Kilander asintió con aire ausente y luego añadió:
– Escucha, no estoy muy al corriente de la investigación de Diaz y ya sabes que, aunque supiera algo, no podría contártelo. Sin embargo, sí puedo decirte unas cuantas cosas de él, en general. -Hizo una pausa para pensar-. No es que lo conozca muy a fondo, pero tenemos un amigo común que ahora es juez en Rochester. Gray me llamó para que le proporcionara la información habitual que necesita un recién llegado a la ciudad, un buen sitio donde comer y ese tipo de cosas.
Junto a la cancha municipal pasaron varios ciclistas. Las ruedas de las bicicletas produjeron un siseo en el asfalto.
– Diaz es un tipo entusiasta -explicó Kilander-. Es licenciado en Derecho Penal por la Universidad de Texas. El primer año de asistir a clase ya le salió la primera cana, de aquí su apodo. Si no fuera por su suegro, estaría trabajando en la fiscalía de Dallas o de Houston. Su mujer es de Blue Earth y se fueron a vivir allí para que ella pudiera estar cerca de su padre, que padece una lesión cardiaca crónica.
– ¡Qué pena! -exclamé.
– En cierto sentido, sí. La lesión lo debilita, pero no se sabe cuánto le queda de vida, como ocurre con algunos tipos de cáncer, así que Gray tal vez se quede allí mucho tiempo. La verdad es que no es de los que se conforman con investigar robos en granjas. Probablemente, en el condado de Faribault se siente en una cinta rodante que se hubiera quedado atascada en la posición más lenta. -Kilander hizo una pausa para pensar sus siguientes palabras-. Para él, detener a una poli de la gran ciudad sería divertido, todo un reto. No es nada personal.
– ¿Una poli de la gran ciudad? -repetí-. ¿Es así cómo me ve?
Kilander había omitido discretamente la palabra clave: «Corrupta». Probablemente, Diaz me consideraba una poli corrupta de la gran ciudad. Nunca me había interesado el politiqueo del departamento y, en realidad, era la detective más joven y nueva de la brigada. Me costaba imaginar que otros pudieran verme tan distinta de cómo me veía yo.
– El otro día -le dije-, un agente me abordó en privado y me felicitó por la «muerte» de Stewart.
Kilander asintió en silencio.
– Chris… ¿cuántas personas crees que saben lo de Diaz?
– Bueno -respondió Kilander-, si un joven agente de uniforme está al corriente, ¿tú que dirías?
Dios mío. Empezaban a caer las primeras gotas de lluvia, finas como la niebla.
– Todo el mundo -respondí.
– El agente que te dijo eso es un cretino. -Kilander se había acercado a mí-. Otras personas llegarán a la misma conclusión, Sarah. Es lo que les dirá el instinto, y también tu conducta. Y cuando la investigación de Diaz concluya, tu carrera profesional se recuperará.
– Gracias -dije tras respirar hondo-. Ojalá tengas razón.
Aquella noche, cuando llegué a la casa de los Hennessy, sólo Liam estaba levantado, estudiando con una taza de café descafeinado. Se ofreció a prepararme uno, pero decliné la invitación. En cambio, hablamos un momento de Shakespeare, de Otelo en particular, la obra sobre la que estaba haciendo un trabajo escolar.
Antes de dejarlo solo, le pregunté:
– ¿Ha ocurrido algo hoy? ¿Algo extraño o desagradable?
– ¿Con Aidan, te refieres? -Liam había captado perfectamente a qué me refería-. No.
– Después de haber estado lejos tanto tiempo y todo lo que ha ocurrido, ¿no te incomoda su presencia aquí? -inquirí.
– Tenerlo de vuelta ahora es distinto -comentó Lian-. ¿Que si me incomoda? -Hizo una pausa como si reflexionase, pero las palabras que pronunció a continuación fueron de lo más simple-. No, ésta es su casa. Es nuestro hermano.
