Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Cuando salía, en la penumbra, estuve a punto de tropezar con algo. Era una caja de trastos vieja y destartalada. Contenía las herramientas que, a diferencia de la llave inglesa o los alicates, no se utilizaban con asiduidad. No necesitaba abrirla para saber que contenía algo más: una pistola del calibre 25 sin registrar, chapada en plata barata.

Me la había entregado Deb, la hermana de Genevieve, hacía tanto tiempo que parecía que habían transcurrido cien años. Deb me había dado una explicación de lo más inocente: la pistola era una reliquia de la época que había vivido en un barrio conflictivo del este de Sant Louis. Hacía mucho que quería librarse del arma y yo le había prometido que me ocuparía de ello pero, inmediatamente después, la desaparición de Shiloh y nuestros problemas subsiguientes habían borrado de mi mente la promesa. Había escondido el arma en el sótano y allí se había quedado. En vista de las sospechas que había despertado en el caso de Royce Stewart, pensé que no podía llevarla al trabajo y entregársela a los técnicos de pruebas para que la destruyeran, y mucho menos ahora que Gray Díaz estaba en la ciudad.

Aparté la caja con el pie y decidí que debía ocuparme de la pistola cuanto antes, pero no ese día.

De vuelta en la cocina, me comí toda la lata de peras con un poco de queso rallado encima. Ya había empezado la compota de manzana cuando oí que llamaban a la puerta.

Los visillos de la mitad superior de la puerta eran muy finos y a través de ellos divisé un ancho torso masculino. Los aparté un poco y vi que se trataba del detective Van Noord, a quien había pedido disculpas el día anterior al marcharme apresuradamente del trabajo.

– ¿Qué sucede? -pregunté, abriendo la puerta.

– Me ha enviado Prewitt para ver si estabas aquí -respondió-. No podíamos contactar contigo.

– Es mi día libre -repliqué-. ¿Ocurre algo?

Me refería a alguna emergencia o peligro para la seguridad pública, situaciones en las que se necesita a todos los agentes, pero era una tarde tranquila y no se oían sirenas en la distancia.

– No, nada de eso -respondió Van Noord-, pero ayer te fuiste tan de repente, a medio turno, que Prewitt se quedó preocupado. Me ha pedido que comprobara que estás bien.

– Estaba enferma -expliqué lisa y llanamente-. Ayer te lo conté.

– Sí, ya lo sé, y yo se lo he dicho a él, pero de todos modos me ha pedido que me pusiera en contacto contigo. Como no te localizaba, ni en el móvil ni en el busca…

– ¿Y por qué no has llamado al teléfono de casa? -me extrañé.

– Lo hice, pero comunicabas.

– Lo tengo descolgado. -Recordé la decisión que había tomado al volver a casa de madrugada-. Lo siento, no era mi intención preocupar a nadie.

De todos modos, seguía pareciéndome absurdo que Prewitt hubiese mandado a Van Noord a casa.

– ¿Os falta gente? -pregunté de nuevo-. Ya me siento mucho mejor que ayer. Si me necesitáis…

– No, no -aseguró, rechazando mi ofrecimiento con un ademán-. Tú te quedas en casa y cuidas bien ese oído. Pero podrías conectar el móvil… Por si te necesitamos.

– Cuenta con ello -asentí.

Cuando se marchó, fui a la cocina y colgué el teléfono. Luego me serví agua y tomé la primera dosis de antibiótico. Los había comprado al salir de casa de Cicero, en una farmacia de esas que están abiertas las veinticuatro horas, ante cuyo mostrador había esperado con un aire de despreocupación tan forzado que cualquiera que hubiese prestado atención se habría dado cuenta de mi paranoia.

El mundo se había vuelto loco, pensé. Yo iba a comprar antibióticos con una receta falsa y el teniente Prewitt mandaba a sus detectives a controlar al personal enfermo. La persona más cuerda con la que había tratado en las últimas cuarenta y ocho horas era Cicero Ruiz.

