He aquí la historia que hilé con todo aquello:
Hugh Hennessy nació en 1960 en un barrio acomodado de Atlanta. Su padre era un cardiocirujano que había jugado a fútbol americano en la universidad y cuyas aficiones de adulto habían sido la caza y la pesca. Su madre nunca trabajó fuera de casa. Si el matrimonio pasaba por dificultades, como Hugh dio a entender más tarde en Crepúsculo, no se trataba del tipo de problemas que implican una visita de la policía. Durante su juventud, Hugh tampoco fue conflictivo, al menos no tenía antecedentes policiales ni constaba nada al respecto en su expediente académico. Hugh destacó en todos sus estudios. Aunque su constitución delgada no le permitió formar parte del equipo de fútbol, fue un luchador agresivo que logró buenas marcas en su categoría de peso.
A pesar de la posición acomodada de sus padres, el Emory College le concedió una beca académica parcial. Fue en el Emory donde Hugh Hennessy conoció a los que se convertirían en sus más fieles compañeros. Uno era J. D. Campion, un muchacho medio indio lakota de Dakota del Sur y también estudiante de literatura. La otra era Elisabeth Baumann, alemana de nacimiento, que estudiaba antropología y folclore.
Durante los dos primeros cursos formaron un terceto inseparable. Después, Campion y Hennessy dejaron los estudios, para consternación de los padres de Hugh, y ambos decidieron recorrer el país, como habían hecho los jóvenes literatos de la generación anterior.
La víspera de su partida, Hennessy se casó con Elisabeth Baumann. Ambos tenían diecinueve años y aquellas prisas dieron origen a una serie de rumores acerca de que ella estaba embarazada, unas habladurías que con el tiempo se demostraron infundadas. Al parecer, la prisa de la boda se debía a motivos emocionales, no físicos. Ella continuó asistiendo a clase, con una sencilla alianza de plata en el dedo y sin que le creciera la tripa, mientras Hennessy se embarcaba en un viaje de descubrimiento de sí mismo en compañía de Campion.
Refinaron taconita en las montañas de Minnesota; cosecharon trigo en Dakota del Sur; trabajaron en los astilleros de Duluth, otrora ciudad fronteriza sin ley; viajaron al sur para conocer Nueva Orleans, donde los bisabuelos de Hennessy se habían establecido al llegar a América, y trabajaron en los muelles. Allí, fueron arrestados en una pelea que estalló en un bar de clase obrera. Juzgándolos con benevolencia, se habría dicho que se dedicaban a recoger material para sus futuros libros, pero si se contemplaba la situación con algo más de cinismo, lo que hacían era crearse una leyenda.
En el reportaje de Healy había fotos tamaño carnet de su estancia en Nueva Orleans. Campion, moreno y delgado, aparecía resignado y huraño, pero Hennessy sonreía.
Aquella sonrisa me tuvo intrigada un minuto pero, de repente, comprendí: a Hugh Hennessy, chico de clase media bien educado, le habían dicho toda su vida que sonriese cuando le tomaran una fotografía y el gesto le salía automáticamente.
En algún momento de ese período, Hennessy comenzó a trabajar en Crepúsculo, para el que se inspiró en el tipo de vida que, como miembros de la clase media, llevaban sus padres en Atlanta. Al cabo de un tiempo, se sintió tan seguro de las posibilidades de la novela que regresó a su ciudad para terminarla e intentar publicarla. Elisabeth, que ya se había graduado, mantuvo económicamente a su marido mientras éste concluía su primera obra en pleno frenesí creativo y la mandaba a distintos agentes. Por entonces tenía veinticuatro años. Al cabo de un tiempo, le compraron los derechos de publicación y Crepúsculo se presentó en las librerías, siendo aclamado por los críticos como una «obra singular».
Como recordaban los amigos de los padres de Hennessy (cuando Healy hizo el reportaje ambos habían muerto ya), el libro propició que las relaciones entre éstos y el hijo se enfriaran por completo. No fue ninguna sorpresa. Lo que sí sorprendió a Hennessy fue la acogida que tuvo la novela en su ciudad natal.
