Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Acto seguido, soltó al ave, que se estremeció con indignación y echó a volar. Al principio lo hizo a baja altura, apenas unos palmos por encima de la hierba, como si realizase un vuelo de prueba para cerciorarse de que todos los sistemas funcionaban correctamente. Después, ganó altura planeando y desapareció de vista. Aidan, que lo siguió con la mirada hasta ese instante, se acercó a la orilla del estanque, alargó el brazo y lanzó el anzuelo a las aguas.

En un mundo lleno de pensadores fríos y analíticos, yo siempre me había movido por instinto; en ese momento, llegué a una conclusión acerca de Aidan Hennessy.

Lo que acababa de hacer, quitar el anzuelo del pico a aquel animal, era una minucia, pero decía muchísimo de él. Estaba segura de que el muchacho ignoraba que hubiera alguien observándolo; había reaccionado de forma espontánea, sin premeditación, para aliviar el dolor del pato. Me resultaba imposible conciliar aquella imagen con la idea de que hubiese sido él quien había destripado a la gata de Marlinchen.

Ya habían intentado advertirme. Marlinchen siempre había sido una defensora acérrima de Aidan, desde luego, pero Liam también lo había dicho: «Es nuestro hermano». Y la señora Hansen, la maestra de la escuela, había comentado que Aidan no rehuía las peleas, pero también había asegurado que no era pendenciero. No había prestado atención a lo que me contaban de él. La investigación de Gray Diaz, las suspicacias de Prewitt… todo aquello me había puesto los nervios de punta y la paranoia resultante se había extendido a todos los aspectos de mi vida; había afectado a mi juicio sobre el muchacho hasta el punto de que su inesperado retorno me había parecido siniestro.

Cuando se sentó a la sombra del sauce, me acerqué.

– Hola -dije y me senté con las piernas recogidas y los antebrazos sobre las rodillas.

– Hola -respondió.

– Mira, tengo que decirte una cosa. Creo que no hemos empezado con buen pie. -«Vamos Sarah, eres capaz de hacerlo mejor», pensé para mí-. Fui demasiado dura contigo, la noche que llegaste a casa.

Aidan levantó la vista.

– La suspicacia es una virtud, tratándose de una policía -le expliqué-. Es mi postura defensiva cuando no sé qué pensar de algo.

– Bien, no te preocupes -respondió, al tiempo que sacaba un paquete de tabaco y extraía un cigarrillo. Sospeché que, como la mayoría de los fumadores, recurría al pitillo en los momentos de incomodidad, no necesariamente por la nicotina, sino por tener algo con que ocupar las manos-. O sea, entiendo lo que debió de parecerte.

Asentí, pero no añadí nada más.

– Y supongo que, además… -hizo una pausa, meditando sus palabras-. Bueno, Marlinchen dice que te has ocupado de todos, desde que Hugh sufrió el ataque.

– Era mi obligación, ante todo -respondí, restándole importancia. No estaba segura de que fuera verdad, pero sonaba bien.

– En cualquier caso, has cumplido. -Aidan arrancó un puñado de hierba-. Me alegro de que alguien lo hiciera.

Devolvió el cigarrillo al paquete.

– ¿Lo estás dejando? -le pregunté.

– Marlinchen insiste en que lo haga -replicó, encogiéndose de hombros.

Así era Marlinchen, terca como una muía en sus opiniones. Soplé para liberar las semillas de un diente de león.

– ¿Puedo hacerte una pregunta? -dije-. Es otra costumbre de los policías.

– Adelante.

– Sé que no tienes antecedentes policiales, pero también sé que a los chicos que se escapan de casa les resulta muy difícil sobrevivir sin quebrantar la ley. No pretendo meterme en tus asuntos, pero ¿te has mantenido de verdad dentro de la ley, o simplemente has tenido suerte?

– He sido honrado, casi siempre -dijo Aidan-. Siempre hay trabajos eventuales, si sabes buscarlos. Y si no encontraba empleo, rebuscaba en las basuras detrás de las tiendas. O mendigaba. Inventaba historias de que me habían robado un pasaje de autobús y cosas así.

