En la foto, la cara de Aidan había adquirido ya ciertas facciones de adulto y había adelgazado un poco; la principal diferencia entre aquel Aidan y el de once años era que el mayor llevaba el pelo recogido hacia atrás, invisible, lo que sugería que lo llevaba largo.
– ¿De dónde la ha sacado? -preguntó.
– No ha sido un gran trabajo de investigación, que se diga -le respondí-. Es una foto de anuario escolar, nada más.
No obstante, había querido que la chica tuviera una imagen de su hermano ante ella mientras hablábamos. Le recordaría cuál era el asunto que nos llevábamos entre manos.
– No he descubierto gran cosa -repetí-. He hablado con el agente Fredericks y con Pete Benjamin y he hecho lo que he podido, pero he encontrado bastantes obstáculos para avanzar.
– ¿Por la distancia y los límites de jurisdicción?
– En parte -asentí-. Pero también hay otros problemas, más cerca.
– ¿Cuáles?
– No dejo de darle vueltas a una cosa… -continué-. ¿Por qué tuvo Aidan que irse a vivir a otra casa, hace años?
Marlinchen cambió de pierna de apoyo.
– Fue un arreglo de conveniencia. Papá no daba abasto.
– Imaginaba que responderías eso. Igual que Colm. Y que Liam. Todos estáis de acuerdo. Perfectamente de acuerdo. Como si os hubieseis confabulado para contar lo mismo.
Marlinchen bajó la vista y se miró las uñas, algo manchadas de grasa de la cadena de la bicicleta.
– ¿Y esa coincidencia no puede significar también -replicó, en tono severo- que decimos la verdad?
– Pues no sé qué decirte. ¿Sabías que en la nota biográfica sobre el autor en Un arco iris en la noche pone que tu padre tiene cuatro hijos?
Marlinchen supo al instante a qué me refería.
– Dice que vive en Minnesota con sus cuatro hijos -se apresuró a corregirme-. Y, en sentido estricto, es cierto.
Se refería a que, en la fecha de publicación del libro, Aidan ya no vivía en la casa.
– Aun así, la nota da a entender que tu padre sólo tiene cuatro hijos -insistí.
– Papá ni siquiera se ocupa de redactar estas notas personalmente. Lo hace alguien de la editorial.
– ¿Y quién le da la información?
En el lago se oía el zumbido rítmico, como si cabalgara las olas, de un motor fuera borda.
– Tus hermanos y tú decís que no habéis visto a Aidan desde hace cinco años -continué-. Ni una llamada telefónica, ni una carta, ni una visita por vacaciones. Eso no es un arreglo de conveniencia, Marlinchen; es un destierro. Aidan ha sido borrado de la biografía de tu padre. Ha sido borrado de vuestra vida.
La muchacha seguía muy sonrojada, y no me pareció que pudiera deberse ya al ejercicio de pedalear.
– No exagere las cosas -replicó-. Mandar a un hijo a vivir con otra gente no es algo tan infrecuente. Su propio padre lo hizo, según me contó usted.
– Mi padre era camionero. Pasaba la mayor parte del año en la carretera. Las situaciones no son comparables. ¿Acaso tu hermano hizo algo? ¿Existía alguna razón para que tu padre pensara que era preciso tenerlo aislado en Illinois, primero, y luego en Georgia?
– No -declaró ella sin alzar la voz-. No hizo nada.
La inesperada moderación de su tono fue como un brusco descenso de la presión barométrica.
– ¿Qué me dices de tu padre, pues? Si Aidan no hizo nada, ¿tuvo que ver con él?
– No -repitió ella, en voz aún más baja.
– Vale, ya entiendo. Todo el mundo se quiere mucho y, de pronto, Aidan es despachado de casa y enviado a vivir permanentemente con unas personas prácticamente desconocidas. Sí, resulta de lo más coherente.
– No sé adónde quiere ir a parar -por fin, Marlinchen volvió a levantar la voz-, ni a qué viene ese interés por psicoanalizar a mi familia. ¡Debería dedicarse a buscar a Aidan, pero hasta ahora no ha hecho más que traerme una simple foto y soltar insinuaciones sobre el carácter de mi hermano y sobre el de mi padre!