«Crepúsculo fue interpretado, o tal vez malinterpretado, como una condena sin paliativos de las costumbres y prioridades del nuevo Sur -escribió Healy-. Las reseñas del libro fueron claramente más frías en la prensa del Sur. Es fácil imaginar cómo encajaron la novela los amigos y vecinos de Hennessy en Atlanta y, haciendo bueno el dicho de "nadie es profeta en su tierra", se fue a vivir lo más al norte que pudo, a Minnesota.»Mineápolis constituyó un nuevo capítulo en la vida de los Hennessy. Cuando el dinero de las ventas de Crepúsculo empezó a llegar, Elisabeth dejó de trabajar y volvió a la universidad para completar los estudios de licenciatura. La pareja compró una casa en el lago Minnetonka y Hugh comenzó a trabajar en su segundo libro.
En él utilizó de nuevo personajes de ficción, aunque se inspiró en su árbol genealógico. Los protagonistas de El canal «tienen una vida sucesivamente alegre y tormentosa, mientras que la atmósfera de Crepúsculo es asfixiante». Los inmigrantes Aidan y Maeve Hennessy tuvieron varios hijos y el escritor se entretuvo con la vida de todos, aunque los dos personajes de la familia que más le atrajeron fueron dos tíos abuelos que, en su tiempo, fueron elementos destacados del hampa de la ciudad. El mejor -o peor- momento de este par llegó cuando participaron en una audaz serie de asaltos a camiones por los que nunca llegaron a detenerlos. Si Hugh se cuestionó moralmente alguna vez tal estilo de vida o si se planteó que podían haber encontrado alternativas a aquella existencia de robos y violencia, en El canal no aparecen dichas reflexiones. Dejándose llevar por la atracción que sienten los escritores hacia los objetos del mundo de la ficción, compró dos revólveres restaurados como los que sus tíos abuelos habían utilizado. En una foto del estudio de Hugh publicada en uno de los reportajes aparecían esas armas.
El canal consolidó su fama de escritor de prestigio. Fue una de esas raras obras de la narrativa actual aplaudida por los mejores críticos y leída en los metros y en las playas. Llegó al número uno en la lista de ventas y se mantuvo en el puesto varias semanas.
Si hubiese que elegir un calificativo para el mundo de los Hennessy en esa época, el más adecuado sería «fecundo». Su familia, su riqueza y su celebridad crecían y prosperaban en las tierras septentrionales de Minnesota. Hugh y Elisabeth eran famosos en la ciudad que los había adoptado y, en las entrevistas, él afirmaba que nunca se marcharían de allí. Había encontrado lo que siempre quiso: un poco de tierra donde echar raíces y la gran familia en la que le habría gustado crecer.
La esfera familiar funcionaba a pedir de boca. Elisabeth iba a dar a luz a su cuarto hijo en cinco años. Ya tenían unos gemelos de tres años y un bebé, Liam. El dinero no era problema. Si Crepúsculo le había aportado unos beneficios considerables, con El canal ganó aún más, y a Hugh lo invitaban a dar conferencias en las escuelas de las Ciudades Gemelas. Elisabeth y él organizaban fiestas con frecuencia y uno de los invitados asiduos a su casa era J. D. Campion. Dado que escribía poesía, no había tenido tanto éxito comercial como su amigo, pero su tercera colección de poemas, Camino de las sombras, había cosechado algunos premios. Se trataba de unos poemas muy líricos y a veces intensamente eróticos y, durante un tiempo, fue el libro perfecto para los universitarios que querían ligar. Sólo tenían que sacarlo de la mochila en un café y hundir la nariz en él. Los críticos se ocuparon mucho de aquella amistad literaria: el inquieto poeta desarraigado y el hombre familiar y tradicional, felizmente casado, se complementaban a la perfección a los ojos del público.
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