Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Kilander se echó en el plato el resto de la ensalada de pollo. Era más de lo que le correspondía, pero no protesté. Su desenfadada glotonería tenía cierto encanto.

– Así pues, Hugh intentó tapar lo sucedido -continué-. Los gemelos eran tan pequeños que no le costó reprogramar sus recuerdos. Si tus padres te cuentan algo machaconamente, acabas creyéndotelo. Pero al hablar con los chicos, resulta que sus recuerdos no encajan. Marlinchen recuerda lo del rayo. Aidan, no. Marlinchen dice que su hermano estuvo en el hospital una larga temporada. Aidan no lo cree. Aquí hay algo que no cuadra.

Kilander tomó un sorbo de té con expresión pensativa. Me puse en pie, me acerqué a la ventana y eché un vistazo antes de proseguir:

– Eso explica el maltrato -continué-. Hugh limpió la casa lo mejor que supo, pero quedaba Aidan. Era lo único que no podía barrer bajo la alfombra; su presencia constante, con la mano tullida, debía de exasperarlo. Creo que todo habría terminado bien si la madre no hubiera muerto y si Hugh no hubiera tenido la espalda fastidiada y una úlcera.

Me parece que estaba sometido a demasiada presión y que Aidan se convirtió en su cabeza de turco. La culpabilidad…

– ¿Tienes alguna prueba material de todo esto?

– No -respondí-. Todavía no.

– ¿Y si miras en los archivos del hospital? -apuntó Kilander-. Yo diría que el niño tuvo que recibir tratamiento de algún tipo, si la amputación fue limpia…

– ¿Historiales médicos de hace catorce años? -moví la cabeza-. Seguro que están dentro una caja, en un almacén, quién sabe dónde. Pero necesitaría una autorización judicial para buscarlos y, con los indicios de que dispongo, no me la concederán. -Hice una pausa-. Por eso he preferido no contar nada de todo esto a los dos hermanos. Hasta que tenga una prueba sólida, no quiero trastornarlos.

– ¿Y cuándo la tendrás, exactamente?

Touché.

– Bien -continuó-. Y ahora viene la pregunta del millón: ¿Y qué? -No esperó a mi respuesta-. Aunque encontraras pruebas incontrovertibles que respaldaran tu teoría sobre la pistola, seguiría siendo un simple accidente. Que Hugh mintiera a sus hijos no constituye un delito. Y esto es sólo una parte de la cuestión.

– ¿Qué más hay? -quise saber.

– Has dicho que el tipo tiene afasia como consecuencia de un ataque cerebral, ¿no?

Asentí.

– Probablemente, es la peor discapacidad que podía sufrir, desde el punto de vista legal. Si es incapaz de comunicarse, no puede participar plenamente en su propia defensa. Incluso el juez más severo descartaría sin vacilaciones encausarlo.

– Yo no hablaba de presentar la acusación este mes, ni siquiera este año -comenté-. Pero empieza a reponerse. Es posible que acabe recuperándose por completo.

– O no -replicó Kilander.

Era hora de prepararse para la disertación de la una y media. Introdujo el plato y la servilleta en la bolsa de plástico en la que venía la comida. Yo también metí el mío y cerré la bolsa con un nudo, con la intención de echarla a una papelera de la oficina.

– Estás tomándote este asunto demasiado a pecho, Pribek -me advirtió Kilander-. Si con ello te sientes mejor, te diré que te creo cuando sostienes que aquí hay gato encerrado. Pero aunque tengas razón hasta en el menor detalle, no preveo un futuro ante tribunales para esta familia.

Por la tarde me llamó John Vang, mi antiguo compañero de patrulla. Investigaba un caso de violación, pero la víctima, una chica de dieciséis años, apenas había respondido con 324 cuatro monosílabos al interrogatorio de un policía hombre. Vang opinaba que sería de gran ayuda que el segundo interrogatorio lo llevara a cabo una mujer, y me pidió si podría encargarme.