Me eché ligeramente hacia atrás en mi asiento. Desde que la conocía, la muchacha se había mostrado cortés y educada casi en exceso; ahora, la Marlinchen que aparecía tras aquella máscara no era la que yo esperaba, sino una princesa arrogante que daba órdenes a un miembro de la casta de los sirvientes.
– ¿Sabes una cosa? -le repliqué-. He hecho más de lo que habría hecho cualquiera, teniendo en cuenta las limitaciones que me has impuesto. Te empeñas en contarme medias verdades y pretendes que eso no ponga trabas a mi búsqueda de Aidan. Estás tan interesada en dar con Aidan como en proteger la imagen de tu padre. Tienes un pie en el estribo de cada caballo e intentas fingir que los dos corren en la misma dirección.
Temí que Marlinchen diera rienda suelta a su cólera, pero no sucedió tal cosa. Hay mujeres, sobre todo las menudas, que aprenden a blandir como arma una cortesía exquisita. De repente, la chica pareció recurrir a una reserva interior de aplomo y, cuando habló, oí en su voz mil y una puertas cerradas.
– Se que ha hecho cuanto estaba en su mano, detective Pribek, y que ha dedicado al caso más tiempo del que disponía. Estoy segura de que mi padre querrá darle las gracias, cuando se haya recuperado del todo.
– Marlinchen, no estoy diciendo que… -Lo siento -me interrumpió ella-. Ya va siendo hora de que guarde las compras.
Y, al momento, se puso en pie y desapareció tras la puerta corredera, cerrándola enérgicamente a sus espaldas.
Marlinchen, apenas una chiquilla, no debería haber sido rival para mí en un interrogatorio; sin embargo, en mi fuero interno la consideraba superior a mí. Ese era el problema. Aunque ostentaba la autoridad de detective de la policía del condado, cuando el trabajo me llevaba a las casas elegantes de las clases altas y medias, a sus mundos, seguía siendo muy consciente de mis orígenes humildes. Lo era, sobre todo, cuando trataba con gente como Marlinchen, que hacía gala de la inteligencia que había heredado de su padre con la misma tranquilidad con la que habría lucido las joyas de la familia. La muchacha era la princesa que vivía en el viejo castillo junto al lago y yo, una funcionaría, era la plebeya que se sentía obligada a ayudarla, por razones que no acababa de entender.
Muchos policías profesan una preocupación especial y un marcado sentido protector hacia los jóvenes. Si les pides que lo expliquen, te dirán: «Los agentes también somos padres y madres». No era mi caso. En la brigada de detectives, yo era la única que no tenía hijos. Si acaso, me sentía demasiado apegada a mi propia juventud. Cuando Colm había hecho la bromita sobre las mujeres y las armas, yo había respondido con mi malintencionado comentario sobre el mando de la tele. Cuando Marlinchen me había atacado respecto a mi capacidad profesional, yo le había replicado con más acritud todavía. Más que como una madre adoptiva, me había comportado como una hermana ofendida.
A mis veintinueve años, aunque intentaba disimularlo, con frecuencia me sentía vulgar, sin pulir. Psicológicamente desmañada. Todavía me resultaba demasiado fácil volver a experimentar los sentimientos de la adolescencia.
Cuando tenía trece años, la tía de mi madre, Virginia, que trabajaba de camarera y tenía los ojos de mi madre y sus mismos cabellos largos veteados de canas, se presentó a recogerme en la estación de autobuses de Mineápolis y me llevó, en un viaje de tres horas y media, hasta el pueblo minero del Iron Range donde vivía. Mis recuerdos de gran parte del año siguiente son muy borrosos.
Dormía mal y tenía pesadillas. Todas ellas sucedían en mi Nuevo México natal, aunque al despertar no conseguía recordar los detalles. Todo aquel año, la memoria fue un problema; era tan olvidadiza que, en una reunión con los profesores, tía Ginny accedió a que el psicólogo de la escuela me sometiera a un test para ver si me sucedía algo grave.
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