– Todos mis hermanos están al corriente de la situación -replicó-. Podemos hablar ahora.
– Muy bien -asentí-. Empecemos con una pregunta general: ¿por qué Aidan no vivía en esta casa?
– Papá es viudo. -Marlinchen peinó con los dedos los cabellos de Donal hasta que encontró un mechón que sobresalía y lo cortó-. Criaba a cinco niños pequeños. Eran demasiados -añadió-. Aidan era el mayor y el mejor preparado para adaptarse al mundo exterior.
– Creía que Aidan y tú erais gemelos -comenté.
– Siempre cometo el error de decir que Aidan es el mayor -comentó Marlinchen con una sonrisa-. No sé por qué, ya que sólo nació cincuenta y siete minutos antes que yo. -Alisó el pelo de Donal encima de la oreja, cogió otro mechón grueso y lo cortó-. Además, es irónico, porque Aidan tuvo que repetir cuarto curso y, desde entonces, mucha gente pensaba que era menor que yo.
Aquello no me decía nada e intenté volver a mi pregunta.
– ¿Y ésa fue la única razón de que lo mandaran lejos de casa? -reiteré-. ¿Que tu padre tenía demasiados hijos que mantener?
– ¿Tiene usted hijos, detective Pribek? -preguntó Marlinchen. En su voz se advertía el leve tono condescendiente que utilizan las madres cuando formulan aquella pregunta a sus amigas solteras.
– No -reconocí.
– Claro. Yo tampoco, pero sé que es muy difícil criar a cinco niños si estás solo. Papá lo intentó, pero no podía con todo: sus clases, su carrera literaria… A veces también sufría unos dolores muy intensos, una hernia discal. Tenía episodios que lo dejaban casi incapacitado. -Cayó otro mechón de cabello-. Después padeció una úlcera, supongo que de la tensión de tener que trabajar y cuidar de la familia.
– Ya… -dije, evasiva-. ¿Cuándo fue la última vez que recibisteis noticias de Aidan?
– En realidad, nunca las hemos tenido -respondió Marlinchen. Tenía los ojos clavados en su trabajo-. La última vez que lo vi fue cuando se marchó a Illinois.
Otra mecha fina de pelo castaño cayó suavemente al suelo.
– ¿Illinois? -inquirí.
– Antes de irse a Georgia, vivió con nuestra tía Brigitte en una casa a las afueras de Rockford, Illinois -explicó Marlinchen-. Se habría quedado allí, pero tía Brigitte murió al cabo de cinco meses y entonces fue cuando Pete Benjamín se ofreció para acoger a Aidan en su granja.
– ¿De qué murió tu tía?
– Tuvo un accidente de coche.
– Y tu padre y Pete Benjamín, ¿de qué se conocen? -pregunté.
– Se criaron juntos en Atlanta -contestó-. Pete heredó muchas tierras y se dedicó a trabajarlas. Papá fue a la universidad y el resto ya lo conoce. -Hizo una pausa para concentrarse y siguió cortando mechones-. Creo que papá pensó que Aidan aprendería mucho viviendo en una granja. Papá dejó la universidad a los veinte años y tuvo muchos trabajos distintos, muchos de ellos manuales y algunos en el campo. Dijo que había aprendido más sobre la vida trabajando por ahí que en la universidad.
Marlinchen peinó a Donal con raya en medio y estudió cómo quedaba el corte.
– ¿Lo ve igualado, detective Pribek?
– Sí. Creo que sí.
– Venga, cariño, ya está. -Marlinchen le quitó la toalla de playa.
– Por fin -dijo Donal-. ¿Puedo comerme un polo?
– Sí, supongo que sí -respondió su hermana.
Mientras Donal asaltaba el frigorífico y se marchaba, pregunté a Marlinchen:
– ¿Sabes algo de los amigos de Aidan en Georgia, o de sus aficiones? ¿Dónde puede haber ido?
– Ya me gustaría -dijo Marlinchen sacudiendo la cabeza-. Quizá el señor Benjamín pueda ayudarla en eso.
– Buena idea. Necesitaré su teléfono. Y también me convendría tener una foto de Aidan.
