– Sí -asentí.
– Lo único que tienes que hacer es darle a la tecla de «aceptar» -Marlinchen extendió la pierna que tenía cruzada bajo el otro muslo-. No es que leyera todos los mensajes, pero el asunto de éste, «Aidan», me llamó la atención. Lo abrí y vi que era una respuesta de Pete a papá, y que debajo estaba el mensaje original de mi padre.
¿Un granjero con correo electrónico? Bueno, ¿y por qué no?
– Los mensajes trataban sobre la fuga de Aidan. Me parece que hubo un malentendido con respecto a quién debía informar a la policía y, temiendo que ninguno de los dos lo hubiera hecho, me decidí a llamar al agente Fredericks, de Georgia.
Por lo que me había contado Fredericks, la comunicación entre Pete Benjamín y Hugh Hennessy no dejaba lugar a malentendidos: quedaba muy claro que Hugh se haría cargo del asunto de la fuga de su hijo. Sin embargo, no quise sacar el asunto a colación.
– Marlinchen -apunté, en cambio-, el agente Fredericks me dijo que Aidan ya había huido en otra ocasión y había regresado a Minnesota.
La chica asintió.
– Y tu padre lo mandó de vuelta, ¿verdad?
Marlinchen asintió de nuevo, con la vista fija en el suelo.
– ¿Sabes si se fugó por algún motivo concreto? -quise saber.
Respondió que no con la cabeza.
– ¿Estás segura? -la presioné.
– Supongo que nos echaba de menos. Se presentó en casa y papá lo envió de vuelta a Georgia, eso es todo. -Se mordió el labio inferior-. Detective Pribek, antes le he dicho que no sé nada de la vida que lleva Aidan y que no tengo noticias suyas… Soy consciente de que tal vez le parezca extraño que a Aidan lo enviaran lejos de casa y que hayamos tenido tan poco contacto con él, pero después de la muerte de mamá… Cambian tantas cosas en una familia después de que suceda algo así… A la gente le cuesta comprenderlo y creo que yo no consigo explicarme muy bien.
– No, no es tan difícil de comprender como crees -comenté-. Mi madre murió cuando yo era pequeña y después, al cumplir los trece años, mi padre me envió a Minnesota a casa de una tía abuela a la que no había visto nunca. Quizá suene muy triste, pero al final a mí me fue bien.
– Entonces, lo comprende -concluyó Marlinchen con un tono casi de alivio en la voz-. Veo que tenía razón cuando decidí que podía confiar en que usted me ayudaría.
– No estoy en condiciones de hacer gran cosa -advertí-. Me limitaré a buscar por teléfono y por ordenador una información que tú tardarías mucho más tiempo que yo en encontrar. No puedo ir a Illinois o a Georgia.
– Lo sé -se apresuró a decir Marlinchen-. Haga lo que haga, por poco que sea, se lo agradeceré.
– Entonces necesito hablar con tus hermanos.
El chico que estaba viendo la televisión en la sala era Colm. Cuando volví, allí seguía, tumbado en el sofá, vestido con un pantalón de deporte y una camiseta.
– Hola -dijo sin mirarme a los ojos.
La gran pantalla del televisor mostraba unos ejercicios de tiro al aire libre con un telón de fondo de frondosa vegetación que bien podía corresponder a la Costa Este. Hombres y mujeres jóvenes con camisa azul rodaban por el suelo, alzaban las armas y disparaban rápidamente a unos objetivos en forma de silueta negra.
– Es un especial sobre Quantico -explicó Colm-. Ahí es donde se preparan los agentes del FBI.
– Lo sé -repliqué, mirando la pantalla. Durante un instante, toda la juventud, corrección y promesa que los futuros agentes parecían encarnar, en un momento en que lo mejor de sus vidas profesionales estaba a punto de comenzar, me dejó paralizada y, durante unos segundos, se me encogió el ánimo ante aquellas imágenes.
Sacudí la cabeza para ahuyentarlas, me volví hacia Colm y le dije:
– ¿Podrías apagar la tele un par de minutos? Me gustaría hacerte algunas preguntas sobre tu hermano.
