Ghislaine me dirigió una mirada de soslayo. Se daba cuenta de que mi generosidad estaba fuera de lugar, en aquellas circunstancias.
– ¿Lo harías? -inquirió.
– Voy en esa dirección, de todos modos -mentí.
– Encantada, pues -murmuró, e hizo gala nuevamente de su contagioso buen humor. Cuando salíamos de la comisaría, señaló la bolsa y comentó-: No te preocupes, esto es legal.
– Ya lo sé -respondí-. Por lo general, los que hurtan en tiendas no se molestan en robar la bolsa.
– No es para tanto -adujo ella con una mueca burlona, mientras abría la puerta y subía al coche-. Lo que me llevaba era una tontería. En dinero, no debía de llegar ni a los cien pavos. De lo contrario, no habrías podido arreglarlo.
Salimos a la calle y empezamos a circular por las calles de una sola dirección del centro de Mineápolis. Me dirigí hacia el barrio de Ghislaine, que también era el de Cicero, pero lo hice por calles secundarias, evitando el núcleo urbano y las calles con tráfico de autobuses.
– No es el camino más directo para ir a mi casa -observó ella, y bajó la visera de su lado, buscando un espejo.
– Ya lo sé -respondí-. He pensado que podríamos dedicar un par de minutos más a charlar.
Bajé el volumen de la radio y Ghislaine me miró fijamente.
– ¿Charlar de qué? -inquirió.
– Hemos de hablar de lo que le contaste al agente Vignale, eso de que eres confidente mía y de que me estás ayudando en el asunto del «médico» del distrito tres.
– Bueno, no le dije ninguna mentira -puntualizó.
– De acuerdo: yo te pregunté por él, tú me contaste lo que sabías y yo te compensé. Pero ésta fue toda la colaboración. Salvo esto, no me has ayudado en nada más.
Ghislaine volvió la mirada al frente, como si el tráfico resultara fascinante.
– Así pues -proseguí-, a menos que me equivoque, cuando le has pedido al agente Vignale que me lo «recordara», en realidad me estabas amenazando con delatar a Cisco a menos que me presentara enseguida y pagara tu fianza.
Parpadeó y leí en sus ojos una mezcla de emociones contradictorias. Enseguida, su inseguridad se convirtió en determinación y se lanzó al contraataque.
– Bueno, es que me pareció interesante que no me llegara ninguna noticia de su detención -replicó, alzando la voz en un tono de inocente conjetura que se advertía falso-. Me decía: «Pero si yo se lo conté a Sarah… Me pregunto qué habrá sucedido». Entonces pensé que tal vez debía contárselo a alguien más. -Ghislaine sonrió, toda inocencia-. O sea, ¿qué mejor lugar para un agorafóbico que una celda? No tendría que salir a ninguna parte durante años.
– Cicero no es agorafóbico.
– ¿Cicero? -repitió Ghislaine, y en aquella sola palabra había todo un mundo de especulaciones. «¡Mierda!», pensé. Sin querer, había empleado su nombre auténtico-. Vaya, ese tipo… -continuó con tono descarado e insinuante-, ¿no será tu nuevo novio, verdad?
Ghislaine me había visto por el barrio; nuestro encuentro en el autobús lo confirmaba. Y sabía prestar atención a todo lo que oía, lo que la convertía en una buena confidente. Me pregunté cuánto sabría, realmente, de mis repetidas visitas al piso de Cicero. Estaba claro que estaba bastante al corriente. Había adivinado que amenazándolo a él conseguiría lo que deseaba y yo, sin pretenderlo, se lo había confirmado al evitar su arresto.
Detuve el coche junto al bordillo.
– ¿Qué haces? -preguntó ella, echando un vistazo a la calle secundaria en la que estábamos, con edificios de viviendas de ladrillo pardo en las dos aceras.
– Te bajas aquí -espeté.
– ¡Pero si estamos a más de un kilómetro de donde vivo! -protestó Ghislaine.
– Sí, ya lo sé -respondí y me volví a mirarla, apoyando el codo en el volante-. El paseo te sentará bien. Necesitas estar un rato a solas para ordenar tus ideas y para pensar si es muy inteligente por tu parte intentar fastidiarme.
