Moví la cabeza para indicar que no entendía a qué se refería.
– Las minas necesitan respirar, como las personas -me explicó-. Los sistemas de ventilación se encargan de alejar la mofeta, el gas metano, del punto donde están trabajando los mineros, y de insuflar aire fresco. En ciertas minas, como la nuestra, los ventiladores crean una corriente de aire de hasta diez o doce kilómetros por hora. Suficiente para que se note, aunque al final uno se acostumbra. Llega un momento en que ni siquiera la adviertes, hasta que se detiene. Da la sensación de que el aire circula en dirección opuesta, realmente. Si sabes lo que significa, no es nada agradable. Silas lo notó al mismo tiempo que yo y los dos dejamos de trabajar y nos miramos.
»Entonces oímos los gritos, lo dejamos todo y corrimos hacia el lugar. Al llegar, vi a dos hombres caídos en el suelo, heridos. Se había desprendido una sección del techo y había saltado una chispa que había provocado una pequeña explosión y un incendio, pero nadie había resultado muerto. El capataz de aquella sección nos vio aparecer en la galería y agradeció la presencia de Silas, pero para él yo seguía siendo un novato, así que me cortó el paso. «Tú, no. Márchate de aquí», me ordenó, pero Silas replicó que le convenía que me quedara. «Es médico», le dijo.
Abajo, en la calle, ululaba una sirena. Sin pensarlo, me asomé al borde de la azotea. Era el sonido de mi trabajo y mi respuesta había sido puramente pavloviana.
– Para comprender lo que sucedió a continuación -prosiguió Cicero sin advertir que había dejado de prestarle atención momentáneamente-, debes entender un poco de accidentes mineros. Con frecuencia, la primera ignición no mata a nadie. Sin embargo, da lugar a un incendio y también compromete el sistema de ventilación. Cuando éste deja de funcionar, el nivel de gas metano aumenta, y es la deflagración posterior del gas lo que causa los muertos.
»En ese momento aún queda tiempo para evacuar, pero el problema es que no todo el mundo accede a salir. Algunos mineros, con la intención de echar una mano, se desplazan hacia el punto de la explosión, en lugar de alejarse. No sé bien si me quedé en el lugar del incidente porque creía haberme convertido en un minero de verdad o porque seguía siendo médico pero, fuera cual fuese la razón, la cuestión es que yo aún estaba allí cuando se produjo la segunda explosión.
Hizo una pausa para servirse más vino de la botella y beber un trago.
– Salí despedido y, cuando se me despejó la vista, observé que los demás empezaban a evacuar -continuó-. Sabían que la situación estaba sin control. Quisieron sacarme, pero tenía las piernas atrapadas y me dijeron que mandarían un equipo de rescate con una camilla, y si a los sanitarios les daba miedo bajar a una mina, ellos mismos se encargarían de trasladarme.
»Sin embargo, la situación era aún muy insegura, con la amenaza de más igniciones. Desde donde me encontraba, oía trabajar al personal de rescate cuando, por radio, sus superiores les dijeron que debían retirarse. Los hombres respondieron que todavía quedaba un hombre dentro, pero de todos modos los conminaron a volver. Los ruidos se hicieron cada vez más débiles y me quedé solo.
Me pareció que los nudillos de Cicero palidecían un poco más al agarrar el vaso. Fue su única muestra de emoción.
– Al principio me lo tomé bien. «Silas los obligará a volver», pensé. Pero entonces vi a Silas. Había muerto. Fue entonces cuando comprendí realmente que yo también podía morir allí abajo, pero mantuve el ánimo mientras duró la luz de la lámpara. Unas treinta horas.
– ¿Treinta? -repetí, asombrada-. ¿Cuánto tiempo pasaste allí?
– Sesenta y una horas. -Cicero apuró el resto del vaso-. Casi la mitad, en absoluta oscuridad. Para entonces, la imaginación se me había disparado por completo. Estaba absolutamente paranoico, convencido de que los rescatadores habían mentido cuando decían que volverían. Lo considerarían demasiado peligroso; la empresa se limitaría a sellar aquella parte de la mina y dirían a mi hermano que era uno de los que habían muerto en la explosión.