Cicero. Éste sí que era un problema.

En el breve tiempo que hacía que lo conocía, no sólo lo había visto realizar un reconocimiento y ofrecer consejos médicos, sino también llevar a cabo algo que podía calificarse de cirugía menor. Luego, me había confiado que tenía un bloc de recetas y me había extendido una. Yo sólo contaba con su palabra de que lo mío era una excepción. Cicero se había inculpado completamente y por su propia voluntad, como si yo le hubiera escrito un guión y él se hubiese limitado a seguirlo. Pero no podía delatarlo, al menos de momento, porque había dado mi palabra de que no lo haría.

Él había conseguido arrancarme aquella palabra sólo con respecto a la receta ilegal y a la posibilidad de que me pillasen con ella pero, en principio, mi promesa había sido más amplia. «A mí no tiene que ocurrirme nada», había dicho Cicero. Y yo le había prometido que no tendría problemas con la ley por mi culpa.

Aun en el caso de que no hubiera hecho esa promesa, ¿me encontraría ahora en terreno más firme? El quid de la cuestión era mi propia conducta. Yo no había fingido la infección de oído; había acudido a Cicero para que me curara y había aceptado los cuidados médicos que me había dispensado, lo cual, éticamente, equivalía a comprar mercancía robada a un perista o hacer apuestas con un corredor ilegal. Además, había participado en un fraude de recetas. Y por si fuera poco, había mantenido relaciones sexuales con un sospechoso.

La cuestión era que ahora no podía delatarlo. Me había saltado demasiadas normas.

Capítulo 10

– Lo siento mucho -dije.

Me encontraba a la puerta de los Hennessy. Más menuda de lo que la recordaba, Marlinchen había acudido a abrirme con unos vaqueros descoloridos y una especie de camiseta infantil que llevaba un corazón dibujado en el centro. Con circunspecta paciencia, había escuchado mis excusas por haberme retrasado veinticuatro horas en nuestra cita, a causa de la afección del oído.

No había vuelto a acordarme de mi promesa de ir a verla y hablar con ella hasta la tarde anterior a última hora. Lo que me hacía sentir peor era que, cuando había mirado los mensajes en el móvil, no había encontrado ninguno de ella. Sin duda, me había tomado por uno de tantos adultos para los que ella y sus problemas eran insignificantes.

– Creía que había cambiado de idea -adujo Marlinchen-. Como insistió tanto en que el caso de Aidan no es de su jurisdicción…

– Sí, pero no iba a darte el esquinazo. ¿Puedo pasar, o he llegado en un mal momento?

– Pase -dijo Marlinchen, haciéndose un lado para que entrase en el recibidor-. Pero pensaba que trabajaba por la tarde y por la noche.

– Sí, pero hoy es mi día libre -expliqué-. En cualquier caso, pronto volveré a hacer turnos de día.

Marlinchen me acompañó a la cocina y a la sala familiar donde habíamos estado antes. No se oía ruido de actividad en ningún rincón de la casa pero, por la vitalidad que se respiraba en el aire, los niños debían de rondar por allí.

La cocina estaba ocupada, pero no por una persona que estuviera cocinando o comiendo. A quien vi allí fue a Donal, sentado en una silla bajo cuyas patas había sendos tomos de enciclopedia y envuelto en una toalla de playa que le cubría el pecho y los hombros. En la mesa cercana había unas tijeras y en el suelo, alrededor de las patas de la silla, se veía una pequeña corona de cabellos castaño claro.

– Donal, te acuerdas de la detective Pribek, ¿verdad? -dijo Marlinchen, cogiendo las tijeras.

– Hola -me saludó Donal.

– Hola, ¿qué tal? -respondí yo. Al estudiarlo más de cerca, vi que no aparentaba los once años que tenía y que su rostro todavía poseía la piel suave y rosada de la infancia.

– Tal vez debería esperar a que terminaras de cortarle el pelo -sugerí, volviéndome hacia Marlinchen^-, antes de comentar lo que hablamos el otro día.

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