Todavía asustada, Marlinchen se había apresurado a decir: «Ya lo sé, papá. Nosotros también te queremos». No había entendido qué había querido decirle. ¿Estaba todavía profundamente deprimido por la muerte de su madre? ¿Había insinuado que tenía tendencias suicidas? A partir de entonces y durante una buena temporada, a Marlinchen le costó conciliar el sueño o se despertaba en plena noche. En una ocasión, se levantó de la cama, recorrió el pasillo sin hacer ruido y asomó la cabeza en la habitación del padre para ver si estaba bien, si seguía respirando.
Poco después, ocurrió algo que pareció cambiarlo todo.
Una tarde, en la escuela, durante el recreo, vio a Aidan al otro lado de la alambrada. Él se llevó un dedo a los labios y, cuando Marlinchen volvía a casa, se lo encontró por el camino. El conductor del autobús escolar no se percató de que Aidan montaba en el vehículo con todos los demás chicos.
Marlinchen lo escondió durante dos días en el garaje del fondo. Le llevaba comida de hurtadillas y le consiguió una manta para que pudiera taparse cuando dormía tumbado en el asiento trasero del viejo BMW del padre.
El segundo día se lo contó a Liam. Después de la cena, llevaron la comida a Aidan y los tres hermanos se sentaron y hablaron. Casi todo lo dijo Aidan, y les contó cosas de la tía Brigitte, que lo había tratado bien aunque a veces resultase un poco pesada. Dijo que Pete Benjamín era un tipo correcto, pero que lo consideraba un absoluto desconocido y que, al cabo de dos semanas en la granja, se había sentido muy solo y había echado mucho de menos a sus hermanos. Les contó que, con el dinero que había ahorrado de una paga que le daba la tía Brigitte, había comprado un billete de autobús. Les habló del viaje nocturno, de la autopista que iba cobrando forma bajo los faros del vehículo, de la caminata que se había pegado todo el día hasta el colegio de Marlinchen. En el mundo crepuscular del garaje, las penalidades de Aidan adquirieron tintes de aventura.
Entonces se abrió la puerta y apareció Colm.
– ¿Qué está pasando? -preguntó.
Las tres caras se volvieron hacia él y la mirada de Colm se fijó en su hermano mayor. Se quedó sorprendido unos momentos; luego, su expresión se endureció y abrió la boca:
– Voy a contárselo a papá.
– ¡No, Colm! -Marlinchen se puso en pie, pero su hermano ya corría hacia la casa.
Cuando se presentó el padre y se detuvo en el umbral, su aspecto era atemorizador. Miró al hijo con el que estaba enemistado y asintió como si no se sorprendiera de verlo.
– Papá… -empezó a decir Marlinchen, pero tenía un nudo en la garganta que le impidió hablar.
– Déjalo, Marlinchen -dijo Hugh-. Ya me imaginaba que aparecería por aquí. -Entonces, se volvió hacia Aidan y añadió-: Mañana volverás a Georgia y, mientras tanto, ven a la casa. Esta noche puedes dormir en el sofá de la sala.
Marlinchen se sintió aliviada. Esperaba algo mucho peor. Aquella noche, hizo la cama a su hermano en el sofá de la sala y, cuando volvió a su cuarto, se durmió de inmediato. La tensión de los últimos días, escondiendo a Aidan, le había pasado factura. Todo había terminado y el cansancio la venció.
Pero no había pasado más de una hora cuando despertó otra vez y oyó los sonidos amortiguados de la ira que tan bien conocía. Con el corazón en un puño, bajó las escaleras.
Las cosas nunca habían llegado tan lejos. Aidan, sentado en el suelo de la cocina con la espalda apoyada en el frigorífico y la mitad de la cara ensangrentada, intentaba contener la hemorragia de la nariz rota y de la ceja partida. Junto a él estaba agachado su padre, que lo agarraba por un mechón de pelo sanguinolento con el rostro enajenado de rabia.
Le decía algo al oído. Luego, lo soltó y se incorporó.
