– Debería haber sido más sincera contigo -añadí-. Lo siento.
– Bueno, no te preocupes -dijo ella.
– Supongo que no hablo de él porque apenas tenemos contacto. Hace meses que no me escribe.
– ¡Qué horrible! ¿Cómo es eso?
Tomé entre los dedos el pétalo de magnolia y lo froté con el pulgar. Tenía una textura entre el terciopelo y la cera.
– Le recuerdo cosas que desearía olvidar -respondí-. Cuando lo buscaba, descubrí algo acerca de él que Shiloh habría preferido que no supiese, y reabrí en él una vieja herida.
– ¿Qué fue lo que descubriste? -quiso saber Marlinchen.
– Es un asunto privado de Shiloh. No puedo contarlo.
– Entonces, ¿qué harás cuando lo liberen?
– No lo sé -confesé.
En sus facciones se dibujó una mueca de profunda sorpresa. No era la respuesta que esperaba.
– ¿Creías que los adultos siempre conocemos las respuestas?
– No, claro -reconoció ella-. Es sólo que… Siempre pareces tan segura de todo…
– Pues no. Desde luego, a los policías no nos animan a reflexionar a posteriori sobre nuestros actos, pero sé que doy pasos en falso constantemente. -Pensaba en Cicero y en la pequeña pistola que en aquel momento reposaba en la guantera de mi coche-. Una pretende echar una mano, pero a veces parece que la gente no quiere que la ayuden.
Marlinchen asintió como si supiera a qué me refería, aunque yo dudé de que así fuera.
– ¿Has pensado alguna vez en ganarte la vida de otra manera? -me preguntó.
– No.
– ¿Por qué no?
– Es lo único para lo que me he preparado -respondí, pero no se dio por satisfecha.
– Pero, ¿por qué? -insistió.
– Por qué, ¿qué?
– No siempre ha sido tu única alternativa. Debiste de tomar la decisión de prepararte para policía en algún momento determinado. ¿Por eso abandonaste la universidad? ¿Para entrar en el cuerpo?
– No. -Acompañé la respuesta con un movimiento de cabeza-. Cuando terminé el instituto, lo último que me pasaba por la cabeza era que me haría policía.
– ¿Qué te hizo cambiar de idea?
Los que ingresan en las fuerzas del orden tienen una lista de respuestas preparadas; en general, son las mismas que ofrecen en las entrevistas previas a la tramitación de la solicitud de ingreso: «Quiero ayudar a los demás, cada día se presenta un nuevo reto, no soporto la idea de trabajar en una oficina…»No empleé ninguna de ellas.
– No lo sé -respondí de nuevo-. Bueno, sí, pero es una historia muy larga. Larga y aburrida.
Debí de lograr que sonara suficientemente aburrida, porque Marlinchen no insistió. Al cabo de unos minutos, de tácito acuerdo, nos levantamos y emprendimos el regreso hacia la casa.
Mucho más tarde, cuando los chicos ya se habían acostado y todo quedó en calma, me acerque a los grandes ventanales de la casa de Hugh Hennessy y contemplé la vista. Todavía le daba vueltas a la historia incoherente sobre el rayo que había caído en la casa y a la incapacidad de Aidan para recordar el menor detalle del suceso.
Aunque de ascendencia católica, no tenía instrucción religiosa; sin embargo, de pequeña me obsesionaba algo que enseñaban a los demás chicos en la escuela dominical: que al principio el mundo era perfecto y después el mal había penetrado en él, en un relámpago. Era una metáfora, pero durante años me lo creí a pies juntillas.
En esta ocasión veía a los Hennessy en los mismos términos, víctimas de una maldición inesperada y repentina. La familia llevaba una vida idílica y, de pronto, un rayo había caído sobre la casa, Aidan perdió un dedo debido al ataque de un perro feroz y Elizabeth se ahogó en las aguas del lago. ¿Era todo aquello simple mala suerte?