Me costó casi treinta minutos derribar el muro que la chica había levantado frente a Vang. Cuando lo conseguí, casi hubiera preferido no hacerlo. Tres agresores, todos ellos conocidos de la chica, la habían atacado en la lavandería de un complejo de aparcamientos. Cinco violaciones distintas, tres vaginales, dos anales. Cuando salí, me sentía helada a pesar del brillante sol de media tarde.

Tampoco se me borraba de la cabeza la conversación con Kilander. Sabía que Chris tenía razón, pero era en ocasiones como ésta cuando el sistema me dejaba perpleja. No estaba segura de cómo habría podido cada cual cambiar su comportamiento, pero estaba muy claro que a Aidan le había fallado todo el mundo. Sabía que existían muchos programas de ayuda a niños y familias que aportaban una gran cantidad de dinero y de tiempo a la protección de los menores, pero a veces parecía que lloviera directamente encima del océano y que ni una sola gota cayera donde más se necesitaba.

Sonó mi móvil y respondí, con una mano en el volante.

– ¿Detective Pribek? Soy Lou Vignale, del distrito uno.

– Hola, Lou. ¿En qué puedo ayudarlo?

– Tengo aquí una chica que dice ser una de sus confidentes. Se llama Ghislaine Morris.

– ¿Ghislaine? -Llevaba mucho tiempo sin acordarme de ella-. Sí, la conozco. ¿Qué ha hecho para que la detengan?

Vignale no había mencionado que estuviera arrestada, pero yo intuía que así era. Por lo visto aquel día no había de suceder nada propicio ni alentador.

– Ha robado en una tienda -explicó Vignale-. La sorprendieron en los almacenes Marshall Field's, disimulando unos objetos de regalo bajo la colcha de su carrito de niño. Pero asegura que colabora con usted en un caso y que probablemente querrá ponerla en la calle enseguida.

– ¿Eso ha dicho? -Me pasé la mano libre por la cabeza. ¡Lo que faltaba! Tal vez Shiloh tenía razón y no debería haber conservado el número de teléfono de la chica-. Ghislaine se confunde -respondí-. En estos momentos no colabora conmigo en nada.

– Ya me ha advertido que quizás diría eso -adujo Vignale-. Y ha pedido que le recordara lo de ese tipo del distrito tres. Habló de no sé qué médico…

Abrí la boca para decir algo y volví a cerrarla. ¡Joder! Ghislaine era una manipuladora y desde luego nada estúpida. Si seguía por aquel camino, iba a fastidiarme el trabajo.

– Los vigilantes de Field's la atraparon en la tienda, ¿verdad? -pregunté-. Entonces, supongo que recuperaron sus objetos intactos, ¿no?

– Sí, pero de todas formas quieren presentar cargos.

Era un procedimiento bastante corriente, pues a los grandes almacenes les gusta desanimar a los ladrones. Barrunté que no sería fácil disuadir al gerente de presentar la denuncia, pero igualmente tendría que ir a pedírselo.

– Pasaré a llevarme a Ghislaine tan pronto como haya hablado con el gerente -respondí a Vignale-. Dígale que espere ahí, ¿de acuerdo?

– Bien -asintió él. En su tono de voz se advertía una desaprobación más que notable, pero no añadió nada más, salvo un escueto-: Se lo diré.

Tres cuartos de hora después, aguardaba junto a una puerta auxiliar mientras el agente Vignale iba a buscar a Ghislaine.

La puerta reforzada se abrió y apareció la muchacha. A pesar de su ropa corriente -camiseta, unos vaqueros cortados y unas brillantes zapatillas de plástico sin tacón- olía a perfume nocturno; había estado probándose colonias en la sección de perfumería.

– ¡Adiós! -dijo en tono alegre a Vignale, que no respondió. Ghislaine se volvió hacia mí-. Gracias por venir tan deprisa, Sarah.

– De nada -respondí cortésmente-. ¿Dónde está Shadrick? -pregunté, pues lo único que Ghislaine llevaba consigo era una bolsa de compras.

– ¡Ah! Mi amiga Flora vive cerca. Le he pedido que se encargara de recogerlo y de llevarlo a casa.

– ¿Has venido al centro en autobús?

– Sí -contestó.

– Entonces, necesitarás que te lleve a casa.

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