Con gran dificultad y dolor, Aidan se puso en pie y escupió sangre y saliva al rostro de su padre.
Marlinchen fue presa del pánico ante la perspectiva de lo que podía ocurrir a continuación, pero su padre se limitó a limpiarse la cara y se marchó.
Marlinchen se agazapó en la oscuridad. El padre pasó por su lado sin verla. Ella se quedó sentada en el suelo, con los brazos alrededor de las rodillas, intentando contener las lágrimas. Desde donde estaba, se fijó en algo en lo que no había reparado antes. Entre el bosque de patas de sillas de la mesa del desayuno vio unos ojos brillantes que la miraban. Era Donal. Tenía cinco años. Estaba conmocionado.
Marlinchen supo enseguida lo que había ocurrido. Donal había bajado a la cocina a hurtadillas a coger algo que no debía, probablemente un pedazo de tarta de limón que la muchacha había preparado un rato antes. Cuando creyó que lo habían descubierto, se escondió debajo de la mesa y había estado allí todo el tiempo. Marlinchen no sabía qué había encendido la ira de su padre; la cuestión era que Donal lo había presenciado todo.
Fue en ese momento cuando Marlinchen tomó una decisión.
Lo mejor para Aidan sería que se marchase por la mañana, que fuera a vivir a dos mil kilómetros de distancia. De otro modo, la situación no haría más que seguir deteriorándose. Los más pequeños seguirían asistiendo a aquellas escenas y a otras peores, y Dios sabía que Aidan no estaría a salvo allí. En Georgia, sí. Por mal que le fuese con Pete Benjamín, estaría mejor con él que en casa.
Salió de su escondite, pasó junto a Aidan, que había vuelto a sentarse y seguía intentando detener la hemorragia de la nariz, y se acercó a Donal.
– Ven conmigo, cariño, sal de ahí -le dijo. Aunque ya era demasiado grande para que alguien del tamaño de su hermana lo levantara del suelo, Marlinchen lo consiguió, y el niño se acurrucó en sus brazos. Esperaba ver lágrimas en sus ojos, pero Donal no lloraba.
«Los niños pequeños se adaptan a todo», pensó mientras lo acostaba.
Ya no volvió a bajar y dejó a Aidan solo.
Un arco iris en la noche se publicó a finales de ese mismo año con un éxito aceptable de la crítica. Hugh pronunció conferencias y firmó ejemplares. Cuando salía de gira, enviaba postales desde todas las ciudades, aunque sólo pasara fuera una noche. Al año siguiente, un estudio cinematográfico adquirió los derechos de El canal. Con el anticipo, Hug compró una cabaña cerca del lago Tait, un lugar al que podía escapar para escribir, pero primero llevó de vacaciones a toda la familia. La úlcera e incluso el dolor de espalda parecieron remitir. Su estado de ánimo mejoró, hablaba y a veces hasta se reía en la mesa durante la cena.
– Eras muy pequeña -susurré-. No fue culpa tuya.
Después de contarme la historia, Marlinchen se deshizo en recriminaciones y en callados sollozos.
– Si le ha ocurrido algo -dijo-, será culpa mía. No le defendí y permití que ocurriera lo que ocurrió. No hice nada por impedirlo.
– Es que no podías hacer nada -la tranquilicé, dándole unas torpes palmaditas en los hombros que no paraban de temblar.
– Quería contártelo -comentó con voz más firme tras secarse las lágrimas y recuperar la compostura-, pero eso de las palizas… La primera vez que ocurre haces la vista gorda y rezas para que no vuelva a suceder. Después… Si no interviniste ayer, será más difícil que lo hagas mañana y aún más difícil pasado mañana y, al final, llega un punto en el que todo el mundo sabe que los demás lo saben, pero expresarlo en voz alta sería como…
– … romper todas las ventanas -terminé la frase.
– Sí -asintió ella-. Como romper todas las ventanas.
– ¿Y Liam y Colm? ¿Hablasteis de lo que dirías cuando yo os preguntase por qué habían mandado a Aidan lejos de casa?
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