– Soy médico -me recordó-. Y soy tan competente aquí como lo sería en una consulta. Cualquier médico le habría dicho lo mismo. Sobre todo en esta época, con la de mutuas médicas que existen, ni un médico entre cien la habría enviado a hacerse una mamografía con los síntomas que expuso y la exploración que le realicé.
– Lo siento -me disculpé.
– No pasa nada. Además, aún no lo has oído todo. Ghislaine se animó y dijo que probablemente su preocupación era excesiva. Entonces se puso la camisa y me dijo que tenía algo para mí.
– El talonario de recetas.
– Exacto. Se puso dulce como la sacarina y me dijo que quería que me lo quedase porque sabía que haría mucho bien a mis pacientes con estas recetas. Luego, me pidió que le hiciera una de Valium.
– ¿Me tomas el pelo? -le pregunté, aunque sabía que no era así.
– Era lo más lógico. Ella sabía que no tenía un bulto en el pecho, pero pensó que si me ablandaba mostrándome sus encantos, yo haría lo que me pidiera. Ignoro si el Valium era para ella, o si tiene un novio que se dedica a venderlo. Tampoco se lo pregunté.
– Y le dijiste que no, por supuesto -comenté. Por fin entendía el motivo del gesto de irritación de Ghislaine durante nuestro encuentro en el restaurante, cuando yo había sacado a relucir por primera vez el nombre de «Cisco».
– Le respondí que no, que no pensaba meterme en un lío por falsificación de recetas, ni siquiera para ayudar a mis pacientes. Entonces me pidió que le devolviera el talonario. Y me negué. Yo no pensaba utilizarlo, pero no veía ninguna razón para dárselo. -Cicero hizo una pausa, recordando-. A continuación, me preguntó qué ocurriría si me delataba a la poli. Le respondí que lo mismo que si yo les contaba que ella había robado un talonario de recetas; por lo tanto, sería mejor que ambos fingiéramos que aquel episodio no había ocurrido nunca. Se puso en pie y dijo que muy bien, que me lo quedase. A mí seguía preocupándome que me delatara y le dije que volviera a coger los cuarenta dólares. Lo hizo y se marchó.
– Caray -dije.
– Cuando cogió el dinero, me preguntó si siempre había sido parapléjico. Le respondí que no. Y entonces dijo: «Supongo que por eso puedes dejar escapar cuarenta dólares. Como el aparato no te funciona, ya no necesitas dar dinero a cambio de sexo».
Me sobresalté. Cuando alguien es capaz de repetir textualmente unas palabras como había hecho Cicero, es que han rebotado en su interior como los fragmentos de una bala de punta hueca.
– Eh, no pongas esa cara -me tranquilizó Cicero-. Esa chica es una ignorante.
La verdad es que yo había sido casi tan ingenua como Ghislaine y me había quedado pasmada cuando Cicero había guiado mi mano por su cuerpo hasta que noté que el pene se le ponía duro al contacto con ella. Después me había explicado qué eran las erecciones reflejas.
– La ignorancia puede disculparse -observé-, pero el resentimiento es distinto.
– Lo más probable es que esa chica no se sienta muy a gusto consigo misma -comentó Cicero-. A las personas crueles suele ocurrirles.
– Qué generoso eres… -murmuré.
– ¿Y qué tiene eso de malo? -inquirió.
– Vivimos en un mundo en el que la benevolencia ya no tiene recompensa -respondí, contemplando desde la ventana la ciudad a nuestros pies-, si es que alguna vez la ha tenido.
La primera jornada que volví a trabajar en el turno de día convencional fue tan improductiva como cabía esperar. Me presenté en comisaría con unas ojeras considerables y, con la ayuda del café, conseguí que mi reloj interno se adaptara un poco al cambio de horario. En la pausa para el almuerzo, acudí a Servicios Sociales a informar de la situación de riesgo en que se hallaban los hermanos Hennessy, menores de edad. Al principio, me sentí como si estuviera traicionando a Marlinchen, pero enseguida superé la sensación. Para eso estaba el sistema, para ayudar a personas como ella, y mi informe formaba parte de esa ayuda.
