familia. Con un resoplido, continué:
– No me opongo rotundamente a la custodia, pero creo que el problema va un poco más allá. Marlinchen no sólo aspira a obtener la custodia de sus hermanos menores, sino también la administración de los bienes de su padre. ¿No les parece que es demasiado?
Lorraine se mordió el labio y fue el juez quien tomó la palabra.
– Detective Pribek -dijo-, la familia sigue siendo la unidad sagrada y fundamental de la vida norteamericana. Para que las instituciones públicas disuelvan la unidad familiar, debe existir una buena razón para ello. Si hubiera otros parientes que pudieran hacerse cargo de los menores, o incluso un amigo íntimo de la familia, seguiríamos esa vía. Pero no hay ninguno y, en vista de ello, creo que ésta es la mejor solución para los chicos.
– ¿Y qué me correspondería hacer, exactamente? -pregunté, dándome por vencida.
– Supervisarlos un poco -explicó Lorraine-. Comprobar que se hace la colada y que cenan algo más que cereales fríos cada noche. Desde luego, no es necesario que viva con ellos, pero debería pasar algunos ratos en la casa. -Hizo una pausa y añadió-: También debo mencionar que recibirá un estipendio por la labor.
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