Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Junto al lavamanos había colgada una sola toalla y no vi ninguna manopla. Abrí el grifo y dejé que un hilillo de agua llenara la pileta. Metí los dedos y luego me los pasé por la cara y el cuello. Después los froté con la pastilla de jabón y me los llevé de nuevo al cuello, donde se formó una pequeña capa de espuma. Volví a poner los dedos bajo el grifo y me aclaré lo mejor que pude, aunque no conseguí evitar que un reguero de agua me resbalara por el cuello. Presioné el grueso tejido de la camisa contra la piel para secarme.

Cuando salí, Cicero limpiaba la mesa de exploración. Lo miré sin saber bien qué decir.

– Me siento bastante mejor -mentí.

Sin embargo, él me observó con expresión inquisitiva, de un modo que me llamó la atención.

– ¿Qué ocurre? -pregunté.

– Que no estás en condiciones de coger el coche -respondió.

– Ya lo sé -me apresuré a replicar. Parecía que con el dolor había remitido la borrachera, pero era una percepción equivocada. Llevaba una buena cogorza.

– Tendrías que echarte a dormir -señaló Cicero.

– ¿Dónde? ¿En la mesa de exploración? -pregunté.

Cicero suspiró, se quitó el pañuelo de la cabeza y se soltó la coleta.

– No -respondió al cabo.

– ¿Dónde, entonces?

– Mira -dijo-, éste es un ofrecimiento que no suelo hacer, pero te dejaré dormir en mi cuarto.

– ¿De veras? -Advertí que la idea lo incomodaba un poco, y para ser sincera a mí también, pero sabía que tenía razón. No podía conducir hasta que se me pasara la borrachera.

Se dirigió hacia su cuarto y yo lo seguí. Abrió la puerta y encendió la luz.

Vi una estrecha cama individual cubierta con una colcha marrón canela y, en la pared, una foto del Yosemite en blanco y negro, de Ansel Adams. Medio escondido bajo la cama, guardaba un juego de pesas de mano de ocho kilos cada una. Junto a la pared había una mesa baja y estrecha, casi un estante, llena de fotos de familia. Algunas eran bastante antiguas, en blanco y negro.

– ¡Qué bonito! -comenté.

– Lo de ahí fuera es mi despacho -explicó Cisco- y ésta es toda la casa.

Lo seguí. A nuestra derecha había un armario con puertas correderas de espejo, en el cual se reflejaron una policía borracha perdida y un delincuente altruista. Sobresaltada, aparté la mirada.

– ¿Por qué no enciendes la luz del escritorio? -sugirió Cicero-. Es muy tenue y no te molestará para dormir. Y si después quieres cerrarla, podrás hacerlo desde la cama, en cambio la del techo, no.

Me acerqué a la mesa e hice lo que me había recomendado. Cicero apagó la brillante luz del techo y la habitación adquirió un tono suave y dorado.

– Si quieres, también puedes cerrar la persiana, pero estamos en el piso veintiséis y aquí nadie te ve. Yo siempre duermo con la persiana abierta -explicó.

Cuando empezaba a marcharse, me volví y pregunté. -¿Y tú?

– Yo, ¿qué?

– No irás a dormir en la mesa de exploración, ¿verdad?

– No, no te preocupes -respondió Cisco tras una carcajada-. Siempre me acuesto muy tarde.

– Pero…

– Si al final tengo ganas de acostarme, te despertaré y te echaré de la cama de una patada. No soy la madre Teresa.

Cuando hubo salido, me quité el jersey y los pantalones y me quedé en camiseta y ropa interior. Me pregunté si era correcto que me metiese en la cama o sería mejor que me tumbase encima. Una cama era algo muy personal, pero no quería despertarme al cabo de una hora muerta de frío.

Decidí, a modo de experimento, meterme entre la colcha y la manta, un punto intermedio que a mi mente embotada por el alcohol y el cansancio le pareció sensato, y apagué la luz.

Al cabo de un tiempo indeterminado, me desperté en la oscuridad. ¿Dónde demonios estaba? Oí voces masculinas adultas al otro lado de la pared y el sonido me llenó de un pánico que no comprendí. El ritmo del corazón, lento debido al sueño, se aceleró.

