– Cuarenta -respondió Cicero-. Ahora mismo estoy contigo.
Se dirigió al fregadero de la cocina y yo deje dos billetes de veinte en la estantería. Me incomodaba su casa porque había tan pocos efectos personales que no podía fingir que los observaba. Cicero lo estaba haciendo muy bien en cuanto a no dar señales de recordar que hacía dos noches habíamos dormido juntos. A mí me costaba un poco más. Ojos que no ven, corazón que no siente, me dije, pensando en Shiloh, pero era una excusa barata que no me proporcionaba ningún consuelo.
Respiré hondo para serenarme. Cicero, que se lavaba las manos en el fregadero, me malinterpretó.
– No te pongas nerviosa -dijo por encima del sonido del chorro del agua-. Espero que lo que voy a hacerte no te duela.
– Todos los médicos dicen lo mismo -repliqué.
– No, lo que dicen es que no dolerá en absoluto -me corrigió.
– Por cierto -me reí-, siento haberme retrasado. Me he quedado colgada en el ascensor.
Me proponía entretenerlo contándole que el timbre de alarma no funcionaba y que dos adolescentes habían tenido que rescatarme forzando la puerta con una palanca hasta abrir un espacio del tamaño de la puerta de la caseta de un perro, y cómo había tenido que estrujarme para pasar y salir al descansillo del piso decimocuarto. Sin embargo, Cicero se volvió tan de repente que me quedé con la palabra en la boca.
– ¿De veras? -preguntó.
– Sí, ¿qué ocurre?
Cicero sacudió la cabeza y volvió a la sala.
– Ese ascensor es un peligro, maldita sea -dijo con vehemencia-. Por lo que sé, eres la tercera persona que se ha quedado colgada. -Rebuscó en la arqueta, sacó un termómetro y lo sacudió-. Bien, póntelo debajo de la lengua.
– No tengo fiebre.
– Sarah, no hagas mi trabajo. -En su voz había cierta ironía y obedecí con expresión sumisa.
Cicero procedió a explorarme el oído con calma. Luego me sacó el termómetro de la boca y lo leyó en silencio. Cuando habló, fue para preguntarme por los síntomas que había experimentado en las últimas cuarenta y ocho horas. ¿Me había sentido mareada? ¿Me había dolido o había tenido dificultades para oír? Respondí que no a todas las preguntas. Y sí, había tomado los antibióticos.
Guardó el termómetro y el otoscopio.
– Bueno, estás a treinta y siete, el oído tiene muy buen aspecto y me parece que te encuentras bien -dijo-. Te recuperas muy deprisa.
Sacó el bloc y escribió algo.
– ¿Qué apuntas? -quise saber.
– Nada, tomo unas notas -explicó-. Aunque dices que nunca estás enferma, quizá tengas que venir a verme otra vez, dada tu aversión a los médicos tradicionales.
– Espero que no -dije-. Y no te lo tomes a mal.
– De todos modos, si no te importa, te haré unas cuantas preguntas para el historial médico, por si hemos de vernos en otra ocasión.
En aquella petición había algo que me ponía nerviosa y Cicero lo notó.
– Son notas para mi uso privado -aseguró-. Nadie más las verá.
Qué demonios, pensé. Si iba a hacerme el historial médico, en mi salud no había habido acontecimientos destacables de ningún tipo. Y tenía razón: quizá algún día volvería a necesitar que me visitase.
– Muy bien -accedí.
Las primeras preguntas fueron fáciles.
– ¿Apellido?
– Pribek. -Se lo deletreé.
– ¿Edad?
– Veintinueve.
– ¿Alergias conocidas?
– Ninguna -respondí.
– ¿Viven tus padres?
Sacudí la cabeza.
– ¿De qué murieron? -quiso saber.
– Mi padre sufrió un infarto hace unos años. Mi madre… -tragué saliva-. Mi madre murió de un cáncer de ovarios.
– ¿Eras pequeña?
– Sí, lo fui. Como todo el mundo -repliqué, intentando un chiste fácil.
– Quiero decir si eras pequeña cuando tu madre murió. -No estaba dispuesto a permitir evasivas.
– Tenía nueve años.
