Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Durante la pausa, la señora Hansen se dedicaba a corregir exámenes en el aula. Entré en la clase y, de inmediato, me sentí una giganta mientras avanzaba entre los minúsculos pupitres hasta llegar a la mesa, más grande, tras la que estaba sentada la maestra. Ésta tenía unos pechos abundantes para su constitución, frágil por lo demás -calculé que apenas llegaba al metro sesenta-, y llevaba unas gafas que colgaban de una cadena de oro sobre un suéter sin mangas de un blanco mate. La melena rubia, que le llegaba a los hombros, enmarcaba su rostro con un corte muy favorecedor. Sólo si se la observaba con detenimiento se apreciaba que rondaba los cincuenta.

– ¿Puedo ayudarla? -me preguntó.

– Eso espero -respondí-. Me llamo Sarah Pribek, soy detective y querría hablar con usted de un muchacho desaparecido al que estoy buscando.

Dejé sobre la mesa la vieja foto de Aidan que me había dado Marlinchen. Hansen la tomó y arqueó las cejas; después, las juntó en un gesto de inspección algo exagerado.

– ¡Oh, cielo santo, sí! -exclamó-.Aidan Hennessy. El año pasado estuve a punto de tener en clase a su hermano pequeño, Donal, pero al final fue a la de la señora Campbell. -La maestra frunció de nuevo el entrecejo-. Aidan tenía una hermana, también. Le di clases el año antes. Eran…

Llegada a este punto, se interrumpió.

– Debería haberlos tenido como alumnos el mismo año -terminé la frase por ella-. Eran gemelos, sí, pero él tuvo que repetir curso. La familia ya me lo ha contado.

– Así fue -asintió la señora Hansen-. ¿Cómo se llamaba la chica…? Un nombre raro…

– Marlinchen -apunté.

– Los dos deben de estar en el instituto, ¿no?

– La chica, sí -le informé-. El falta de su casa desde hace seis meses.

– ¡Oh, vaya! ¡Qué lástima! -Hansen exageraba sus expresiones faciales como suelen hacer los adultos que tratan con jóvenes, pero el sentimiento que se adivinaba parecía auténtico.

– ¿Le caía bien?

– Sí. Era un chico muy dulce. No tenía una gran confianza en sí mismo. Nunca levantaba la mano ni hacía preguntas. -Tras esto, dio la impresión de que se ponía más alerta al otro lado de la mesa, como si se preparara para un intercambio formal de preguntas y respuestas-. No sé si podré ayudarla mucho. Lo tuve de alumno hace bastante tiempo. Cinco años.

No tenía dónde sentarme. En casi cualquier otra situación, la persona sentada tras una mesa dispone de un asiento al otro lado para ofrecerlo a las visitas; los maestros de escuela, no. Me apoyé en el pupitre más cercano e, inmediatamente, me lo pensé mejor, ya que empezó a ceder bajo mi peso.

– Ha vivido fuera del estado durante estos cinco años -le conté-. Usted es la última maestra de este distrito que le dio clases. Me gustaría saber qué recuerda de él.

La señora Hansen puso una expresión de disculpa.

– No gran cosa. Recuerdo a Aidan sobre todo por ese dedo que le faltaba. Me fijaba en ello cada vez que lo veía escribir, sentado en su pupitre, y siempre me producía cierto desasosiego.

– Seguro que recuerda algo más -la animé a seguir-. Ha dicho que le caía bien.

La maestra se puso a jugar con las gafas.

– A veces, algún alumno te… -efectuó un gesto vago con la mano-, te produce una sensación especial. Aidan aparentaba más años de los que tenía, aunque quizá se debía a que era mayor que sus compañeros de clase, por lo menos cuando fue alumno mío. Y también más alto. -Hizo una pausa, pensativa-. Pero a veces parecía incómodo y desplazado cuando estaba entre adultos.

– ¿Sabe usted por qué?

– No era un alumno muy brillante; a menudo, esto erosiona la autoestima del joven, sobre todo frente a los mayores, a quienes los chicos ven como figuras de autoridad que los juzgan según sus logros en clase. Aidan parecía más a gusto en las canchas de deporte. Era atlético y confiaba en sus músculos.

