Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Me habría tranquilizado dejarlo a buen recaudo en el Tribunal de Menores toda la noche porque, de ese modo, podría haberme ido a casa, dormir ocho horas, e interrogarlo de nuevo por la mañana. Sin embargo, no lo había arrestado; sólo lo había llevado al centro para interrogarlo y, para dejarlo allí, era preciso que lo detuviera.

Y no es que no pudiera hacerlo, habida cuenta de que la navaja era un arma ilegal, pero, según mis propias investigaciones, Aidan Hennessy todavía no había tenido problemas con la ley y, por tanto, carecía de antecedentes delictivos. Si lo acusaba de llevar un arma ilegal, tendría que abrir un expediente.

Empezaba a dolerme la cabeza. Cuando el juez Henderson me había adjudicado la responsabilidad de cuidar de los Hennessy durante unas semanas, ninguno de los dos había imaginado que su decisión nos llevaría hasta el punto de tener que tomar una determinación como aquélla en las dependencias del Tribunal de Menores a las tres de la madrugada. Sin embargo, yo había asumido la obligación y ahora no podía rehuirla. Y si bien era responsable del bienestar y la seguridad de Marlinchen y los pequeños, ¿no debía ampliarse también esa responsabilidad a Aidan? El también era un miembro de la familia, y era menor de edad.

Cuando volví a la sala de interrogatorios y Aidan vio mis manos vacías, me miró a la cara.

– Voy a llevarte a casa -anuncié.

Capítulo 23

Cuando Aidan y yo llegamos a la casa, no me sorprendió que Marlinchen estuviera despierta. Le echó los brazos al cuello y permanecieron abrazados un largo instante, hasta que tuve que volverme para que gozaran de aquel reencuentro en la intimidad.

Luego, fue a la cocina y le preparó algo de comer, dos emparedados calientes de atún y un vaso de leche gigante. Después, le hizo la cama en el sofá, donde el muchacho cayó rendido de cansancio. Cuando se durmió, Marlinchen se dirigió a mí.

– Gracias por haberlo traído -dijo.

– Ven, tenemos que hablar de esto. Subamos a la habitación -la insté.

Ya en el dormitorio de Hugh, me senté en el borde de la cama y Marlinchen lo hizo en el suelo, con las piernas cruzadas. Era como si hubiéramos rebobinado la escena hasta un momento previo de la velada.

– Escucha -empecé-, sé que Aidan es tu hermano y que su situación te ha creado sentimientos de culpabilidad y ansiedad, pero, ¿realmente conoces a la persona que está durmiendo en ese sofá? -Moví la cabeza hacia la puerta, indicando las escaleras y la planta baja donde Aidan descansaba-. Es lo mismo que te dije cuando me mostraste la foto. La época que va entre los doce y los diecisiete años es muy importante. La gente cambia mucho y Aidan ha vivido estos años en unas circunstancias de las que lo ignoramos casi todo.

Marlinchen me sonrió con condescendencia, como si yo fuera una niña que no comprendiera el mundo real.

– No tengo por qué saber dónde ha estado. Sé que se encuentra bien -sentenció.

– ¿Y cómo lo sabes?

– Porque lo sé -respondió Marlinchen. Sus pupilas, una vez más, se habían dilatado en la penumbra. Se la veía más joven y cándida que nunca.

– Yo no puedo dejarme llevar por las intuiciones de otra persona.

– Pero, ¿qué estás diciendo? -inquirió.

– En adelante, voy a pasar mucho tiempo aquí -expliqué. Había estado pensando en ello en el coche, mientras volvía con Aidan. Él había guardado silencio durante todo el trayecto.

– ¡Pero si es lo que has estado haciendo hasta ahora! -respondió ella, perpleja.

– Más todavía -puntualicé-. Incluso de noche. Es posible que os resulte extraño. Para mí también lo es, pero el juez me hizo responsable de vuestra seguridad, así que os controlaré de cerca hasta que toda esta situación se normalice.

– Muy bien. -Marlinchen me dedicó su fácil y natural sonrisa-. En realidad, me gusta mucho tenerte aquí, Sarah, pero…

– Lo sé. Piensas que me preocupo sin motivo -la interrumpí-. Y, créeme, espero que tengas razón.

