– Me gusta que se mueva porque simula un oponente vivo que puede esquivarte -respondió Colm. Retrocedió y lanzó una patada alta al saco.
– Simula un oponente que no tiene brazos y que no puede huir -apunté.
Colm entrecerró un poco los ojos ante mis palabras y el uppercut que siguió al gancho sólo rozó el costado del saco, sin impactar de pleno en él. Me acerqué a sujetarlo y coloqué las manos a cada lado, a la altura de mis hombros.
– Si el saco está quieto -le dije-, te será más fácil practicar los golpes.
Siempre me he sentido a gusto en los gimnasios y con los chicos que los frecuentan. Con toda probabilidad, Colm y yo, en el fondo, teníamos mucho en común. Nos habría costado muy poco congeniar.
El chico, sin embargo, fruncía el ceño. Lanzó una poderosa patada frontal, concentrando la energía en el talón, con la intención de echarme hacia atrás y hacerme caer. A punto estuvo de lograrlo; si no lo consiguió, fue porque yo advertí su propósito, deduje que se preparaba para golpear con todas sus fuerzas, y tuve tiempo de apoyar todo el peso de mi cuerpo en el saco para que no me derribara.
Colm cambió de táctica y lanzó otra patada alta que me golpeó en la mano, aunque la había colocado bastante arriba para que no la alcanzase. No fue un golpe fuerte. Si hubiera querido, probablemente podría haberme roto algún hueso, puesto que yo no llevaba guantes. Me estaba demostrando lo que era capaz de hacer y, por si me quedaba alguna duda, quiso dejarlo claro rehuyendo mi mirada a continuación.
– Tienes una flexibilidad pasmosa -le dije-. ¿Nunca has pensado en aprender ballet?
Irritado, retrocedió para lanzar una patada aún más alta y atizarme de nuevo en la mano. En esta ocasión, le agarré el talón y tiré de él. Colm perdió el equilibrio y cayó al suelo.
– ¿Pero qué problema tienes?
Colm me miró con ira.
– ¿ Nunca has pensado en lo que tu padre hacía a Aida cuando vivía aquí? -pregunté sin más preámbulos-. ¿En el daño que le hacía?
– ¡Quizá se lo merecía! -sentenció Colm mientras se ponía en pie-. A los demás no nos ha ocurrido, sólo a él. ¿No te parece raro? ¿No has pensado que tal vez hizo algo que mereciera ese trato?
– ¿Como qué? -insistí-. Cuéntamelo.
Un músculo de su barbilla se movió involuntariamente. Su rostro denotaba enojo y esfuerzo físico.
– No quiero hablar de esto -gruñó. Acto seguido, se encaminó a la puerta y salió del garaje.
¡Bravo! Otro triunfo de la gran comunicadora Sarah Pribek. La cuestión era que había sido yo quien había empezado aquello y no podía dejarlo inconcluso.
Encontré a Colm sentado bajo el magnolio. Se había quitado los guantes de boxeo y, cuando llegué a su lado, había empezado a desenvolver las vendas de colores que llevaba en los nudillos.
– Si la familia Hennessy tuviera un escudo de armas -comenté sentándome junto a él-, el lema sería «no quiero hablar de esto».
Muy a su pesar, una sonrisa burlona empezó a formarse en las comisuras de sus labios. Advertí lo guapo que estaba cuando sonreía y las pocas veces que yo había tenido ocasión de comprobarlo.
– Antes, en el garaje -dije-, estabas desequilibrado físicamente y te derribé con facilidad. También lo estabas emocionalmente y con dos preguntas he conseguido que te marcharas y me dejaras con la palabra en la boca.
Colm dejó caer al suelo las últimas vendas de su mano derecha.
– Y estabas desequilibrado porque estabas enfadado -proseguí-. Pocas cosas nos enojan tanto como el sentimiento de culpa.
La media sonrisa abandonó su rostro y en sus ojos se encendió un brillo de cautela.
– ¿De qué estás hablando?
– Cuando tu hermano y tu hermana escondieron a Aidan en el garaje, fuiste tú quien lo delataste a tu padre -expliqué-, y debido a ello lo desterró de nuevo a Georgia. Y, antes de eso, dejaste que cargara con la culpa de un cristal que habías roto tú. Y cuando Liam y Marlinchen expresaron sus reservas ante la posibilidad de que yo detuviese a Aidan, a ti te faltó tiempo para traerme las esposas.