Después de acabarse el vino, se volvió a tender boca arriba.
– Por supuesto, no fue así. Regresaron a buscarme -continuó-. En el hospital, me dije una y otra vez que la médula espinal estaba bien, que volvería a caminar. Tardé bastante en aceptar que no sería así. Lo asimilé durante la rehabilitación, cuya parte más difícil fue pagar la cuenta, cuando terminé. La mina se declaró en quiebra después del accidente y todos perdimos nuestra cobertura médica.
– Típico -comenté.
– Se ha interpuesto una querella colectiva en nombre de todos los afectados y yo la he suscrito, pero el caso se retrasa en los tribunales. Mientras tanto, calificar de «enormes» mis deudas médicas sería quedarme muy corto, y ahora presento un riesgo preexistente que ninguna aseguradora querrá cubrir.
– Pero estás bien de salud, ¿verdad?
– De momento, sí -respondió-. Pero la vida de un parapléjico, aunque esté sano, no es barata. Además, mi estado te hace vulnerable a otros problemas de salud, más adelante. Estos problemas pueden prevenirse con atenciones y terapias físicas…
– … que las aseguradoras no querrán cubrir porque son parte de una afección preexistente -terminé la frase.
– Exacto. Ahora mismo, disfruto de cierta asistencia médica básica para indigentes. Si consigo un empleo, ya no podré optar a ella y, entonces, los gastos en cuidados sanitarios no cubiertos se llevarán una gran parte del sueldo. Estoy en esa extraña situación en la que tener empleo no haría sino hundirme más todavía, en lugar de sacarme de la miseria.
Aunque había previsto que Cicero me contaría una historia de aquel cariz, nunca habría imaginado que estuviese atrapado hasta tal extremo.
– Aparte de la medicina, que tengo prohibido ejercer, no cuento con otros conocimientos que me permitan obtener los ingresos que preciso para sobrevivir sin los seguros médicos adecuados. Y si encontrara empleo, hay un hospital, un par de clínicas y determinado número de profesionales de la medicina con reclamaciones sobre mis futuras ganancias. Ahora mismo, freno a mis acreedores con un precedente legal, el caso Blood contra Turnip.
Respondí con un comentario inadecuado, que consideré necesario:
– Tiene que haber algún modo de saltarse las leyes. Alguien tiene que darse cuenta de que esta situación es ridícula. Estas cosas no deberían suceder.
Cicero soltó una carcajada.
– No deberían, tienes razón -asintió-. Son consecuencia de una serie de calamidades encadenadas. Si no me hubieran expulsado de la única profesión con la que podía conseguir suficientes ingresos… Si no hubiese escogido aquella mina en particular para trabajar… Si no…
»Todo el mundo ve que la situación es, en efecto, ridícula. Pero encontrar la manera de remediarla es otra cosa. El asistente social sanitario de la clínica de rehabilitación de Colorado decidió que debía venir a Mineápolis porque mi hermano Ulises vivía aquí. Ya instalado, asignaron mi caso a una asistente social de veintitrés años que no sabía qué hacer conmigo. Me consiguió unos cheques por invalidez y eso fue todo. No es culpa suya. El sistema no está organizado para tener en cuenta las circunstancias personales. Nadie está autorizado a cambiar las normas o a interpretar las sutilezas. A todo el mundo le gustaría ayudarte, pero nadie puede hacerlo de verdad.
– Pero las cosas no pueden quedar así -respondí, levantando las palmas con los dedos extendidos.
Cicero me miró fijamente.
– A veces no te entiendo -dijo-. En apariencia, se diría que estás cansada de la vida, pero luego sales con esos ramalazos de fe infantil en el sistema. -Se encogió de hombros y continuó-: Bien, te he contado bastante más de lo que pretendía al principio, y aún no he contestado a tu primera pregunta.
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