Noté un nudo en la garganta, aunque no entendía por qué. No era la primera vez que contaba aquello.
– ¿Hermanos? -preguntó Cicero en voz baja.
– Un hermano. Murió -dije, y me apresuré a añadir-: De un accidente, nada relacionado con problemas de salud.
Buddy había muerto en el Ejército, en un helicóptero que se había estrellado, y la verdad era que no quería responder a más preguntas sobre él.
– ¿Y tu marido? ¿Cuánto tiempo lleva en prisión?
– Cinco meses -respondí, agachando la cabeza-. Disculpa, creo que me ha entrado algo en el ojo -dije frotándomelo para que no me viera llorar.
– ¿Y estás en contacto con él?
– No -respondí.
Apoyé la cabeza entre las manos. Ambos seguíamos fingiendo: él simulaba que tomaba notas para el historial médico, yo ocultaba que lloraba.
– Pero tienes muchos amigos en las Ciudades Gemelas con los que hablar, ¿no?
No respondí.
– ¡Oh! -dijo Cicero.
– Has hecho un historial médico muy interesante -dije entre lágrimas.
A las personas que están en silla de ruedas les resulta muy difícil abrazar a alguien; Cicero alargó la mano, me frotó la espalda entre los omóplatos y me acarició los cabellos.
– Tranquila -me consoló-. Tranquila.
Me gustaría decir que fue él quien inició las caricias. Pero fui yo.
Rara vez lloro y me parece de mala educación hacerlo delante de un desconocido, pero con Cicero fue distinto. Me había visto enferma, fóbica, irracional, borracha y presa del dolor. Ya no quedaban muchas barreras por derribar. Entonces, cuando el breve ataque de tristeza pasó, quise hacer el amor con él.
– Lo siento mucho -dije en voz alta, encajada en su cama individual, con la mejilla pegada a su hombro desnudo.
– ¿El qué?
– Ser tan inútil. Cada vez que nos hemos visto, te he agobiado con un problema distinto. No entiendo cómo te gusto.
– ¿Y cómo sabes que me gustas? -me preguntó Cicero, risueño.
– Porque no creo que te acuestes con alguien que no te guste -le dije muy seria-. ¿Me equivoco?
– No -respondió-. No te equivocas.
– ¿Por qué no tienes novia? ¿Porque eres agorafóbico?
Cicero se incorporó apoyándose en los codos y me miró con curiosidad.
– ¿De dónde has sacado que soy agorafóbico?
– Me lo dijo Ghislaine -respondí. Todo lo que había visto en él me lo confirmaba.
– Ghislaine -repitió-. Claro.
– No te cae bien, ¿verdad? -dije al tiempo que me sentaba-. ¿Ocurre algo? Quiero que sepas que no es amiga mía. Apenas la conozco.
– Ni yo -replicó Cicero-. Y ella tampoco me conoce mucho. No soy agorafóbico pero, en respuesta a tu pregunta, te diré que fue Ghislaine quien me trajo el talonario de recetas.
Me quedé sorprendida, pero sólo un momento. La primera vez que me había hablado de aquel talonario, se había referido a la persona que se lo había dado en femenino; una paciente, había dicho.
– Vino a verme -prosiguió Cicero-. Trajo consigo a ese niño tan guapo que tiene y me contó lo difícil que le resultaba criarlo ella sola. El padre ya no corre por aquí, me dijo, y los padres de ella, que están en Derborn, tampoco la ayudan.
– Todo eso lo sé -murmuré.
– Ghislaine me dijo que no soportaba ir al hospital público y que la trataran como a una ciudadana de segunda categoría. Por eso vino aquí. Yo le dije que me alegraba de poder ayudarla y le pregunté qué le ocurría. Entonces me contó que tenía un bulto en el pecho y me preguntó si podía visitarla. Se quitó la camisa y la exploré. No noté nada y así se lo hice saber. Y le dije que era muy joven y que, a su edad, el riesgo de cáncer de pecho no es muy elevado, pero que continuase examinándoselo cada mes y se mantuviera alerta.
– ¿Y te quedaste tranquilo con eso? ¿No la enviaste a una clínica para que le hicieran pruebas?
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