– ¿Se metía en peleas? -pregunté.

– Sí, desde luego. -Hansen sonrió-. Aidan se mostraba muy protector con su hermana y los dos pequeños; con el más estudioso, sobre todo.

– Liam -dije.

– Sí, ése. Los bravucones de la escuela no lo dejaban en paz y Aidan les paraba los pies cuando tenía ocasión. Debo decir -añadió tras una pausa- que Aidan también se peleaba por iniciativa propia. No era ningún santo, pero tampoco era… No recuerdo que fuese un chico agresivo. No soporto a los pendencieros y Aidan me caía bien.

Asentí y seguí preguntando.

– ¿Presentaba otros problemas de conducta, aparte de las peleas?

– A veces no hacía los deberes -comentó ella, después de reflexionar.

– ¿Se olvidaba?

– No. Creo que no entendía parte de la materia. Ya le he dicho que no era un alumno muy brillante.

– Yo tampoco lo fui -comenté con una sonrisa irónica-. Le agradezco que me haya dedicado su tiempo.

Al salir del trabajo, me acerqué a la casa de los Hennessy. Cuando llegué, Marlinchen estaba ante la puerta, sujetando una bicicleta. Cuando vio que era yo quien se aproximaba, agitó la mano.

No soy una gran experta en bicicletas, pero aquélla era preciosa: el cuadro pintado de un color mandarina metálico, unas llantas estrechas para correr más y el manillar curvo vuelto del revés, de forma que pareciera los cuernos de un carnero. Sólo las abultadas alforjas, una a cada lado de la rueda delantera, desbarataban el efecto y hacían que la bicicleta pareciera un purasangre de carreras forzado a trabajar como caballo de carga.

– ¡Hola! -me saludó Marlinchen-. Acabo de volver de la tienda.

Observé sus mejillas encendidas por el saludable ejercicio y el brillo de su frente sudorosa.

– ¿Sabes una cosa? -le dije-. Puede que esa manera de llevar el manillar resulte sexy, pero no te sentirás tan bien cuando, al final, tengas un accidente y te lo claves en el riñón.

Marlinchen me dedicó una mueca de enfado.

– No sea tan… tan policía. ¿Sabe que muchos mensajeros ya ni siquiera llevan frenos en la bici?

«Estupendo», fue mi primer pensamiento. Sin embargo, mantuve la cara de desaprobación y opté por responder:

– Eso es cosa suya. Yo, en tu lugar, iría al sitio donde te prepararon la bici y haría volver a colocar el manillar en su posición original.

– La he arreglado yo misma -replicó ella, al tiempo que se acuclillaba para vaciar una de las alforjas-. Llevarla al taller sale caro y papá no es muy hábil con las herramientas.

Marlinchen dejó en el suelo una bolsa de plástico de la tienda y rodeó la bicicleta para abrir la otra alforja.

– ¿De modo que has desmontado el manillar y desconectado y vuelto a conectar los frenos, etcétera, tú sola?

Una sombra de tristeza cruzó su rostro.

– El manillar lo hicimos entre Aidan y yo -explicó-. Justo antes de que se marchara.

Recogió las bolsas de la compra.

– A eso he venido -señalé-. Quería contarte las novedades sobre Aidan. No hay gran cosa -me apresuré a añadir-, pero me gustaría comentar ciertos asuntos.

La seguí a la cocina. Cuando hubo dejado las bolsas en la mesa, me propuso que saliéramos al porche:

– Ahí fuera se está muy bien.

Hacía un día muy agradable. Las lluvias recientes habían despejado de humedad el ambiente y el aire resultaba vigorizante. A lo lejos se oía el ronroneo de una segadora de césped y la brisa transportaba una nube de semillas de diente de león y de chopo.

– Te traigo una cosa -dije. Saqué la foto de Aidan que había impreso del correo electrónico y se la acerqué desde el otro lado de la mesa de picnic.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó Marlinchen. Tomó la hoja de papel por los bordes, como si fuera a romperse-. Tenía razón. Está muy cambiado.

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