El trabajo más importante del día fue un robo. Acudí a la llamada e interrogué a los testigos. Los detalles me resultaron familiares: dos chicos blancos con medias de nailon en la cara que habían atracado una tienda a punta de pistola. El modus operandi era bastante similar al del caso que había investigado la semana anterior. «Nos encantan las pautas repetitivas -dije imaginariamente a dos atracadores anónimos mientras archivaba las dos denuncias en la misma carpeta-. Seguid adelante, no cambiéis. Algún día nos encontraremos.»Sonó el teléfono y lo cogí, sin dejar de pensar en los jóvenes ladrones.
– ¿Señora Pribek? -Era obvio que la voz me llegaba a través de una conferencia de larga distancia-. Soy Pete Benjamín.
– Señor Benjamin -dije. Era el amigo de Hugh Hennessy que había acogido a Aidan-. Gracias por devolverme la llamada.
– Ya he hablado con las autoridades, señora Pribek -contó Benjamin-. Me encantará explicarle lo que le dije al señor Fredericks. Aidan no ha desaparecido. Se marchó por voluntad propia, lo cual es triste pero no insólito. Es larga la lista de muchachos que se fugan cuando se hartan del estilo de vida que les brinda el campo, y Aidan, a diferencia de muchos chicos, ni siquiera tiene vínculos familiares que lo aten a este lugar.
Al ver que no continuaba hablando, le pregunté:
– Pero, ¿qué piensa que lo impulsó a marchar, concretamente?
– Bueno, como ya le he dicho, a los jóvenes, la vida de campo no los satisface.
– Aparte de eso, quiero decir -insistí.
– No comprendo por qué tiene que haber algo más -murmuró tras unos instantes de silencio.
– Se lo plantearé de otra manera: ¿había hablado usted con Aidan de los temas que le preocupaban?
– Aidan y yo hablábamos cada día -contestó Benjamin.
Dejé que el silencio pusiera de relieve el carácter evasivo de su respuesta.
– Yo no era su padre, pero si el chico hubiese tenido algún problema, creo que lo habría sabido -añadió Benjamin.
– Si me permite la pregunta -proseguí-, ¿por qué accedió a hacerse cargo del hijo mayor de Hugh Hennessy? Es una gran responsabilidad, incluso para un amigo de la familia.
– Bueno -dijo Benjamin-, Hugh y yo somos amigos desde hace mucho tiempo. Nuestras familias se conocían y crecimos juntos en el mismo barrio de Atlanta. -Hizo una pausa-. Siempre he sido muy aficionado a la literatura, de manera que, aparte de ser un amigo de la infancia, también podría decirse que soy un admirador de su obra.
– ¿Visitaba con frecuencia la casa de Hugh? ¿Era usted para Aidan una figura familiar?
– En realidad, no -respondió, después de un nuevo silencio-. Hugh y yo estuvimos muy unidos durante la juventud, pero luego se marchó a vivir al norte y yo heredé las tierras y me dediqué a trabajarlas. De adultos apenas nos hemos visto. -Anticipó mi siguiente pregunta y prosiguió-: Supongo que si Hugh pensó en mí para que me hiciera cargo de Aidan fue sobre todo porque tengo una granja grande que atiendo sin ayuda de nadie. A Hugh se le hacía muy cuesta arriba criar él solo a los cinco pequeños y yo, en cambio, no tengo hijos. Era un desequilibrio de fácil arreglo y, además, Hugh me mandaba dinero para las necesidades de Aidan, como el uniforme escolar y demás.
– ¿También le pagaba la manutención? -quise saber.
– No. Pensé que, como Aidan me ayudaba en la granja, no era necesario -Benjamín carraspeó-. Tengo que aclarar que los trabajos que le encomendaba al chico no eran excesivos y que siempre procuré que tuviera tiempo para hacer los deberes y para que se relacionara con otra gente, aunque nunca se mostró muy sociable.
– Bien. ¿Y qué cree que impulsó a Hugh a enviar al chico a la granja?
Читать дальше