A los demás los mandó a casa, pero a mí me sentó en la cabina del vehículo, con los cabellos mojados y sollozando.
– Seguro que tú también saltabas desde las rocas cuando eras joven -protesté.
– No es eso lo que me preocupa -replicó él-, sino que bebas tanto. Vas a crearte mala fama, Sarah.
– ¿De qué me hablas? -protesté-. No me he acostado con esos chicos. Con ninguno de ellos, joder. Si alguien afirma lo contrario, miente.
– No, no es eso lo que se dice -me aclaró Kenny-. Comentan que eres una borrachina y una impertinente.
– ¡No es justo!
– Te dedicas a beber y bailar con esos chicos, Sarah, y vienes con ellos a las balsas cuando ninguna otra chica lo hace. ¿Qué esperas que piensen de ti?
– Que me gusta bailar y beber y subir a las balsas. Si alguien cree que le debo algo, es cosa suya.
– Si sales malparada, no importará de quién sea la culpa -insistió él-. Eres una chica alta y fuerte, pero un día eso no te bastará. Una mañana despertarás y serás la última en saber que la noche anterior cogiste una cogorza y te lo montaste con todos.
Nunca había oído a Kenny reñir a nadie de aquella manera. Fue como recibir un bofetón en pleno rostro. Seguía siendo, al menos para él, una niña a la que podía increpar. Tragué saliva y no permití que notara cómo me habían dolido sus palabras.
– Se cuidar de mí misma -repliqué con un hilo de voz.
– Siempre dices lo mismo, pero no lo demuestras -sentenció Kenny.
Una noche de viernes de ese mismo mes, cuando volví a casa bebida, acalorada y sedienta, rompí un vaso de la alacena de la cocina. Mientras sacaba la escoba y la pala para recoger los cristales, pensé que estaba siendo una compañera de piso considerada.
Sin embargo, por la mañana, Cheryl Anne y Erin repararon en unos añicos que me había dejado en mis torpes esfuerzos. También inspeccionaron el cubo de la basura y encontraron los restos rotos, no de un vaso, sino de una copa de champán aflautada que era un recuerdo de la boda de la hermana de Erin. Las dos sugirieron que era hora de que me buscara otro sitio para vivir.
Encontré una vacante en una casa de huéspedes de tres plantas. El traslado habría sido mucho más sencillo en la amplia camioneta de Kenny, pero últimamente apenas nos dirigíamos la palabra.
Con el mes de agosto, llegaron los días más calurosos del verano, y los más húmedos. Quien no tenía aire acondicionado en casa, estaba en la calle. Mi habitación en el tercer piso parecía almacenar todo el calor; por eso, cuando llegó el fin de semana, yo también hice planes para pasar el mayor tiempo posible lejos de mi dormitorio. El bar tenía refrigeración y, después de cierta hora, los camareros andaban demasiado ocupados para reparar en la presencia de una jovencita en un rincón del local.
Un domingo por la mañana, desperté en un calabozo con un dolor de cabeza tremendo. Cuando bajó el celador, resultó ser Kenny.
– ¿Qué he hecho? -pregunté.
– Si tú no lo recuerdas -respondió él-, ¿por qué habría de decírtelo yo?
Pasaron por mi cabeza media docena de posibilidades, ninguna de ellas halagüeña. Pensé en Wayne y su nariz rota. Pensé en el bonito Nova gris oscuro que acababa de comprar y que me había jurado a mí misma que no conduciría nunca bebida. ¿Y si había tenido un accidente y me había dado a la fuga? «Por favor, Dios mío, no lo permitas», supliqué.
Kenny se aplacó.
– No has hecho nada grave -me informó-. Sólo se te acusa de ebriedad y conducta desordenada.
– Bien -asentí, sentada en el banco con las manos colgando entre las rodillas-. Puedo hacer una llamada, ¿verdad?
Pensé que tendría que llamar a un fiador. ¿Con quién más podía contar? ¿Con Silva? ¿Con el viejo de la habitación del fondo de la casa de huéspedes, aquel hombre que arrastraba los pies y apestaba a tabaco y cuyo nombre aún desconocía? Kenny era mi mejor amigo pero, evidentemente, no podía esperar que me ayudase en aquel apuro.
