Marlinchen hizo lo que yo esperaba. Quitó el pie del acelerador y el motor bajó de revoluciones. Se proponía abortar el adelantamiento.
– ¡No! -exclamé enérgicamente-. Ya estás en plena maniobra, ¿recuerdas?
El ruido del motor volvió a hacerse más agudo al subir de revoluciones otra vez y el cuentakilómetros marcó 130, 140… Superamos el morro del tractor y Marlinchen continuó pisando a fondo. En ese momento circulábamos a 150 kilómetros por hora. Volvió la cabeza para observar el tractor.
– Ya está -dije-. Vuelve a tu carril.
Así lo hizo, con visible alivio. Momentos después, nos cruzamos con una furgoneta blanca. En realidad, la maniobra no había sido peligrosa.
– ¡Oh, vaya! -exclamó Marlinchen. Inspiró profundamente y soltó el aire. Después, echó un vistazo por el retrovisor y agitó la mano en un alegre saludo al tractorista, como si éste le hubiera hecho un gran favor-. Ha sido emocionante.
– Desde luego, no te diviertes muy a menudo, ¿verdad? ¿Quieres parar a poner la cabeza entre las rodillas hasta que se te pase la sensación?
– ¡Oh, calla! -replicó ella, y estalló en una risita nerviosa ante su propia audacia. Yo también me reí.
– Ahora te creerás muy atrevida, ¿verdad? -le dije-. Pues esto no es nada. Cuando tenía tu edad…
– Ya empezamos… -comentó ella, de buen humor.
– … mi amiga Garnet Pike y yo estábamos aprendiendo a dar una coleada de 180 grados, lo que llamábamos «el giro del contrabandista».
– No sé qué significa ninguna de las dos cosas.
– Es un giro para dar media vuelta en seco, usando el freno de mano al tiempo que giras el volante a tope. Con muchos de los coches actuales no se puede hacer, porque tienen el centro de gravedad demasiado alto. Garnet había leído cómo se hacía y quería probarlo. Me convenció para que tomáramos prestado el coche de mi tía, un sedán con un buen motor, y fuimos al aeropuerto.
– ¿Al aeropuerto? -se extrañó Marlinchen.
– Olvida el aeropuerto de Mineápolis/Saint Paul. Era un aeródromo rural, una pista nada más, sin torre. Y por la noche, cuando fuimos, no había despegues ni aterrizajes.
– Llegado ese punto, contuve un poco mi entusiasmo-: No digo que lo que hicimos sea correcto. Fue una invasión de la propiedad privada.
– En otras palabras: «No probéis a hacerlo en vuestra casa» -comentó ella con sarcasmo.
– Exacto. En cualquier caso, la pista era el sitio perfecto para practicar: espacioso y sin obstáculos. Después de dos intentos nulos, Garnet reunió el coraje necesario y lo consiguió. Y yo, en aquella época, me sentía obligada a hacer todo lo que hiciera ella. Así pues, cambiamos de asiento y probé.
Por un instante, me hallé de nuevo en ese coche, volví a oír mi propia voz exaltada y aliviada, vi nuevamente el pequeño aromatizador en forma de pino danzando sin control en el espejo retrovisor del coche de tía Ginny. Hasta el día de hoy, es el recuerdo que evoca en mí ese olor sintético a pino.
– Déjame adivinar -apuntó Marlinchen-. ¿Quieres enseñarme el truco?
– No, todavía no estás preparada para eso. -Acompañé mis palabras con un gesto de cabeza-. Pero te haré una demostración.
– No, gracias -replicó ella firmemente-. Vomitaría las galletas.
– No, nada de eso -insistí-. Habré terminado antes de que te enteres. De hecho…
– Mira, una cafetería -me interrumpió Marlinchen, encantada de ver el establecimiento al lado de la carretera-. ¿Podemos parar?
– Tú conduces…
Poco después nos hallábamos sentadas a la sombra, contemplando el río St. Croix. Marlinchen había conducido hasta allí mientras yo sostenía su pedido, un gran helado, y el mío, unos aros de cebolla. Delante de nosotras, el sol se reflejaba en el río, pero a nuestra espalda unas nubes de color plomizo cubrían el cielo. El contraste era tan marcado que casi me pareció como si alguien hubiera añadido las nubes de tormenta al paisaje con un programa de dibujo de ordenador.