– ¿Nunca pensaste en llamar a tu padre y pedirle dinero?

Aidan dirigió una mirada al edificio donde se hallaba Hugh, oculto tras el reflejo del sol en los grandes ventanales.

– No quería nada de él -declaró. Aidan no estaba seguro de cuánto sabía yo, y por eso no se extendió.

– Está bien -asentí con cautela, sabiendo que se trataba de un tema delicado-. Marlinchen me ha hablado de Hugh. De cómo iban las cosas antes de que te mandara lejos de casa.

– Eso fue hace mucho tiempo. -Aidan volvió la mirada a las aguas del estanque-. Procuro no recordarlo.

Durante unos instantes, se produjo un silencio. Decidí interrumpir allí el tema, pero el chico, para mi sorpresa, habló de nuevo:

– La otra noche querías saber por qué decidí volver a casa.

Era mitad afirmación, mitad pregunta.

– Sí -medio afirmé, medio pregunté.

– No sucedió nada especial que me llevara a dejar la granja de Georgia -continuó-. Pete era un buen hombre, pero no éramos parientes y, en realidad, nunca nos sentimos muy próximos. Al final decidí que la granja era cosa suya, no mía. Y me marché.

– Y no quisiste volver a casa debido a Hugh…

– Sí. Pensé en ir a California y empezar de cero, y allá que me fui. Hice algunos amigos, tipos que me guardaban la espalda si yo guardaba la suya. Conocí algunas chicas y pasé buenos ratos, pero no me quedé; decidí volver a casa porque… -Aidan titubeó-. No resulta fácil de explicar.

– No tienes que contarme nada -respondí.

– Fue una cosa que pasó en la playa, una noche. -Una brizna de diente de león se posó en su brazo y Aidan se la sacudió de encima-. Cuando he dicho que fui honrado casi siempre, no mentía, pero sí que le he dado a las drogas. -Antes de continuar, me miró para asegurarse de que no reaccionaba-. Pues bien, una noche, andaba colocado de anfeta y me quedé en vela, fumando, porque sabía que no lograría pegar ojo. No sé por qué, en un momento dado me puse a pensar en Minnesota y, de pronto, caí en la cuenta de que no recordaba ni qué cara tenía Donal. No sé por qué me afectó tanto, pero así fue. Y también fui consciente de que había intentado convencerme de que la gente que había conocido en California eran mis nuevos hermanos y hermanas, pero que eso era una simple ilusión: no lo habían sido nunca, y jamás lo serían. Hay personas en la vida que no se pueden sustituir. Son irremplazables.

Pese a la discreción con que lo contaba, su historia resultaba un ejemplo de extraordinaria generosidad emocional. Sin embargo, mi radar de detectar mentiras seguía sin indicar nada. Percibí que el muchacho hablaba en serio.

Entonces, Aidan se concentró en algo situado detrás de mí. Me volví para ver de qué se trataba. Marlinchen y sus hermanos se acercaban. La visita había terminado.

– Papá está haciendo muchos progresos -anunció ella, complacida, cuando nos alcanzó-. Ha dicho mi nombre. Bueno, el diminutivo. Aidan no abrió la boca.

– Eso es estupendo -conseguí comentar yo, un par de segundos demasiado tarde.

Capítulo 25

– He hablado con Gray Diaz -dijo Genevieve al otro lado de la línea.

Era domingo y me había tomado unas horas para mí, para ir a casa y mirar el correo y escuchar el contestador. En mi domicilio reinaba la calma que se percibe tras una ausencia; la bayeta de la cocina, seca y acartonada, era un fósil endurecido sobre el fregadero, y los papeles seguían donde los había dejado, como documentos en un museo. También me esperaban una bolsa de tomates junto a la puerta de atrás, regalo de mi vecina, la señora Muzio, y un mensaje en el teléfono. De Genevieve.

– Bien, ya sabíamos que querría hablar contigo -le dije-. Eres mi ex compañera y la persona a la que fui a visitar después de mi presunto crimen.

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