Entonces, entendí dos palabras, pecho y fiebre [1] . Reconocí la voz de Cicero Ruiz y oí la tos ronca de un niño. Cerré los ojos y me volví a dormir.

Cuando alcé de nuevo la cabeza, tuve la sensación de que habían transcurrido muchas horas. Sin embargo, algo me había despertado y miré a mi alrededor. Allí estaba la silueta de Cicero bajo una luz muy tenue y vacilante. Lo vi colocar una vela encendida en el estante de las fotos de familia, y ya había otra vela en la mesa, con la llama quieta y estable.

– ¿Qué…? -empecé a decir.

– Ha habido tormenta -explicó- y se ha ido la luz. Temía que te despertaras a oscuras en un sitio desconocido y no encontraras el camino.

– ¡Oh! -exclamé sentándome en la cama. Me froté la cara-. ¿Qué hora es?

– Casi las dos -respondió.

– Lo siento -me disculpé-. Tendrías que haberme despertado.

– Bueno, pues ya estás despierta. ¿Has dormido suficiente?

– Sí -asentí-. Me encuentro mucho mejor. ¿Puedo utilizar otra vez el baño?

Cicero me acercó la vela. Aparté la colcha y salté de la cama. Cuando se me ocurrió sentir cierta timidez por el hecho de ir medio desnuda, ya era un poco tarde; por otro lado, Cicero había visto de todo, que para eso era médico. Tomé la vela que me ofrecía.

Ya en el baño, abrí el armario y encontré dentífrico. Me puse un poco sobre la lengua y me froté los dientes y las encías con dos dedos. Luego la escupí y me enjugué la boca. Acto seguido, me mojé la cara. Aquel ritual me permitió sentirme de nuevo como un ser humano normal, gracias también a que el oído me dolía mucho menos. Me molestaba todavía, pero era una sensación mucho más soportable que el dolor agudo, las crepitaciones y los pinchazos del mediodía. Me aventuré a examinarme en el espejo. Esperaba descubrir unos ojos inyectados en sangre, pero me encontré con una mirada sorprendentemente clara.

Agarré la vela y volví a la habitación. La manera en que Cicero me miraba me resultó familiar.

– Me estás haciendo la prueba visual de la alcoholemia, ¿verdad?

– Quiero asegurarme de que estás en condiciones de conducir -respondió-. Siéntate y hablaremos un momento. Tengo que decirte dos cosas importantes.

Me senté en el borde de la cama y él se acercó.

– Primero: dentro de cuarenta y ocho horas quiero verte de nuevo para explorarte el oído y asegurarme de que se está curando bien.

Yo asentí.

– Segundo -prosiguió, cogiendo una hoja de papel-. Aquí tienes una receta de antibióticos. Es posible que tu cuerpo pueda superar esto sin penicilina, pero así lo hará más deprisa.

– Creía que tú no hacías recetas -comenté.

– Una paciente me ha traído el talonario -explicó Cicero-. Prefiero no saber de dónde lo ha sacado y no pienso utilizarlo, pero contigo haré una excepción. -Se detuvo un momento como para indicar que aquél era un asunto serio-. Te daré la receta, pero te impondré unas condiciones. Primera: no le dirás a nadie que aquí tengo un talonario. Yo nunca se lo cuento a nadie.

– No lo haré.

– Segunda: una receta de antibióticos no tiene por qué despertar las sospechas del farmacéutico. Las recetas fraudulentas no se utilizan para comprar antibióticos.

– ¿Quieres decir que hay probabilidades de que me arresten si voy a comprarlos con tu receta?

– Las probabilidades son muy escasas. Por lo general, a la gente que falsifica recetas se la descubre enseguida porque no sabe llenarlas. Los médicos y los farmacéuticos se comunican entre sí con un lenguaje propio. No resulta fácil falsificarlo y, desde luego, ésta la he llenado correctamente, a excepción de un detalle: el número de colegiado no es válido -explicó-. Si el farmacéutico sospecha, entrará en la trastienda, llamará a la poli y te entretendrá hasta que llegue.

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