Marlinchen cumpliría pronto dieciocho años; entonces pasaría a ser la tutora de sus hermanos menores y mis responsabilidades terminarían ahí. Más me valía olvidar la sensación de que en aquella familia había sucedido un hecho terrible mucho antes de que yo entrase a formar parte de sus vidas. Sin embargo, no estaba segura de poder relegar esta idea.
La muchacha me había preguntado por qué había decidido hacerme policía. Tenía razón; no había ido a parar a aquel trabajo por casualidad. Lo había elegido siguiendo lo que Genevieve llamaba mi impulso de lanzarme de cabeza a ayudar al prójimo.
Aquella noche, cuando ya estaba a punto de caer dormida, oí el ulular de un cárabo listado sobre el lago. Sonó muy parecido a un grito humano.
Cuando dejé Minnesota a los dieciocho años para aprovechar una beca de baloncesto en la UNLV, no preveía que en el futuro sería policía. No miraba mucho más allá del baloncesto y de la universidad, en este orden de importancia. De lo único que estaba bastante segura era de que nunca más volvería a vivir en Minnesota. Había crecido en Nuevo México y me consideraba del Oeste; estudiar en la universidad de Las Vegas sería como volver a casa, me dije.
No lo fue. Las Vegas era variada, brillante y animada, pero todo ello de un modo que no podía interesar a una chica de dieciocho años con poco dinero y sin coche, que no conocía a nadie. Y aquel año, además, no jugué mucho en los partidos. Aunque no fue una sorpresa, de todos modos me hizo sentirme incómoda. Asistí a mis clases e intenté interesarme por los cursos de educación general y civilización occidental que componían el plan de estudios de primer curso. No lo conseguí. No me sentía estudiante ni atleta. No tenía la menor sensación de estar labrándome un porvenir.
Entonces fui consciente de algo que no había previsto: sentía añoranza de mi pueblo. Los álamos temblones y los pinos blancos del Iron Range, su hierba tierna y su tierra roja horadada de minas, los lavaderos de mineral verde azulados como piedras semipreciosas; de algún modo, sin que yo me diera cuenta, todo aquello se me había metido en la sangre.
Cuando tía Ginny sufrió el ataque y murió aquel verano, su ausencia me desequilibró más de lo que entonces imaginaba. En otoño, volví a la facultad con normalidad, pero allí ya nada tenía sentido para mí. Al cabo de dos semanas, escribí una carta al entrenador y tomé un autobús de regreso a Minnesota con las ganancias de mi trabajo de verano enrolladas en forma de cheques de viaje en el macuto. No sabía qué era lo que necesitaba tan imperiosamente, pero de algún modo estaba segura de que lo encontraría en Minnesota.
Mientras tomaba una Pepsi fría y dulce en una cafetería, frente a la estación de autobuses de Duluth, eché un vistazo a las ofertas de trabajo. Una empresa de extracción de taconita de un pequeño pueblo buscaba un aprendiz de limpieza y mantenimiento para el taller; era uno de los escasos puestos que no requerían experiencia previa en aquel sector. En la página siguiente estaban los anuncios de «casa para compartir».
La casa de tres habitaciones en la que me instalé ya estaba ocupada por dos mujeres de veintitantos años. Erin y Cheryl Anne eran enfermera y recepcionista médica, respectivamente, e íntimas amigas. Hacía más de un año que vivían en la casa y habían perdido a su anterior compañera de piso, que «había sucumbido al matrimonio y a la vida real», en palabras de Cheryl Anne. Desde el primer momento se mostraron cordiales y agradables conmigo, y yo respondí de igual modo.
Y allí nos quedamos atascadas: en la cordialidad. El paso del tiempo y el hecho de que yo pagara un tercio del alquiler no consiguió amortiguar la sensación de que me había entrometido en su hogar, fundado desde hacía tiempo. En ocasiones, cuando divisaba el parpadeo azulado del televisor en el salón, me unía a ellas para ver algún programa, pero rara vez hablábamos. Así pues, durante mis primeros días de trabajo, unas semanas de bochorno en pleno veranillo de finales de septiembre, cuando terminaba la jornada me acercaba andando a la biblioteca pública, pequeña y escasamente abastecida, en busca de novelas policíacas de bolsillo.
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