– Comprendo -dijo Colm con amargura-. Soy el malo de la película.
– No -le aseguré-, pero, a veces, lo que más nos cuesta perdonar a los demás es el daño que les hemos hecho nosotros. Para protegerte, tienes que decirte a ti mismo que Aidan debe de merecer lo que le sucede.
Colm arrancó un puñado de hierba que se desprendió con un crujido seco, dejando a la vista una tierra negra y poco compacta.
– Y hay algo más -añadí-. Creo que estás enfadado con Aidan porque te ha decepcionado.
– ¿San Aidan? -se burló Colm, arrancando otro puñado de hierba-. ¿El héroe que ha vuelto a casa para aportar otro sueldo y ayudar a Marlinchen a cuidar de todo el mundo? ¿Cómo puede haber hecho algo malo?
– Lo que le sucedía te asustó -apunté.
Colm me miró intrigado.
– Años atrás, Aidan era tu ídolo -proseguí-. Era todo lo que tú querías llegar a ser. Entonces lo viste impotente ante los ataques furiosos de tu padre y aquello te asustó. Y como no podías echar la culpa a tu padre, ya que Hugh era el único progenitor que tenías, te cambiaste de bando. Estuviste de acuerdo con él en todo y te pusiste de su parte y te convenciste de que, si tu padre trataba a Aidan de aquel modo, era porque el chico había hecho algo malo. Porque si lo que le ocurría a Aidan no era culpa suya, podía sucederle lo mismo a cualquiera de los demás, tal vez incluso a ti.
Vi que Colm tensaba los músculos del cuello. No esperaba que llorase, pero aquella rigidez incómoda en la garganta era una señal prometedora.
– Y te convertiste a ti mismo en una caricatura de la dureza -añadí-. Quisiste ser más fuerte de lo que Aidan nunca hubiese sido. Pero no se trataba de eso. Aidan no habría resuelto el problema siendo más alto, más fuerte, más rápido o más duro, y tú lo sabes.
Arranqué a mi vez un puñado de hierba, molesta por tener que desempeñar el papel de psicóloga de pacotilla. Entre Colm Hennessy y yo podíamos acabar con todo el césped que cubría el terreno bajo el árbol preferido de su madre.
– Me gusta pelear -explicó Colm-. El boxeo, la lucha, el levantamiento de pesas. Me gustan esas actividades por lo que son, como deporte.
– Te creo -asentí-› pero tienen sus límites. Si quieres que el regreso de Aidan no te altere tanto, tienes que hablar con él en vez de recluirte en el gimnasio con el saco de boxeo.
– Sí -dijo en voz baja-. Sí, de acuerdo.
Me sentí aliviada. Había conseguido lo que me proponía cuando había ido a su encuentro. Y, en aquel momento, lo que quería era marcharme antes de que se me escapase algo inoportuno y perdiera todo lo que había ganado.
– Muy bien -dije-. Volvamos a la casa.
La doctora Leventhal, psicóloga del departamento, era una mujer de unos cincuenta y cinco kilos con unos bonitos rizos gris metálico y un leve acento británico erosionado por los muchos años que llevaba viviendo en América. No había tenido la oportunidad de trabajar con ella o, para ser más precisos, nunca me lo habían pedido. Por eso, me sorprendió un poco que al día siguiente, cuando asomé la cabeza por la puerta de su despacho, supiera mi nombre.
– Detective Pribek -dijo-, no se quede ahí. No estoy ocupada.
Iba impecable, con un traje rosa pálido y una pequeña estrella de David de oro colgada al cuello de una cadena y, aunque yo vestía ropa y calzado adecuados para el trabajo, de repente me sentí como una cenicienta.
– Solo quería hacerle una pregunta rápida -apunté-. En realidad, no necesito nada.
– Adelante -me instó-. Si puedo, la ayudaré.
– Voy a plantearle una situación hipotética -expliqué-. Si a alguien se le ha contado repetidamente, desde los tres o cuatro años, que a esa edad un perro lo mordió y le causó graves heridas, ¿puede esa persona desarrollar un recuerdo diáfano del incidente, aunque éste no llegara a suceder? ¿Un recuerdo que sea casi visual?
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