Ghislaine, sobresaltada, abrió ligeramente sus labios de coral.
– Te lo voy a decir alto y muy clarito para que lo entiendas bien: yo no te explico cómo hago mi trabajo, y tú no haces preguntas -continué-. No vuelvas a citar mi nombre para librarte de las detenciones por pequeños delitos, ni a mencionar el nombre de Cicero Ruiz. No se lo digas ni siquiera a un vigilante de aparcamiento. Si lo olvidas, me encargaré de que termines en el paraíso del agorafóbico. -Llevé la mano al cambio de marchas y añadí-: Ahora, ya puedes ir bajando.
Ghislaine apretó los labios, pero se apeó del coche sin soltar la bolsa de plástico. Tardó un momento en cerrar la puerta.
– No sabía que fueses tan dura, agente Pribek -comentó con acritud.
Alargué la mano, tiré de la puerta hasta cerrarla y arranqué. Mientras me alejaba, la oí gritar:
– ¡Si te gustan los tullidos, Sarah, las Ciudades Gemelas están llenas de blancos que lo son! ¿Por qué no te acercas por el hospital de veteranos de guerra y escoges uno?
Transcurrieron varios días. La presencia de Aidan en la casa de los Hennessy ya no me alarmaba, por lo que empecé a pasar menos tiempo allí y siempre dormía en casa.
No obstante, a última hora de la noche me descubría inquieta haciendo zapping en el televisor. De vez en cuando, me detenía en alguno de los canales educativos y en una ocasión vi un reportaje sobre el trabajo de la policía forense en el que aparecían unos técnicos que observaban la acción de un reactivo en una mancha de sangre y examinaban fibras al microscopio. Cambié de canal enseguida. Aparte de eso, intentaba no pensar en Gray Diaz. Ni en Cicero Ruiz. Mi esbozo de carta a Shiloh había quedado enterrado bajo los periódicos y las facturas pendientes de pago. El trabajo, en general, transcurría sin incidentes destacables.
Una de esas jornadas laborales terminó con un desplazamiento a la zona del lago para volver a interrogar a un testigo de un caso antiguo sobre el cual habían aparecido nuevas pistas. De regreso, pasé por delante de una parada de autobús y vi a una figura familiar que esperaba. Era Aidan Hennessy. Me acerqué, reconoció el coche y vino a saludarme.
– ¿Qué tal? -dijo, mientras se protegía de los rayos del sol poniente con la mano.
En aquel momento, me sorprendió advertir el cariño que le había tomado. En cierto modo, con Aidan me sentía más cómoda que con los demás miembros de la familia, lo cual era extraño, si tenía en cuenta cómo habíamos empezado. Había pasado mucho más tiempo con Marlinchen y la apreciaba, pero nunca me había sentido del todo a gusto con ella. Sus cambios de humor, su infinita cautela, su manera de sopesar siempre las propias palabras y las de los demás… A veces me cansaba. Aidan era lacónico, nada complicado y, en aquel grupo familiar, era con quien más me identificaba.
– ¿Quieres que te lleve a algún sitio? -ofrecí, y Aidan subió al coche.
– No voy a casa -explicó-, voy a la tienda. Esta noche he prometido hacer la cena y he de comprar unas cuantas cosas.
– Muy bien, puedo acercarte hasta allí -asentí-, e incluso llevarte de vuelta a casa, si primero me acompañas al centro. Tengo que pasar por comisaría antes de terminar la jornada.
– Hecho -aceptó Aidan-. No tengo prisa.
Aceleré, intentando entrar en la 394 por delante de una furgoneta que circulaba a buena velocidad y, cuando lo hube logrado, Aidan comentó:
– He encontrado trabajo.
– ¿En serio? -pregunté, sorprendida-. ¡Qué bien! ¿Dónde?
– En una guardería, pero de plantas, no de niños. No pagan demasiado bien pero así podré ayudar en casa. -Alzó la coleta y se la cambió de lado en el cuello para refrescarse la piel de la nuca.
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