– Tendrías derecho a esa llamada si te hubieran detenido -respondió-. Pero anoche no te detuve; oficialmente, no estás aquí.
– ¿Qué?
– Te traje para que se te pasara la curda y para que reflexiones un poco.
Debería haberle estado agradecida, pero reaccioné con indignación. Me levanté y, de inmediato, me subió la presión y noté la cabeza a punto de estallar.
– ¿Acaso te he pedido algún favor? -repliqué, y le tendí las manos como si fuera a esposarme-. Si he hecho algo malo, detenme. Si no, déjame salir. -Al ver que Kenny movía la cabeza en gesto de negativa, insistí-: Vamos, si crees que lo merezco, arréstame. Así, al menos, podré llamar a alguien, depositar una fianza y salir.
Kenny volvió a decir que no.
– No voy a detenerte ahora, por la misma razón que no lo hice anoche -declaró-. No quiero que conste una detención en tu ficha, porque podría perjudicar tus perspectivas futuras.
– ¿Perspectivas de qué?
– De ser policía -dijo Kenny.
Dejé caer las manos a los costados. Si me hubiera contestado «de ser astronauta», mi sorpresa no habría sido mayor. Cuando hablé, lo hice con un hilo de voz:
– ¿Bromeas?
– Eres demasiado lista para trabajar en una mina y demasiado rebelde para ir a la universidad -respondió Kenny-. Posees una gran energía, pero no le sacas ningún rendimiento. Necesitas un trabajo en el que puedas volcarla.
– Supongo que no hablarás en serio -protesté-. En cualquier caso, aquí no necesitan personal. Probablemente, ni siquiera hay vacantes en ese programa tuyo de auxiliares civiles en fines de semana alternos.
– En efecto, tienes razón -confirmó Kenny-, pero en las ciudades Gemelas siempre andan buscando gente válida.
– ¿Lo dices en serio?
– Sí.
Durante unos instantes, ni siquiera noté el dolor en las sienes. Kenny pensaba que podía ser alguien como él y, al darme cuenta de ello, el asombro hizo que se desvaneciera toda mi cólera. Evidentemente, se equivocaba.
– Escucha, Kenny -le respondí-. Gracias, pero no tengo madera para eso.
– ¿Cómo lo sabes? -preguntó.
– Lo sé, y basta. Estás interpretándome mal. -Permanecí un momento en silencio y al cabo añadí-: De verdad, lo siento.
Cuando vio que hablaba en serio, Kenny sacó las llaves del bolsillo.
Transcurrieron las semanas y llegó septiembre. Kenny había vuelto a su trabajo. Los días laborables patrullaba las minas y los fines de semana, las calles y los calabozos. Yo me entregué de nuevo a la actividad que mejor se me daba: beber los fines de semana.
Hacia las tres de la madrugada de una típica noche de sábado, me encontré en una postura que me resultaba familiar: arrodillada ante la taza del retrete. Cuando vomitas con cierta regularidad, le pierdes el asco. Al acabar, me limpié la comisura de los labios con la mano. Incluso de rodillas, me tambaleé ligeramente; noté la humedad de un sudor malsano en la nuca y agradecí el frescor del aire nocturno que entraba por la ventana de guillotina. Había terminado de cepillarme los dientes y estaba lavándome la cara cuando, al otro lado de la ventana, una mujer lanzó un grito.
Me quedé paralizada, completamente inmóvil salvo por las gotitas que resbalaban por mi rostro. Finalmente, me acerqué a la ventana.
– ¡Eh! -grité-. ¿Quién anda ahí fuera?
La ventana del baño daba a una ladera cubierta de hierba que ascendía hasta las vías del ferrocarril. La zona estaba a oscuras, excepto a mi derecha, lejos, donde se divisaban las luces de las señales del tendido.
– ¡Eh! -volví a gritar. No obtuve respuesta.
– Maldita sea -mascullé mientras buscaba a tientas la toalla. Deseé oír unas risas de borrachos, o una voz áspera que dijera: «Sí, sí, estoy bien». Deseé sentirme irritada. Lo prefería a inquietarme por la mujer que había gritado en la oscuridad y ahora callaba.
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