Colm rodó del sofá al suelo para apagar el televisor con el mando a distancia y yo me senté y abrí el bloc de notas.
– ¿Cuándo fue la última vez que viste a Aidan?
– Cuando se marchó -respondió, sentándose en el otro extremo del sofá.
– ¿Y desde entonces? ¿Alguna carta, alguna llamada telefónica?
Colm negó en silencio y se mordisqueó una uña.
– Por lo que sabes de él, ¿dónde crees que puede haber ido después de escapar?
Colm sacudió la cabeza de nuevo.
– ¿Podrías decirme por qué lo envió tu padre a otra casa, en vez de mandar a los dos hermanos gemelos o a uno de los pequeños?
– No lo sé -respondió Colm tras encogerse de hombros.
– ¿Nunca te lo has preguntado?
– Entonces yo tenía nueve años -contestó-. Nadie me contó nada.
– Gracias -dije, cerrando el bloc de notas.
– ¿Eso es todo? -se sorprendió.
– Sí. -Me puse en pie.
– Pero si no ha apuntado nada -objetó Colm.
– Este tipo de cosas como «no lo sé» o «tenía nueve años» no las anoto.
Colm parecía un tanto avergonzado.
– Si no has hablado con él ni has tenido noticias suyas, poco puedes contarme nada que yo no sepa -expliqué.
El chico encendió de nuevo el televisor. En la pantalla, los futuros agentes estaban aprendiendo a desmontar y limpiar sus armas. Me pregunté si a Colm Hennessy le llamaba la atención el trabajo policial, como ocurría con muchos chicos de su edad.
– Allí, en Quantico, son especialistas en el adiestramiento con las armas -le conté.
– Y usted, ¿qué pistola usa? -Apartó de la tele sus ojos azul claro y me miró.
– Una Smith & Wesson del calibre cuarenta.
– ¿Y no es demasiada pistola para una mujer? -comentó.
– ¿Cómo dices? -pregunté, aunque lo había oído perfectamente.
– Es una pistola muy grande -se limitó a decir, encogiéndose de hombros.
Estuve a punto de contarle que había sido la segunda mejor tiradora de mi promoción en la Academia. Sin embargo, que una detective del condado se enzarzara en una confrontación verbal con un chico al que debía de doblar en edad no haría sino rebajar su dignidad, por lo que me mordí la lengua y pregunté:
– ¿Te interesa el tiro?
– En realidad, no -respondió Colm-. Papá detesta las armas. En casa no tiene ninguna, ni siquiera para cazar. -Volvió a encogerse de hombros-. No importa. A mí me interesa más la lucha cuerpo a cuerpo.
Su tono despectivo me resultó irritante y me hizo saltar:
– ¿Con qué? ¿Con el mando a distancia del televisor?
Colm me miró en serio por primera vez, como si le hubiera mordido algún bicho que él había creído que no tenía boca. Desconcertado, apretó los labios y respondió:
– No, pero tengo un saco de boxeo. Y también unas pesas, en el garaje del fondo.
Encontré a Liam Hennesy en el piso de arriba, sentado ante el ordenador del estudio de su padre. Obtuve las mismas respuestas que me había dado Colm, sólo que con más palabras. Liam tampoco había tenido noticias de Aidan ni le había escrito desde que su hermano se marchó a Illinois, y también creía que lo habían enviado fuera de casa porque su padre no podía ocuparse de sus cinco hijos.
– Me parece raro que Aidan no venga en verano -señalé-, o por Navidad.
Liam miró fijamente la pantalla del ordenador, como si la respuesta estuviera allí. La luz azulada se reflejaba en sus gafas.
– En una granja, en verano es cuando hay más trabajo -adujo-, y no creo que Pete pueda prescindir de él. En cuanto a las Navidades, supongo que papá creía que Aidan necesitaba adaptarse a la granja de Pete y hacerse a la idea de que ése era su hogar.
– ¿Durante cinco años? No dejarlo venir de visita durante tanto tiempo me parece casi cruel.
Liam asintió despacio. Era obvio que se sentía incómodo.
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