– Esta noche cambiará el tiempo -pronostiqué-. Habrá tormenta y tal vez granice.
Marlinchen sorbió parte del helado.
– Cuando era pequeña, las tormentas fuertes me asustaban -contó-. Uno de mis primeros recuerdos es de cuando cayó un relámpago en casa. No lo vi, sólo recuerdo el ruido y cómo se asustó mi madre. Desde entonces, durante años, me espantaba cualquier ruido fuerte.
– ¿Tan terrible fue?
– Creo que no me habría afectado tanto si no hubiera visto a mi madre tan aterrada -explicó Marlinchen-. Entró en mi habitación llorando y me dijo que había caído un rayo en la casa, y me metió de inmediato en la cama. La vi tan alterada que me eché a llorar. Imaginé que seguirían cayendo rayos sobre la casa. Esa noche, mamá durmió conmigo.
Elisabeth Hennessy había muerto ahogada en circunstancias sospechosas y corrían rumores de que tal vez se había suicidado. Aquel recuerdo de su hija me suscitó la pregunta de si la madre de Marlinchen habría tenido una vida atormentada de joven y si sus nervios, ya alterados, habrían convertido la zozobra de las tormentas estivales en Minnesota en psicodramas aterradores.
– ¿Sucede algo? -indagó Marlinchen.
– No -respondí. No se me ocurría una manera delicada de preguntarle si Elisabeth Hennessy era una persona aprensiva o neurótica, de modo que dejé la cuestión para otro momento.
– ¿Cuántos años tenías cuando murió tu madre? -me preguntó tras una pausa.
Esperé que mi expresión no delatara la sorpresa que me habían producido sus palabras. Aquella muchacha poco menos que leía los pensamientos. Tal vez no, pero andaba cerca.
– Nueve -dije-. Casi diez.
Marlinchen se detuvo con la cuchara a medio camino de la boca.
– Me parece que el otro día decías que viniste a Minnesota cuando tenías trece años -comentó-. ¿Qué sucedió mientras tanto?
Le había contado la historia de mi emigración a Minnesota a varias personas, pero hasta entonces nadie me había hecho aquella pregunta.
– Te conté que mi padre era camionero, ¿verdad? -respondí-. Pasaba mucho tiempo en la carretera. Pero hasta que tuve trece años, viví en casa con mi hermano mayor, Buddy. Entonces se alistó en el ejército y se marchó, de modo que habría tenido que vivir sola. Fue por eso, sobre todo. Aunque también… -vacilé.
– ¿Qué?
– Ese verano, creo, desapareció una chica. Tenía mi edad, más o menos, y estas cosas, en un pueblo pequeño, provocan auténtico pánico. -Un ave acuática sobrevoló el río a baja altura-. No había pensado en eso desde hace años.
– ¿Por qué no?
– Sucedió hace mucho tiempo. Y era una cría. En cualquier caso -me encogí de hombros-, la tragedia quizás influyó en mi padre. Además, me estaba haciendo adolescente y tal vez pensó que necesitaba una influencia femenina.
– Entiendo -dijo Marlinchen, lacónica-. ¿De modo que fue la influencia femenina de tu tía lo que te llevó a entrar legalmente en los aeropuertos a practicar acrobacias en coche?
– Exacto -asentí-. Tía Ginny era la mujer más encantadora del mundo. Trabajaba por la noche y los fines de semana en un asador y, prácticamente, me dejaba a mi aire. ¿Quieres uno? -Le ofrecí un aro de cebolla y lo aceptó.
– Gracias. ¿Y tu tía sigue todavía en el pueblo? -inquirió.
– No. Murió cuando yo tenía diecinueve años, de apoplejía. Nada parecido a lo de tu padre -me apresuré a añadir, al ver un asomo de crispación en el gesto de Marlinchen-. La suya fue en el tronco cerebral, que rige gran parte de las funciones autónomas del cuerpo. Si existe un lugar del cerebro en el que es mejor que no se produzca un ataque, es ése.
Al cabo de unos minutos, cuando Marlinchen terminó el helado, me puse en pie.
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