Al día siguiente, en el trabajo, no rendí demasiado. Hubo una época en que tres horas de sueño me bastaban, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Por otra parte, durante el turno ocurrieron pocas cosas de interés. Los atracadores de las medias de nailon llevaban un tiempo sin actuar. Tal vez habían encontrado trabajo o les había tocado la lotería.

A última hora del día, sonó el teléfono.

– Sarah -dijo la voz al otro lado del hilo-, soy Chris Kilander.

– ¿Kilander? -Me incorporé en la silla. Nuestros caminos no había vuelto a cruzarse desde el incómodo encuentro nocturno en el aparcamiento del Surdyk's-. ¿Qué sucede?

– Quería saber si podríamos vernos esta noche -dijo.

– ¿Para qué?

– Para un pequeño uno contra uno -dijo-. No se te ve nunca por la cancha…

Kilander había sido ala pívot en Princeton. Yo no era nadie y jugar conmigo un partido de baloncesto no le suponía ningún desafío. Era evidente que buscaba algo más. El partido no era más que un pretexto.

– ¿Cuándo? -quise saber.

Cuando llegué al polideportivo, unas nubes negras de tormenta crecían en el cielo encima del edificio. Como no había nadie, empecé a hacer estiramientos de los cuádriceps y de los tendones de las pantorrillas contra la alambrada.

– Buenas tardes -me saludó Kilander, que se había acercado por detrás.

Aunque tenía una buena musculatura, sus largas piernas se veían pálidas con aquel pantalón corto y ancho, y me recordó los viejos tiempos en los que los blancos de pies lentos dominaban los equipos de baloncesto profesionales. Sin embargo, no me dejé engañar. Derrotarle iba a ser muy difícil.

– ¿A cuánto jugamos? ¿A veinte?

– Sí, a veinte está bien.

Kilander lanzó la pelota, más contra mí que hacia mí, con un pase fuerte al pecho.

– A ver como lo haces -dijo.

Naturalmente, no estaba a su altura. Kilander entró a canasta una y otra vez. Cuando ya íbamos diez a seis a su favor, me preguntó:

– Jugabas cuando ibas al instituto, ¿verdad? ¿En qué posición?

– Primero de alero, y luego de escolta -respondí, jadeando.

– Juegas como un escolta. Conservador -añadió-. Un escolta de instituto.

– Pues tú juegas como un abogado -repliqué, y seguí botando la pelota sin moverme de sitio y observándolo-. Si no tuviera miedo de que me pusieras una demanda, ya te habría hecho cuatro faltas.

– No te demandaré -aseguró Kilander-. Te amnistío por anticipado.

Boté la pelota e intenté lanzarme a la canasta driblándolo. Me hizo un bloqueo y me robó la pelota. Al cabo de un momento, mientras saltaba para encestar, lo cogí por la camiseta y cuando me empujó, le pegué un codazo. Se rió, y luego demostró su superioridad moral no sólo negándose a responder, sino que, cuando me ganó por 20 a 14, propuso que fuéramos a treinta. Lo hicimos, y me derrotó por 30 a 22.

– Gracias -dijo, extrañamente serio cuando hubimos terminado.

– ¿De qué? -pregunté, recuperando el aliento.

– Por no rendirte en una batalla imposible -murmuró.

– De nada -repliqué, tomándome como un cumplido lo que para otros habría sido un insulto-. Gracias por no menospreciarme.

Una fuerte ráfaga de viento barrió la cancha presagiando lluvia. Kilander agarró la botella de agua y se dirigió a la banda, donde se sentó en la grada más baja. Yo lo seguí, todavía con la pelota en la mano.

– ¿En qué piensas, Chris? -le pregunté.

– Quería decirte una cosa -respondió Kilander-. Es sobre lo que comenté el otro día de que no hayas negado que mataste a Royce Steward. Me equivoqué. He pensado en ello desde entonces y sé que no mataste a ese hombre.

– Gracias -dije. Algo se aligeró en mi pecho con sus palabras-. Esto significa mucho para mí.

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