Arriba, la primera puerta del pasillo daba a la habitación de Marlinchen. Una vez dentro, la muchacha se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y, deslizando la mano debajo de la cama, sacó una caja de madera cubierta de polvo y abrió la tapa.
– Sólo tardaré un momento -aseguró.
Mientras Marlinchen rebuscaba en el interior de la caja, yo estudié su alcoba. Estaba limpia y ordenada; no esperaba encontrarla de otra manera. La cama estaba perfectamente hecha y cubierta con una colcha de ganchillo de color crema. El escritorio, pintado del mismo color, estaba orientado hacia la ventana y en él destacaba un juego de escritorio listo para usar, decorado con una pluma de avestruz al estilo antiguo. Era bonito pero, sin duda, en realidad trabajaba con el ordenador portátil, que, por su aspecto moderno, rompía con la estética de la mesa.
– ¿Te dedicas a escribir? -pregunté-. Aparte de los trabajos de clase, quiero decir.
– No -respondió Marlinchen, sacudiendo la cabeza y sin levantar la vista de la caja-. Es Liam quien escribe.
Sobre la cómoda había dos fotos enmarcadas. Una de ellas era una instantánea de Marlinchen entre sus compañeros de clase en lo que parecía una excursión escolar a un partido de los Twins, y en la otra aparecía con sus tres hermanos menores junto a un arroyo. Para tratarse del dormitorio de una adolescente de clase media, el número de recuerdos de valor sentimental era sorprendentemente reducido. Debido a mi trabajo en Personas Desaparecidas, había estado en unos cuantos dormitorios de chicas adolescentes y había visto exposiciones que me habían hecho desear ser accionista de la Kodak: ligues, fiestas de final de curso, excursiones escolares o fines de semana en casas de amigas, todo grabado para la posteridad en instantáneas.
La voz de Marlinchen interrumpió mis cavilaciones.
– Aquí hay una de Aidan.
La foto Polaroid mostraba a un niño de unos once años, de pie, junto a un columpio que colgaba del sauce que yo había visto en el otro extremo del jardín. Era obvio que el muchacho de la foto iba a ser muy alto, más alto que Hugh Hennessy, pensé. Y aunque era un detalle que no saltaba a la vista, si te fijabas, veías un pequeño nudo de carne rosada en el lugar donde tendría que haber estado el dedo meñique.
Por lo demás, Aidan Hennessy era guapo, rubio, con los ojos azules como su hermana, y posaba con expresión seria.
– Oye -le dije-, ¿y no tienes una foto más reciente de tu hermano?
– No. ¿Es un inconveniente?
– Sí. Entre los doce y los diecisiete años, los jóvenes cambian mucho. Se les oscurece el cabello y, al perder la grasa infantil, la forma de la cara también varía. A veces engordan, y además, se decoloran el pelo, se lo tiñen y se hacen piercings.
– No creo que Aidan haya hecho nada de eso -replicó su hermana-. Y además, es muy fácil identificarlo. No hay más que mirarle la mano.
– Sí, supongo que tienes razón -convine-. Por cierto, ¿qué sucedió?
– Le mordió un perro -respondió Marlinchen.
– ¡Huy! -exclamé-. ¿Cuántos años tenía?
– Tres, quizá cuatro -respondió Marlinchen-. No recuerdo gran cosa del incidente, salvo que estuvo mucho tiempo en el hospital y que, cuando volvió, su mano me daba miedo. Me echaba a llorar y no quería jugar con él.
– ¿De veras? -me extrañé. Sin embargo, tal vez no fuera tan raro que una niñita reaccionara así ante la terrible lesión de su hermano-. Dime una cosa más: ¿cómo descubriste que Aidan había escapado de la granja de Georgia?
– Ah, eso -asintió Marlinchen-. Por correo electrónico. Después de que papá tuviera el ataque, durante unos días pasé mucho tiempo aquí, revisando sus papeles, los informes financieros y demás. Leí los mensajes de su ordenador y entre los que guardaba en la carpeta había unos que se enviaron hace un año. Ya sabes, esos que se quedan sin borrar.
– ¿Y tienes su contraseña?
– No, la contraseña aparece automáticamente en el momento en que te conectas, en forma de asteriscos. Sabes a qué me refiero, ¿no?
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