Durante los días siguientes, estuve muy pendiente de los Hennessy y pasé las noches en su casa. Lo que me sorprendió más fue la desenvoltura con la que aceptaron mi presencia. Había olvidado lo que sucedía en la adolescencia, la facilidad con la que cualquier adulto se convertía en una figura de autoridad para alguien de esa edad; fueran padres, maestros, jefes de estudios o entrenadores, los chicos les cedían su intimidad sin apenas resistencia. Y al parecer, para los hermanos Hennessy, yo era una de tales figuras.
Todos continuaron su vida cotidiana con normalidad y con manifiesto buen ánimo. El viernes fue el último día de clase para Donal, mientras que a Colm, Liam y Marlinchen les quedaba una semana más de exámenes finales en el instituto. En su actividad diaria y en la charla matutina antes de marcharse a clase, percibí tanto el nerviosismo ante los inminentes exámenes como su impaciencia ante la perspectiva de la libertad que los aguardaba.
Sin embargo, a quien presté más atención fue a Aidan. Su apariencia agotada y desaliñada de la noche en que llegó había cambiado por completo. Una vez lavados, sus cabellos resultaron ser tan dorados como los de Marlinchen, y los llevaba perfectamente peinados y recogidos en una cola de caballo. De hecho, si hubiese tenido aquel aspecto la primera vez que lo vi, habría sido en eso en lo que más me habría fijado: en sus trazos claros y bien perfilados como los de una escultura cinética, desde la rubia melena hasta las largas piernas. En adelante, no volví a verlo nunca sin la cola de caballo, o sin el collar de ojos de tigre con cordón de cuero que asomaba del cuello de su camiseta.
El mayor de los hermanos no hizo nada que me resultara inquietante, aunque tampoco hizo nada que me tranquilizara especialmente. Mostraba una discreción insólita en un chico de su edad y de su corpulencia, y rara vez lo oía entrar o salir de su habitación. De vez en cuando salía a fumar un cigarrillo a escondidas detrás del garaje y en alguna ocasión le había visto hacerlo bajo el magnolio. Un par de veces lo sorprendí mirándome, pero no supe adivinar qué pasaba por su mente. La segunda, le dije: «¿Qué quieres?», pero él se limitó a mover la cabeza y respondió: «Nada».
En el trabajo, la semana también transcurrió sin sobresaltos. Los atracadores de las medias dieron su cuarto golpe, esta vez en una licorería de St. Paul. No tuve que realizar ninguna investigación, pero recibí una petición de ayuda de un detective de St. Paul y le envié por fax mis notas sobre los casos anteriores.
El sábado amaneció caluroso. Se esperaba que en la jornada se alcanzasen temperaturas récord y continué durmiendo hasta que el calor se hizo agobiante.
Me despertó una llamada a la puerta. Acto seguido, Marlinchen asomó la cabeza.
– ¿Tienes hambre? Abajo estamos haciendo tortitas -anunció.
– Sí, comería algo -respondí. Marlinchen asintió.
– Quería pedirte un favor, más tarde.
Me volví de costado en la cama y pregunté:
– ¿Me lo pedirás después, o el favor es para más tarde?
– Papá está muy recuperado -continuó, haciendo caso omiso de la ironía- y me gustaría que fuéramos todos a verlo. Al hospital.
– ¿Todos? En mi coche no hay espacio…
– Ya lo sé -respondió ella-› pero tenemos el de papá.
El cuatro por cuatro del garaje. Moví la cabeza:
– No -dije-. No me parece conveniente.
– ¿Por qué no? Está asegurado hasta final de agosto.
– Bueno, si está asegurado…
Tampoco esta vez captó Marlinchen el sarcasmo. Con una expresión de felicidad, vino a sentarse a los pies de la cama.
– Además, supongo que conviene ponerlo en marcha de vez en cuando, para que no acabe estropeándose del todo -continué. Recordé lo que me había contado Cicero sobre su furgoneta y los vecinos que le hacían el favor de bajar a arrancarla, y aquel pensamiento me llevó a otro-. Escucha -dije a Marlinchen-, ¿qué hace ese BMW en el garaje del fondo?
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